Mercado versus Estado
Por Guillermo Arosemena Arosemena
El Expreso de Guayaquil
Las tesis sostenidas por la mayoría de los candidatos presidenciales es un regreso a la década de los sesenta, cuando Fidel Castro estaba de moda y el sentimiento de nuestra región era imitar el modelo de desarrollo comunista; esto sucedía en la misma década en que los países del este asiático, se organizaban para crecer apoyados en la economía de mercado y preparaban para salir de la pobreza abriendo sus economías. ¿Cuál de las dos regiones salió victoriosa? Sin lugar a dudas, el este asiático. Esta región otrora pobre como la nuestra, actualmente produce 1/3 de la producción mundial y una participación superior en el comercio internacional, mientras que la nuestra apenas aporta con 5%.
La guerra entre mercado y estado se encuentra claramente descrita en una magnífica obra “Commanding Heights” de Daniel Yergin, donde el autor narra los acontecimientos del siglo XX de los países que practicaron la economía de mercado y los que optaron por el estado benefactor. Esta obra tuvo tanta importancia que se hizo un documental y fue pasado en los canales de televisión, además de haber CDs que están a la venta. Al terminar el siglo XX, los hechos históricos mundiales demostraron que los gobiernos no pueden coartar las libertades de los seres humanos, ni mantenerlos en el ostracismo, por frenar el progreso humano.
Las primeras décadas del siglo XX hicieron pensar que el socialismo era el modelo ideal que los pueblos debían adoptar. La Revolución Rusa ayudó a propagar las ideas bolcheviques. Los gobiernos que no habían tenido mayor rol en el siglo XIX, comenzaron a intervenir en la vida de la gente y la economía. Inglaterra, la cuna del capitalismo, dio un giro de 180 grados y el partido Laboral llegó al poder con la idea de nacionalizar las principales actividades productivas de ese país. La nueva Constitución se refirió a que serían colectivos los medios de producción, distribución e intercambio. En Francia, se expandió notablemente el rol del Estado quien dividió la economía en tres: la privada que era pequeña, la controlada y la nacionalizada. El socialismo también se propagó al resto de los países europeos y América Latina. Estados Unidos se quedó solo, irónicamente le sirvió para consolidar su poderío mundial. Terminada la Primera Guerra Mundial, no había duda de quien era la principal potencia, los ingleses habían cedido el puesto a favor de los estadounidenses.
La depresión mundial de los treinta abonó a la tesis socialista, cuando las ideas de John Maynard Keynes, brillante economista inglés, se pusieron de moda al sostener que solamente el Estado era capaz de generar actividad económica para terminar con el desempleo. Para él no existía la mano invisible en la oferta y demanda de bienes y servicios, al afirmar que la economía era crónicamente inestable, dado que los negocios eran siempre apuestas -léase especulación- y la estabilidad la proporcionaba el Estado. Por los mismos años, Friedrich von Hayak, otro brillante economista de Austria, sostuvo todo lo contrario, según él, el socialismo destruye las libertades al ser dictatorial mientras que el mercado apoya la libertad del ser humano a incursionar donde quiera hacerlo; asimismo, el mercado da a escoger y está lleno de información, lo que permite al consumidor tomar sabias decisiones. Para Hayek, las economías planificadas no pueden jamás sustituir a la planificación del sector privado, generalmente basada en detenidos análisis y sabias decisiones.
Al comenzar la segunda mitad del siglo XX, Estados Unidos tuvo que entrar al rescate de Europa, que se encontraba totalmente devastada por la Segunda Guerra Mundial. Su Plan Marshall, que contemplaba invertir 13.000 millones de dólares para reactivar las economías de ese continente, poco sirvió para convencer a los europeos de que el Estado no era la mejor opción para crear riqueza. La excepción fue Alemania occidental, donde Ludwig Erhard, por sus acertadas políticas de mercado, inició un auge que se conoció como el milagro económico alemán.
La teoría de Keynes prevaleció por algunas décadas hasta que Margaret Thatcher decidió implementar el pensamiento de Hayak, en la revolución que llevó a cabo en Inglaterra. Por los gobiernos socialistas, este país había deteriorado seriamente el nivel de vida de su pueblo, era una potencia mundial de tercera categoría, incapaz de manejar correctamente la política monetaria. La libra esterlina, que había sido la moneda emblema, se comportaba como moneda tercermundista. Thatcher privatizó las empresas estatales y trajo prosperidad a su país. En España e Irlanda también tuvieron lugar cambios de ideología, sus gobernantes abrieron las economías e implementaron modelos capitalistas. Francia, Alemania e Italia, han sido más lentas en reaccionar y por seguir sosteniendo que el Estado debe tener un rol preponderante, sus economías no crecen, se encuentran estancadas por más de una década. En Suecia, acaba de perder el socialismo, que estuvo presente solo o en alianza con partidos de izquierda, durante más de 70 años.
Para fines del siglo XX, innumerables países, dejaron atrás atraso, ignorancia y miseria; otros, se libraron del socialismo estalinista, pero América Latina no cambió. Populismo, demagogia, corrupción y luchas ideológicas se mantuvieron. Quienes insisten en la función del Estado redentor y no quieren ver las realidades de otras regiones del mundo, siguen atacando al capitalismo, haciéndolo responsable de la pobreza. Quienes rechazan la ideología del progreso, irónicamente son usuarios de Internet, teléfonos celulares, el Power Point e Infocus, estos últimos para enseñar sus dogmas, aprovechando las demás tecnologías inventadas en las naciones donde se practica la libertad de mercado. Sus familiares no emigraron a Cuba para buscar mejor futuro, se fueron mayoritariamente a países donde prevalece el capitalismo. En estas circunstancias, los ecuatorianos se preparan para elegir a un presidente socialista. Es inexplicable que el sector privado haya guardado silencio, salvo Álvaro Noboa quien abiertamente ha apoyado el rol de la empresa en la economía. No tenemos derecho a quejarnos de nuestro futuro.
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