Estancados
Por Juan Carlos Eichholz
El Mercurio
El énfasis se pone en un “Estado de Bienestar”, antes que en un país eficiente.
Si Chile fuese una sociedad anónima y yo uno de sus accionistas, estaría bastante disconforme con los resultados que se están obteniendo y con las proyecciones futuras, al punto de que estaría pensando en vender mi participación. ¿Por qué tan drástico, se preguntará usted? Mal que mal, las cifras no son malas, existe un clima de estabilidad y no se avizoran riesgos de importancia.
Precisamente por todo ello, respondo yo.
Hemos alcanzado un equilibrio como nación que nos tiene satisfechos, incluso orgullosos; estamos tranquilos y cómodos.
Visto desde otra perspectiva, sin embargo, eso se llama conformismo, y es síntoma inequívoco de estancamiento, es decir, de continuar en lo mismo, sin desafiarnos con visiones más ambiciosas y rompedoras de esquemas.
Es cosa de observar los signos: el énfasis se pone en un “Estado de Bienestar”, antes que en un país eficiente; en el Presupuesto del próximo año, antes que en un plan de largo plazo; en las nostalgias del pasado, antes que en los desafíos del futuro; en la autocomplacencia, antes que en la autocrítica.
“Eso es ver la mitad vacía del vaso, y no la llena”, dirán algunos. Estoy de acuerdo: hay muchas cosas positivas de las cuales enorgullecernos. Pero esta obsesión nuestra de querer siempre mirar la mitad llena es un absurdo, porque es precisamente en la mitad va-cía donde están los desafíos y las oportunidades.
¿Qué le falta a este país para ser una compañía bien proyectada hacia el futuro? Una estrategia de desarrollo, ni más ni menos, sostenible y sostenida más allá del corto plazo. Tal como ocurre con las empresas, en un mundo globalizado los países deben tener estrategias para distinguirse unos de otros, que consideren también el desarrollo de sus recursos internos para ser competitivos. No me refiero, por cierto, a políticas industriales, con discriminación de sectores y de precios, pero sí a un liderazgo claro y ordenador, que construya una visión compartida y organice las prioridades, más allá de los proyectos apetecidos por cada gobierno. Esto es lo que han hecho países como Irlanda, Nueva Zelandia o Corea en las últimas décadas, desde una base como la nuestra, pero con resultados que nos superan largamente.
Hablo de algo que va más allá de las posturas políticas: necesitamos un gran Acuerdo Nacional para el Desarrollo, de modo que todas las acciones e inversiones se orienten en función de aquél, y que, de una vez por todas, nos atrevamos a reformar la educación, el sector público, el mercado laboral, el sistema tributario, y lo que se estime conveniente para dar el salto que nos falta, ese que nunca hemos podido dar
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