Banquillo de barro
Por Eugenio D´Medina Lora
UPC
La libertad de expresión constituye, como todas las libertades, terreno de permanente vigilancia y defensa para el sostenimiento de las sociedades civilizadas y libres. Cada tanto, las fuerzas reaccionarias conservadoras de derechas e izquierdas intentan frenar esta libertad. Cada tanto aparece uno de estos socarrones intentos que los grandes poderes enfilan contra la libertad de expresión, apelando muchas veces al argumento ad hominem cuando desfallecen los argumentos contra las ideas. Este es el caso de la difamación de la que ha sido objeto el escritor Carlos Alberto Montaner.
El 8 de septiembre pasado se publicó en The Miami Herald y en El Nuevo Herald, un reportaje donde se acusaba a Montaner y a otros periodistas de cobrar dinero del Gobierno de EEUU por participar en programas de Radio y TV Martí, que tienen audiencia en Cuba. Esto tuvo inmediato eco en los principales medios de prensa del mundo y, aunque días después se rectificara esta información, el daño estaba hecho. Dos reporteros de estos diarios habían violado una regla interna que tienen algunos medios de comunicación norteamericanos, por la que están prohibidos de cobrar cuando colaboran en medios públicos. La nota sugería que recibían los pagos para hacer propaganda contra el gobierno de Fidel Castro. Los reporteros fueron despedidos, pero fueron repuestos una vez que una investigación interna estableció una serie de fallas en la aplicación de las reglas de conflictos de intereses en estos diarios. La decisión contó con la aprobación de un amplio sector de la comunidad que había criticado fuertemente los despidos.
Sin embargo, el barro ya había sido echado sobre un tercero que no tenía nada que ver: Montaner. Para esto, se contó con el rebote del diario oficial cubano Granma. Se presentaron las cosas como un escándalo casi delictivo, cuando es conocido que por décadas varios respetables periodistas radicados en EEUU han participado en programas de “La Voz de América” recibiendo pagos simbólicos. Lo más patético es que ni siquiera esto alcanzaba a Montaner pues no era parte de la planilla de ninguno de los dos diarios. Y por lo tanto, era totalmente legítimo si Radio Martí o La Voz de América querían contratar sus servicios para leer y comentar sus columnas. En otras palabras, se le vinculó gratuitamente con un tema que, en el peor caso, era un acto “políticamente incorrecto”, rebotándolo en la prensa mundial casi como un acto doloso.
La realidad es que Montaner, como otros tantos liberales que ejercen el periodismo de opinión, es una piedra en el zapato para los gobiernos socialistas latinoamericanos, desde los fundamentalistas de Castro y Chávez, los folclóricos como el de Morales o los aggiornados como los de Kirshner y Lula. La voz de cualquier disidente del statu quo, en particular para dictaduras socialistas como las de Cuba y Venezuela, es especialmente perniciosa, aunque directamente proporcional a la esperanza que despiertan en los amantes de la libertad que padecen esta clase de regimenes.
Los periodistas de opinión constituyen una línea de defensa ante las eventuales tropelías de los poderosos, sean privados o públicos. Por eso es inherente a la libertad de expresión la existencia de todo tipo de opiniones que estos escritores puedan canalizar y exponer. El periodista de opinión, independientemente de si recibe un pago o un apoyo moral de los dueños de los medios, es un individualista por definición. Escritor en soledad, sus opiniones le caben en su entera responsabilidad, sin importar si pertenecen a una institución. No tienen carácter de manifiesto institucional, por lo que ningún medio puede hacerse responsable de las opiniones vertidas por él.
En nuestro continente, la lucha contra la libertad de opinión cobra un matiz adicional. Es un mito que en América Latina, lo “políticamente correcto” sea el discurso del Consenso de Washington. Menos cierto es que lo sea el mensaje liberal. Lo “políticamente correcto” sigue siendo el viejo discurso cepalino que se resume en que el desarrollo pasa por un estado más fuerte que se encargue del crecimiento interno precaviéndonos de las amenazas externas. Coloquémosle los nuevos envases que queramos a este discurso, en lo esencial, es el mismo. Por eso aquí, en los medios de prensa predominan los periodistas y editorialistas de tendencia socialista. En las universidades, los programas de ciencias sociales o de formación política tienen en sus planas docentes una inmensa mayoría, si no la totalidad, de docentes socialistas. Y casi todos los partidos fungen de socialistas o cuasi-socialistas. Es el mensaje que da réditos políticos.
Sentar en el banquillo de los acusados a un liberal de la talla de Montaner por la prensa cubana y sus allegados en el mundo, es una condecoración. Pues así como hay ídolos de barro, hay banquillos de barro también. En nuestra América, cuánto más fundamentalistas, en su socialismo, sean los gobiernos, los periodistas de opinión liberales como Montaner serán los nuevos “galileos” a quienes la intolerancia socialista les querrá acallar sentándolos en esos banquillos de barro, para evitar mirar por el telescopio de la realidad.
El autor es consultor y profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.
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