Chilito se acaba
Por Álvaro Bardón
El Mercurio
A veces, los observadores foráneos aprecian mejor las cosas que los inteligentes del interior. Por ejemplo, Lula afirmó (la versión fue luego diplomáticamente desmentida) que los chilenos son algo así como una m…, lo que, más bien, apuntaría a la clase dirigente y los políticos. Éstos, en promedio, no fomentan la libertad, el respeto por el prójimo, el trabajo o el emprendimiento, sino, al revés, promueven la fuerza estatal en todo, desde lo laboral y la creatividad artística y empresarial, hasta la alimentación, pasando por el sexo, la educación y los vicios ancestrales. Cero originalidad, y sólo buscan países y organizaciones que nos guíen, tipo Mercosur, CAN, FAO, OEA, UE, UN, OMS. Buscan líderes, activos y pasivos, con los cuales fotografiarse. Copian “a la pata” la mala política de drogas americana y cuanta represión ande circulando, ambiental o poblacional. En esta última, la meta parece ser que decrezca el número de chilenos y que nazcan más niños fuera de la pareja, lo que, como es sabido, aumenta la pobreza, el crimen y un mediocre pasar.
La educación se mediocriza con controles crecientes -ahora, una superintendencia y más acreditaciones-, mientras la globalización y la explosión del conocimiento piden libertad y diversidad. Las exigencias se reducen, y todos pasan de curso. Y sexo libre e irresponsable, para liquidar la vida de las jóvenes y sus hijos. Parece lógico informar y educar, para que cada uno en su entorno resuelva sus emergencias, pero es degradante y animalesco generar incentivos objetivos para promover el sexo irresponsable y la falta de respeto con la pareja. Y todo eso pagado, sin preguntarme, con mis impuestos.
Falta una política exterior digna, independiente y abierta, sin aduanas ni vejatorios papeleos, en vez de la “al portador”, cara y pretenciosa, de dependencia indigna de países rascas y organismos tipo ONU, tribunales internacionales, hermanos latinos o hispanos u ONG ambientales, laborales, de salud o sexo.
Y miren los últimos numeritos: votar por un cavernícola para el Consejo de Seguridad, poner en interdicción al Poder Judicial ante tribunales externos -aun al costo de afectar la defensa- y copiar cuanta ley represiva se pone de moda. Así como vamos, los chilenos que queden serán unos “cosos”, sin libertad para pensar y crear, meros esclavos de los instintos propios y de los funcionarios y las leyes de fuerza.
Hay una falla colectiva de desprecio por la libertad y la dignidad de los chilenos, junto a una confusión en torno a la pobreza y la desigualdad. Para reducir ésta, se vienen haciendo políticas basadas en más impuestos, Estado empresario y regulaciones, que sólo sirven para alimentar a una manga de burócratas y paralizar el desarrollo. Éste, que erradica la pobreza, sólo se logra con libertad y competencia, y no con estatismo, como lo muestra la historia, que no da cuenta de éxitos construidos desde el Estado. ¿Ya se olvidaron los 100 millones de muertos, las hambrunas y el desastre de la planificación del siglo pasado?
Nuestro costoso fracaso social no se reconoce, y sigue siendo de buen tono apoyar cualquier programa que prometa “algo que se ve”. Es la tragedia de los libertarios que, al promover, por ejemplo, la reducción de impuestos y regulaciones, no pueden señalar los resultados concretos que siempre crearán los millones de seres humanos, hasta chilenos, interactuando con libertad.
¡Sí, compañero! Es una exageración decir que Chile se acaba. Es más realista sostener que vamos “pa’ cosita menor”, incursionando en el “estilo huevo”, del que conversábamos en la columna anterior.
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