Puntos flojos de la autocrítica norteamericana
Por Rosendo Fraga
La Nación
Los Estados Unidos, como democracia, muestran una fuerte tendencia al pensamiento autocrítico.
Un ejemplo de ello es la posición del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz –muy conocido en la Argentina por sus críticas a los organismos financieros internacionales, de los cuales fue destacado directivo–, quien critica a los Estados Unidos por el fracaso de la Ronda de Doha. Señala con acierto que el 70% de la población de los países en desarrollo depende todavía directa o indirectamente de la agricultura.
A grandes trazos, coincide con la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, que el año pasado sostuvo que el 42% de la población mundial depende para su bienestar de la producción agrícola primaria.
Desde esta perspectiva, el fracaso de la Ronda de Doha perjudica más a los países en desarrollo que a los desarrollados, y ello, en principio, es cierto. Da como ejemplo el caso concreto de la producción de etanol, el biocombustible que Brasil fabrica con caña de azúcar y que Estados Unidos hace con maíz. Sostiene que el primero es más competitivo que el segundo y dice que si la administración Bush eliminara las restricciones que le impone, dependería menos de la energía de Medio Oriente. Pero no deja de reconocer, críticamente, que en un año de elecciones de medio mandato Bush no sacrificará a los 25.000 cultivadores de algodón o a los 10.000 de arroz y sus supuestos aportes a la campaña. El razonamiento es, básicamente, correcto, pero la solución es simplista. Es que la liberalización del comercio mundial no sólo depende de los EE.UU., sino de una acción concertada con la UE, Japón, las nuevas economías de Asia y el G-20. que reúne a los países exportadores de alimentos.
Respecto del calentamiento del planeta, un interesante exponente del pensamiento crítico de los EE.UU. es Meter Singer, profesor de bioética de la Universidad de Princeton. Sostiene que, según cifras de la UN, de 2002, las emisiones de dióxido de carbono per cápita de los EE.UU. son 16 veces superiores a las de la India, 60 veces mayores que las de Bangladesh y más de 200 que las de países como Etiopía, Malí o Chad. Emisiones equivalentes a las de los EE.UU. tienen Australia, Canadá y Luxemburgo, mientras que países como Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Francia y España tienen niveles de entre la mitad y la cuarta parte que la primera economía del mundo. Señala que en el mundo no desarrollado habrá muchas más muertes por consecuencia de las emisiones que produce el mundo desarrollado. La consecuencia es clara: quienes menos responsables son del calentamiento del planeta más sufrirán sus consecuencias negativas. En mi opinión, tiene razón. Con realismo, reconoce: “Los estadounidenses suelen hablar mucho de moralidad y justicia, pero la mayoría de ellos sigue sin darse cuenta de que la negativa de su país a suscribir el Protocolo de Kyoto es una falta moral de lo más grave”. Pero al proponer la solución, parecería no encontrarla. Se limita a plantear que las naciones más pobres, que emiten menos dióxido de carbono y que más sufren las consecuencias, deberían poder demandar a las naciones que más emiten. No avanza más: deja planteado el problema sin proponer cómo resolverlo.
A su vez, Richard N. Haas, presidente del Council of Foreign Relations, en un reciente artículo titulado “No se vence al terrorismo con las armas”, reconoce con realismo el fracaso de la propuesta de terminar con el terrorismo mediante la democracia. Apela a varios ejemplos, como el reciente atentado frustrado en Londres, que iba a ser perpetrado por jóvenes musulmanes de nacionalidad británica, criados en un país plenamente democrático. La situación en Irak, Afganistán, Palestina y el Líbano, donde la realización de elecciones democráticas recientes no logró controlar el terrorismo, hace indiscutible su opinión. Como respuesta al problema, propone dejar de hablar de guerra contra el terrorismo y dejar de percibir la amenaza como de carácter militar. Plantea también que se diferencien las distintas manifestaciones del supuesto fenómeno terrorista para no englobarlas, lo que impediría dar a cada una su solución específica. En concreto, para hacer que el terrorismo sea “inaceptable e innecesario” propone quitarle toda legitimidad y avergonzar a quienes lo practican. “Ninguna causa política justifica tronchar vidas inocentes. Los líderes árabes y musulmanes deben expresarlo claramente: los políticos, en declaraciones públicas; los maestros, en sus clases, y los imanes, en sus fatwas”, dice. El diagnóstico, en mi opinión, es correcto, pero la solución que propone me parece un tanto naif. Es antes un objetivo por lograr que una política o una estrategia. Es decir: como en los dos casos anteriores, hay un planteo claro del problema, pero se falla al proponer la solución.
En conclusión, desde la perspectiva de los países en desarrollo es necesario advertir que la solvencia lógica del pensamiento crítico en los EE.UU., que lleva a compartir sus planteos y diagnósticos, por lo general no va acompañada de propuestas concretas para solucionar los problemas de la misma calidad. Hasta que esto cambie, será difícil que las cosas que nos afectan se modifiquen demasiado.
Rosendo Fraga es director del Centro de Estudios Nueva Mayoría.
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