Bush, Alberdi y la guerra preventiva
Por V. Guillermo Arnaud
La Nación
La tragedia de Medio Oriente cobró nueva fuerza con el conflicto Hezbollah-Israel. La tragedia tiene su origen en los intereses y los errores de los tratados de paz después de la Primera Guerra Mundial, de 1914/18, estudiados, entre otros, por David Fromkin en su libro Una paz para terminar con todas las paces , toda una definición en un título.
Esas políticas egoístas -como el impulso y luego la no participación de EE.UU. en la Liga de las Naciones- dieron lugar a la guerra de 1939/45 y a la creación del Estado de Israel sin la creación del Estado palestino. El verdadero problema del Cercano Oriente es que el mundo árabe-islámico acepte la existencia del Estado de Israel -no hay marcha atrás al respecto- y que Israel reconozca al Estado palestino. Los otros conflictos son dolorosas distracciones por intereses y por el control del petróleo de la región.
A un Medio Oriente en permanente crisis lo complicó la política equivocada del círculo intelectual neoconservador, vinculado con las industrias petrolera, de armas y de construcciones. Bush expuso su programa republicano de política exterior a través de un artículo de Condoleezza Rice en Foreign Affairs de enero de 2000. Allí se anunciaba su futura acción militarista. Con respecto a Irak, decía: “Nada cambiará hasta que Saddam Hussein se vaya, de manera que EE.UU. debe movilizar todos los recursos que pueda para echarlo”.
La invasión de Irak estaba decidida desde fines de la década del 90 y no fue consecuencia del infame acto terrorista contra las Torres Gemelas, del 11 de septiembre de 2001, aunque ello ayudó a Bush, quien apeló al patriotismo e infundió miedo en su pueblo.
El crimen de la guerra injusta contra Irak se inició el 20 de marzo de 2003, sobre la base de falsas aserciones. Tres años de ocupación y resistencia le provocaron a EE.UU. más de 2600 soldados muertos, más de 20.000 heridos y mutilados y lesiones emocionales de todo tipo. La guerra contra el terrorismo se hace a un costo elevado, de 450.000 millones de dólares y en aumento, que se tratan de recuperar a través del monopolio de la reconstrucción y de la riqueza petrolera de Irak. Está reconocida la descarada violación de derechos humanos, con atropellos a la población, el trato a los presos y la situación en las cárceles de Guantánamo, Abu Ghraib, el “cuarto negro” de Camp Nama y las prisiones ilegales en Europa del Este. El tirano Hussein es juzgado por un tribunal ad hoc y no por la Corte Penal Internacional, que EE.UU. no reconoce. En cambio, presiona por la inmunidad de sus soldados en el exterior.
El Irak ocupado está en guerra civil, destruido como su rico e irreemplazable patrimonio cultural. Ha tenido más de 100.000 muertos y decenas de miles de heridos y mutilados, y la cuenta aumenta diariamente. El terrorismo, siempre rechazable, aumenta con la ocupación y se extiende en la región. Bush reconoció que si su país fuera ocupado él también sería terrorista.
En la década del 80, EE.UU. apoyó a Irak en su guerra contra Irán. Luego de la guerra justa contra Irak, de 1990/91, por su invasión de Kuwait, se aplicaron más de diez años de sanciones contra Irak, que castigaron al pueblo mientras sus gobernantes vivían en jaula de oro.
Luego de su guerra preventiva contra Irak, Bush señala a Irán como el mayor peligro. Dijo: “No excluimos el uso de la fuerza antes de que ocurran ataques, incluso si existen dudas sobre el tiempo y el lugar donde ocurrirá el ataque del enemigo”, aplicando ahora el principio precautorio para justificar la guerra preventiva.
EE.UU. hizo saber que está desarrollando armas nucleares para perforar el suelo, el Robust Nuclear Earth Penetrator, y en un mensaje dirigido a Irán dejó traslucir que estaría construyendo la bomba más grande, conocida como Penetrador Masivo de Artillería (MOP, por sus siglas en inglés), que podría ser utilizada para destruir los búnkers que tendría Irán. Es de imaginar la muerte, la destrucción y las consecuencias ambientales que podrían provocar tales armas.
Durante los 33 días que duró la ofensiva de Israel contra Hezbollah se utilizaron misiles-bombas guiados de precisión provistos por EE.UU. Las guerras en Afganistán, Irak, Palestina y el Líbano permiten a los fabricantes probar sus armas en el campo de batalla, a expensas de países lejanos, con civilización, idiomas, religión y costumbres que les son indiferentes.
Tras el cese del fuego del 14 de agosto, el balance nos muestra la zona sur del Líbano destruida, además de lugares de Beirut y de la histórica y romana Baalbek. Muertos, 1700, entre ellos 342 niños menores de 12 años. Heridos, 4000; desplazados, un millón. Un bombardeo israelí provocó el vertimiento a la zona oriental del Mediterráneo de 15.000 toneladas de petróleo, lo que causó una catástrofe ecológica. Costo de los daños: unos seis mil millones de dólares. Han aparecido, como criminal presente, bombas de racimo que exigen ser desactivadas por técnicos. Muerte, ruinas, pérdidas de empleos. Por su parte, Israel, que llevó a cabo su sexta invasión del Líbano desde 1978, también tuvo muertos (160), heridos (900) y desplazados (400.000).
No hay que olvidar Afganistán, donde la guerrilla y el terrorismo talibán y de Al-Qaeda habían recibido ayuda de EE.UU. durante los diez años de lucha contra la ocupación de la Unión Soviética. En la actual nueva lucha ya murieron 330 soldados de EE.UU. y miles de afganos.
Permanentemente destrucción y muerte, terrorismo, conflictos políticos y religiosos, fragmentación: dividir para reinar.
La política de Bush de protección de la seguridad de su país, del establecimiento de su democracia en el orbe y de la ratificación del liderazgo de EE.UU. nos trae a la memoria el pensamiento de nuestro Juan Bautista Alberdi.
En 1869, en vísperas de la guerra franco-prusiana, Alberdi escribió El crimen de la guerra , alegato jurídico a favor de la paz y de la justicia en el mundo. Alberdi considera “realmente incomprensible y monstruoso el derecho de la guerra, es decir, el derecho del homicidio, del robo, del incendio, de la devastación en la más grande escala posible”. Agrega: “Estos actos son crímenes por las leyes de todas las naciones del mundo. La guerra los sanciona y los convierte en actos honestos y legítimos, viniendo a ser la guerra el derecho del crimen, contrasentido espantoso y sacrílego, un sarcasmo contra la civilización”. Señala que ello es consecuencia del discriminatorio derecho de gentes romano, en el que existían dos derechos y dos justicias, una para el romano y otra para el extranjero, bárbaro y enemigo.
Alberdi señala la ausencia de una autoridad universal y propicia la creación de un “Tribunal internacional”, lo que es hoy la Corte Penal Internacional.
Interesa la diferenciación entre guerra justa e injusta. Para Alberdi, las palabras “guerra justa” envuelven un contrasentido salvaje. “Es lo mismo que decir crimen justo, crimen santo, crimen legal.” Sí admite la guerra como “un derecho por excepción rarísima”. Explica que si la guerra es un derecho, corresponde ejercerlo como castigo penal de un crimen, como defensa de un derecho atropellado, como medio de reparación de un daño y como “garantía preventiva de un daño inminente”, pero establece, sin dejar lugar a dudas, que la guerra debe ser ejercida por la sociedad humana, “representada para ello por los Estados más civilizados de la tierra”. Rechaza la decisión unilateral por la parte interesada y dice: “Sólo el mundo, en su interés general, tiene el derecho de allanar la inviolabilidad del territorio de un Estado, en el caso excepcional de un crimen que la autorice a buscar su defensa o su seguridad por ese requisito extremo y calamitoso”.
Avanza Alberdi en el tiempo y dice: “Como la esclavitud política no es más que una variedad de la confiscación de la libertad del hombre, llegará un día en que también ella sea causa de intervención, según el derecho internacional, a favor de la víctima de la tiranía de los gobiernos criminales”.
Con su pensamiento, de gran vigencia, Alberdi rechaza totalmente la intervención con consecuencias de conquista y ocupación y se opone a la acción unilateral, diciendo: “Sacad la violencia de entre las manos de la parte interesada en usarla en su favor exclusivo y colocadla en manos de la sociedad de las naciones. La guerra asume entonces su carácter de mero derecho penal. Por mejor decir, la guerra deja de ser guerra y se convierte en acción coercitiva de la sociedad de las naciones ejercida por los poderes delegatorios de ella para ese fin de orden universal contra el Estado que se hace culpable de la violación de ese orden”.
Alberdi se anticipó a la creación de una Sociedad de Naciones, hoy las Naciones Unidas, como también a la existencia de la actual Corte Penal Internacional, neutral e imparcial, para el juicio y castigo de los crímenes internacionales. Asimismo visualizaba lo que es hoy la Organización Mundial de Comercio, para evitar conflictos comerciales. Las actuales instituciones internacionales exigen reformas y puesta al día ante su impotencia, las consecuencias de la globalización y la existencia de más complejos y urgentes objetivos.
Alberdi otorga especial importancia a la opinión pública y a la libertad de prensa. Dice: “La prensa es la luz que se arrojan unas a otras las naciones sobre todo lo que interesa a sus destinos de cada día y sin cuyo auxilio toda nación pierde su derrotero y deja de saber dónde está y adónde va”.
El autor es embajador de carrera. Fue subsecretario de Paz y Seguridad Internacional.
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