Caracas trancada
Por Vladimir Chelminski
CEDICE
La calidad de vida de los caraqueños se está deteriorando por muchas razones. Una de ellas es la lentitud del tráfico automotor y las dificultades para estacionar adecuadamente un vehículo. Esto significa sufrimiento para todos, inclusive para los que no tienen un automóvil. Tráfico lento significa menor productividad de individuos y de empresas, desgaste de personas y de vehículos.
Todo esto quiere decir pobreza y precios altos. Espero equivocarme, pero temo que la ciudad quede casi paralizada de lunes a viernes hasta las próximas vacaciones escolares.
En buena parte, el problema ha sido la falta de libertad de empresa. No hay servicio aceptable de autobuses por controles de precios, más no porque los venezolanos no seamos capaces de ofrecer servicios con unidades modernas de tamaños más adecuados y bien mantenidas, o porque no haya clientela clamando por ayuda.
Los servicios que existen, los mal prestan buhoneros sobrecargados de trabajo, sin empresas organizadas, sin responsabilidades, sin incentivos, con unidades pequeñas, sin aire acondicionado y mal mantenidas. Los autobuses del Metro pueden ser de primera categoría, pero son claramente insuficientes y nunca fueron diseñados para servirles a todos. De no haber controles de precios, aquí habría una red mucho mayor de autobuses y, en consecuencia, menos automóviles en circulación. El costo sería más alto, pero la vida de los caraqueños sería más barata y de mejor calidad. El aire de la capital estaría más limpio.
Aparte de la falta de autobuses, los estacionamientos están colapsados por la excesiva demanda y mínima oferta. Esto ayuda a agravar el problema de semiparalización en que ha caído la ciudad. Cuando el problema llega a donde ha llegado, hay trancas en las puertas de los estacionamientos, formadas por autos tratando de entrar. Hay autos que no pueden entrar y dan vueltas y más vueltas. Muchos terminan indebidamente parados en calles, agravando todo.
Al igual que en el caso de los autobuses, la falta de libertad de empresa es la culpable de que no halla estacionamientos para cubrir la demanda. Los controles de precios impuestos por este gobierno y por gran la mayoría de los anteriores, han herido de muerte el interés en proveer este tipo de servicio. Nuevos edificios o centros comerciales vienen con puestos de estacionamiento, pero quienes los construyen saben bien que estos espacios requieren mucha inversión y que, como aparcamientos, no van a dar ningún rédito directo. Así que la zona de estacionamiento que se construye es la menor posible, cuando lo deseable sería lo contrario. Ningún particular en su sano juicio levanta una torre para estacionar vehículos, porque, aunque este gobierno no les ha regulado su precio, queda la vivencia del pasado. Además, la operación de estos aparcaderos mecánicos es muy costosa, y la tarifa tendría que tomar eso en cuenta. Nadie va a levantar un edificio para aparcar vehículos si sabe que la regulación puede volver, pues para que esto ocurra solo se necesita la idea de alguna autoridad estampada en una gaceta oficial. Por otra parte, si alguien puede usar su terreno para ofrecer estacionamiento, sacando cuentas elementales se percatará de que si va a cobrar tarifas reguladas, trabajará a pérdida. La única manera de ofrecer el servicio sería arrendando espacios, más no cobrando la tradicional tarifa establecida por el gobierno, sin el menor criterio de equidad hacia el prestador del servicio.
La regulación de los aparcaderos, aparte de contribuir con los trancas, ha sido catastrófica para quienes utilizan estacionamientos. Se acabaron los puestos fijos. Los que los tenían ahora pagan más y tienen que hacer una cola diaria para pagar, lo cual antes de la regulación no hacían. La salida de esos lugares es mucho más lenta, debido a que las tarifas no se cobran en cifras redondas, sino en montos fraccionados, en un país donde el sencillo suele ser escaso. Además, en los aparcaderos hay menos personal de seguridad y cobranza, que tanta falta hacen. La tarifa, si estuviere sin control del gobierno (y también sin amenaza), sería con toda seguridad más alta y variada, pero el tráfico de la ciudad sería más fluido, y los propios estacionamientos dejarían de ser un dolor de cabeza para sus usuarios. Lo más importante de la libertad económica, si se diera, es que habría gente estudiando la manera de ofrecer muchos más puestos de los que hay, en una ciudad que cada día se va quedando con menos aparcamientos.
Publicado Diario El Universal 09/10/06
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