El arte de comerciar: Ahorro e inversiones
Por Roberto Álvarez Quiñones
La Opinión
La gigantesca reserva de divisas extranjeras que tiene China no deja de asombrar a los economistas al saber que el gobierno de Beijing dispone de un billón de dólares en moneda “fuerte”, cifra casi de ciencia ficción, jamás alcanzada por ninguna nación en la historia.
Esta suma de dinero convertible, con la cual China podría “comprar el mundo”, se ha acumulado por los enormes superávit en la balanza comercial – este año exportará 937,000 millones de dólares e importará 779,000 millones– y por la elevada tasa de ahorro de la población, que con un 50% del Producto Interno Bruto (PIB) es la mayor del planeta y cinco veces superior a la de EU, que es de sólo un 10% del PIB.
Claro, ambas causas son también las dos mayores fuentes de presión para que Beijing suba el valor de su moneda, el yuán, un clamor mundial.
El altísimo ahorro chino se explica por dos razones: una psicológica o cultural y otra económica. La primera es que habituados a una austeridad milenaria y a las penurias, los chinos, que ahora van teniendo ingresos más elevados, no están acostumbrados a un nivel de vida holgada, “tipo occidental” que nunca conocieron.
Por tanto, no están inclinados a gastar, sino a ahorrar para cuando vengan los “malos tiempos” que siempre los azotó muy duro.
Esto da paso al factor económico: como el ahorro es la parte de los bienes y servicios producidos en el país (PIB) no consumidos de inmediato, mientras mayor es el crecimiento de la economía más dinero se puede ahorrar, y viceversa. A su vez, mientras más dinero hay en los bancos, más préstamos y más inversiones se pueden hacer.
Sin embargo, el exceso de crédito y de inversiones provoca un sobrecalentamiento que tarde o temprano dispara la inflación, que es un freno para la expansión.
Ése es el punto de equilibrio que el gobierno chino quiere encontrar a toda costa, pues ya el país es el primer receptor mundial de inversiones extranjeras y su PIB crecerá este año por encima de un 10%, por tercer año consecutivo.
Es decir, que paradójicamente si el PIB chino y las inversiones siguen creciendo así, la inflación será inevitable —pese a los bajos costos laborales— y el frenazo económico ineludible.
Lo más curioso de todo esto es que China es formalmente un país comunista que, en los hechos, se aleja cada vez más de ese régimen socioeconómico.
Hasta ahora, la inflación se mantiene muy baja, según un informe del FMI de esta semana, en el que se elogia a Beijing por el desempeño de la economía. La inflación es baja por los bajos precios en los alimentos, derivados a su vez de los bajos salarios y precios todavía pagados los campesinos.
Pero aquí lo importante es que, por lo pronto, China disfruta de un ahorro enorme y un volumen de inversiones que explican por qué es la economía que más crece en el mundo.
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