Mensajes preocupantes desde la ONU
Por Emilio J. Cárdenas
La Nación
Como es tradicional, la Asamblea General de las Naciones Unidas acaba de asistir a la tradicional larga serie de discursos de los jefes de Estado de sus distintos países miembros.
Este año, sin embargo, los mensajes cuyos tonos repicaron más fuerte en la comunidad internacional fueron los de aquellos líderes que aprovecharon el podio de la organización multilateral para expresar su descontento, con mensajes desafiantes, que tuvieron eco en los medios de comunicación masiva. Entre ellos se destacaron los del venezolano Hugo Chávez, el iraní Mahmoud Ahmadinejad y el sudanés Omar Hassan al-Bashir, que resultaron los más sonoros. Por injurioso, sin embargo, sobresalió el del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien se refirió a George W. Bush como “el diablo”.
No ha sido ésta, sin embargo, la primera vez que la mala educación se instala en el imponente recinto de la Asamblea General de la ONU.
En 1950, el chino Wu Xinquan se refirió a Harry Truman como un líder que, por privilegiar a Taiwan, se burlaba de China. En 1960, el ahora maltrecho Fidel Castro calificó a John F. Kennedy de millonario ignorante y a Richard Nixon de político sin cerebro. También en 1960, Nikita Kruschev interrumpió -vociferando airadamente en ruso y golpeando la mesa con su zapato- el discurso del premier británico Harold McMillan. En 1987, el sandinista nicaragüense Daniel Ortega, refiriéndose a Ronald Reagan, acotó: “Rambo sólo existe en las películas”. Y en 1996, el ahora caído en desgracia ex canciller de Cuba Roberto Robaina no dudó en comparar a Bill Clinton con “King Kong, escapado de su jaula”.
Para los demagogos, si advierten que el descontento es grande, la tentación de usufructuar los pocos minutos de atención mundial que la oportunidad les brinda es, con frecuencia, irresistible. Aunque, en el fondo, con sus diatribas apuntan a sus respectivas audiencias domésticas.
Pero estos mensajes generan el rechazo de la mayoría de los miembros de la comunidad internacional, cuyos códigos de conducta tienen pautas bien diferentes. Lo cierto, sin embargo, es que este año resultó evidente cuán dividida está esa comunidad. Y, más grave aún, cuán ineficaces pueden haberse vuelto las Naciones Unidas en materia de paz y seguridad, lo que debería ser preocupante. Con sólo pensar en sus posibilidades para asegurar la paz en temas como el de Darfur, en Sudán, donde el genocido de la población negra no parece preocupar a muchos, o respecto de la proliferación en materia de armas de destrucción masiva de Corea del Norte, o con relación al sospechoso programa nuclear iraní, o cuando de desarmar a Hezbollah se trata, las dudas aumentan. Los discursos teatrales sugieren, asimismo, que el extremismo no es hoy un fenómeno aislado, ni patrimonio exclusivo del mundo musulmán, sino más bien una fea realidad que está creciendo. A veces, por razones que presuntamente tienen que ver con las creencias religiosas; otras, por impacto de las ideologías o de los resentimientos que las humillaciones generan, o de la arrogancia; cuando no, con combinaciones de todo ello. Esto es grave: la historia enseña que del extremismo a la violencia hay muy poca distancia.
El autor fue embajador argentino ante las Naciones Unidas.
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