Un Nobel políticamente correcto
Editorial – ABC
Los grandes premios internacionales cumplen una importante misión: mostrar que sigue habiendo personas capaces de ensanchar los conocimientos y los horizontes de la cultura universal. Nos recuerdan, en suma, que la civilización como valor absoluto sigue adelante en un proceso de perfeccionamiento de la historia de la humanidad. Resulta deseable que cuando una obra o un personaje es señalado con uno de estos grandes galardones internacionales sea para aplaudir y distinguir una aportación singularmente destacada. En el caso de los premios Nobel de carácter científico, se trata, casi siempre, de magnitudes frecuentemente indiscutibles, o al menos lo bastante claras como para determinar más objetivamente cuándo un descubrimiento o un avance teórico merecen ser proclamados como históricos.
Sin embargo, otro tipo de galardones, especialmente el de Literatura, pero también el de la Paz, hace ya cierto tiempo que se han acomodado a los moldes de lo políticamente correcto y en visiones a muy corto plazo. Los méritos literarios del escritor turco Orhan Pamuk no pueden ser ignorados, y no van a ser ni mayores ni menores que antes de ser galardonado con el Nobel. Su posición de primera línea dentro de la literatura turca contemporánea era ya indiscutible, y de sus libros habla mejor que nadie el éxito que han cosechado. Pero ni lo uno ni lo otro deberían ser razones para señalar con la gloria universal a un escritor relativamente joven, al que queda todavía una larga trayectoria creativa y que todavía no ha escrito una obra que se pueda considerar como universalmente admirada, o simplemente conocida mundialmente.
Es evidente que la elección de un novelista originario de un país como Turquía, que cumple la doble característica de ser musulmán y laico, viene al dedo en los tiempos que corren de “choques” y “alianzas” de civilizaciones, y por ello su designación ya no ha causado la menor sorpresa. Después del incidente de Pamuk con la Justicia turca, al ser acusado torticeramente de atentar contra las esencias de su propio país por reconocer con naturalidad en una entrevista los lamentables sucesos de la matanza de armenios en 1915, la Academia puede contar con el amplificador que supone la votación, ayer mismo, de una polémica ley sobre este particular en Francia. Es evidente que si el objetivo era promover la literatura turca en general o las novelas de Pamuk en particular, la elección no podía ser más adecuada. Pero hablar de literatura universal es una cosa muy distinta, y la Academia Sueca ya debería saberlo. De sus decisiones depende el prestigio de sus galardones y de éste, que sigan siendo un aliciente para que otros se vean espoleados en el empeño de mejorar y engrandecer el destino de la humanidad.
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