Ahora, todo es posible
SAN PABLO.- ¿Luiz Inacio Lula da Silva puede perder la reelección? Si esa hipótesis parecía más que remota hace un mes, ahora la respuesta es otra: "Sí, puede perder". Las elecciones dejaron de tener un favorito.
En un mes, Lula perdió los 12 puntos de diferencia que le llevaba a la oposición, más un punto que lo dejó por debajo del 50 por ciento necesario para vencer en primera vuelta. Es decir, si perdió 13 puntos en 30 días, ya nada es imposible.
Más aún cuando una encuesta en boca de urna hecha por Ibope para el segundo turno prevé que la carrera comienza prácticamente empatada: 52 por ciento para Lula y 48 por ciento para Alckmin.
Las armas políticas que cada candidato puede usar en las próximas semanas hacen imposible pronosticar un vencedor.
Por primera vez desde su llegada al poder, Lula tendrá que bajar a las planicies a disputar votos como en las viejas épocas. Sólo que ahora lo hará con una militancia desencantada y con una biografía que ya no seduce como antes de su paso por el poder.
Después de que asumió la presidencia, el 1° de enero de 2003, los medios de comunicación vieron cómo se complicaba el acceso a Lula. Ayer, consciente de que tendrá que conquistar nuevamente corazones y mentes, convocó inmediatamente a una conferencia de prensa.
Y ya no podrá dejar la silla vacía para el próximo debate: con una cámara enfocada en el rostro, tendrá que responder con claridad sobre episodios de corrupción cometidos por colaboradores directos, explicar por qué los brasileños pagan tantos impuestos y por qué el país gasta tanto en intereses de la deuda pública, más o menos 20 veces más que lo que gasta en el programa social estrella, el Beca-Familia.
Podrá mostrar como logros la estabilidad económica, los planes sociales o el boom de las exportaciones, pero después de haber responsabilizado a las elites por los problemas del país y de llamar "prejuiciosos" a los que no adherían a su victoria automática, Lula tendrá que salir a seducir a esa misma gente que atacó.
Su discurso evasivo y a la defensiva durante la campaña no agradó ni tuvo adhesión en el sudeste del país -reducto de los 22 millones de electores paulistas-, donde el acceso a la educación es mayor que en los bastiones del Nordeste, donde Lula logró un apoyo del 65 por ciento. El presidente optó por un discurso dirigido sólo a las clases C y D, las más numerosas en este país desigual. La estrategia no funcionó.
Todos esos obstáculos no significan que la situación de Alckmin sea menos difícil. Durante la campaña, el socialdemócrata se benefició por el hecho de que prácticamente nadie creía que podía arrastrar a Lula hacia la segunda vuelta. Así, quedó resguardado de críticas más profundas.
Ahora, con posibilidades concretas de convertirse en presidente, tendrá que enfrentarse a preguntas incómodas. Para empezar, su campaña será "por la ética". Pero el partido que lo acompaña en la fórmula es el Partido da Frente Liberal (PFL), fuerza que sólo en broma podría ser identificado con la ética política. Pertenecen al partido algunos dirigentes de un caudillismo superado por la modernización institucional brasileña.
Pasado sin manchas
Alckmin podrá mostrar un pasado personal sin manchas, dos buenas gestiones en el estado de San Pablo y su perfil de "gerente" eficiente del Estado. Pero también tendrá que estar preparado para defender los dos mandatos de su correligionario Fernando Henrique Cardoso.
Esa será la estrategia de la campaña de Lula: recordar la época de las crisis económicas, de la devaluación, de las privatizaciones que también recibieron acusaciones de corrupción y de la época en la que los planes asistenciales alcanzaban a una cantidad ínfima de las familias que los necesitaban.
Al médico anestesista se le recordarán además los 550 atentados cometidos este año por la organización criminal carcelaria Primer Comando de la Capital (PCC), que creció y expandió su poder durante el gobierno de Alckmin en San Pablo.
Lula contó en las cuatro elecciones pasadas con la fuerza de la militancia del Partido de los Trabajadores (PT) para cazar votos. Al llegar al poder, se alejó del partido y sus consignas. Ahora tendrá que convocarlos, y no será una tarea fácil. Por su parte, los dirigentes del PT, desprestigiados ante la población, ayudarán más si mantienen distancia.
Alckmin cuenta con la ayuda que le puedan brindar sus correligionarios vencedores, como Aecio Neves (Minas Gerais) y José Serra (San Pablo). El problema es que nadie sabe hasta dónde estarán dispuestos a ayudar realmente: ellos ya se preparaban para suceder a Lula en 2010, y una victoria de Alckmin les arruinará los planes.
Será una batalla política encarnizada, donde todo puede ocurrir y en la que nadie es capaz de prever las reacciones de los electores ante cada jugada. Las elecciones que comenzaron aburridas terminan con una emoción y un suspenso para alquilar balcones.
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