Latinoamérica: el estilo “huevo”
Por Álvaro Bardón
El Mercurio
¿Nota de América Latina? Un huevo. Lo peor de Occidente: sub-desarrollo, pobreza, dirigentes populistas y demagogos incapaces de comprender que las personas no son tontas, y que con reglas claras de libertad logran el desarrollo. Hablan de democracia, pero centralizan y abusan del poder -de por vida y hereditario- con impuestos al alza, destinados a obras vistosas e inútiles, y empleos públicos para los amigos. Regulan y encarecen todo, anulando el empren-dimiento popular.
Los males deben venir del socialismo monárquico paternalista peninsular y de las dictaduras indígenas ancestrales. Es el realismo mágico, el milagrismo, los iluminados, la magia negra, la brujería. Universidades centenarias, que nunca han producido una idea útil para la humanidad. La responsabilidad es siempre de otros: los ricos, los capitalistas, la pareja, el imperialismo -tema recurrente, este último, como se observa en estos días con los “no alineados”, categoría obsoleta desde el derrumbe del comunismo soviético-. En ella se pavonean Chávez, Morales, Kirchner y hasta Fidel, el mayor arruinador de latinoamericanos. Mirando los nombres propios de los dos primeros, surge la nota “huevo”:”hu” de Hugo y “evo” de Evo.
Cuesta conceptualizar y clasificar el mal regional: del “buen salvaje” al “buen revolucionario”, como les gusta a los europeos. Es una mezcla de socialismo, indigenismo, comunismo, populismo, conservantismo, nacionalismo, fascismo, peronismo, monarquismo, corporativismo y anarquismo. Es un mal original, que merece un nombre distinto. Merece un estudio especial, ahora que está volviendo a reinstalarse en Chile, hasta con una bancada parlamentaria que se limita a copiar las leyes mágicas e inútiles de otras latitudes. Las útiles, las de los países emergentes de éxito, como reducir tributos, dar más libertad o abrir las economías, no se copian.
Nuestra política económica de los últimos años ha sido chutear los problemas, más impuestos, regular hasta el gato y fomentar el desempleo. Y vamos a terminar con la libertad de alimentación, sexual, educacional, de manejo de vehículos y, por supuesto, de trabajo y negocios. No más edificios altos ni nada que huela a moderno, como transgénicos, túneles, ni energías más allá de la muscular. Es increíble, pero nuestros políticos han vuelto al decimonónico concepto de la explotación, de los salarios eternos de subsistencia. El trabajo sería precario (¿?), a pesar de las reiteradas leyes laborales que, al parecer, no han servido de nada. Creen que siempre será preferible un ocupado a 300 mil pesos, más un cesante, que dos empleados a 200 mil cada uno.
Todo esto nos está llevando a un gasto público creciente, mientras la calidad de los servicios de salud y educación sigue para abajo. ¿No es de sentido común que si el Estado y los impuestos aumentan, el dinamismo privado caerá? ¿Qué nos enseña el crecimiento rápido de los países emergentes que liberalizan, abren la economía y reducen los tributos? Pues nada. El latinoamericanismo estilo “huevo” es nacionalista y no trabaja esta línea, sino la del Dios Estado, que no se equivoca y saca recursos, mágica y milagrosamente, de la nada.
Y para qué vamos a hablar del estancamiento de la población chilena, el crimen y la irresponsabilidad en aumento, resultantes de políticas públicas también de estilo “huevo”, que no comprenden que la tarea del Estado es garantizar los derechos personales y la igualdad ante la ley, y no ser el invento de algunos para vivir a costa de los demás.
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