Lo que se juega en Nicaragua
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
Daniel Ortega y Arnoldo Alemán comenzaron enfrentados por la política y la ideología, pero terminaron aliados por los intereses y la corrupción. Y aunque la manipulación del poder con propósitos de enriquecimiento ilícito no la inventaron ellos, ambos ex presidentes cargan la responsabilidad de haberla introducido como la variable más crítica de la vida democrática nicaragüense.
Por esto, la pugna de cara a las elecciones del 5 de noviembre no es tanto entre izquierda y derecha, estatismo y apertura, o populismo y sensatez. El verdadero centro de la disputa es entre la vieja política del reparto y la manipulación, o la renovación de la vida pública desde grupos, posiciones y líderes que, sin ser perfectos, marcarían un cambio fundamental.
De la mala tradición son abanderados Ortega, por cuarta vez consecutiva candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), y José Rizo, ficha de Alemán en el Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Son los extremos que se juntan alrededor de un posible reflujo hacia las componendas, que les permitan su reparto de instituciones, contratos y presupuestos.
El hastío con esos métodos explica el surgimiento de dos fuertes sectores disidentes en sus partidos. Tras la muerte del carismático Herty Lewites, el economista Edmundo Jarquín tomó la bandera del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), mientras el banquero y ex ministro Eduardo Montealegre representa a la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN).
Si la competencia fuera entre estos últimos, sería posible afirmar que Nicaragua, al fin, ha entrado en una nueva y promisoria era. Pero la situación es otra.
Hasta ahora, Ortega va a la cabeza, con un 29% de intenciones de voto en la más reciente encuesta; Montealegre lo sigue a seis puntos de distancia; Rizo y Jarquín están empatados con 14%, los indecisos suman el 19% y el ex comandante Daniel Pastora apenas recibe un punto. Es decir, la verdadera lucha se perfila hoy entre la izquierda anquilosada y la derecha renovada, pero menos disciplinada y vigorosa.
Según el sistema electoral nicaragüense, para ganar en una primera ronda se requiere el 40% de los votos, o el 35% si la diferencia entre el primero y el segundo puestos supera los cinco puntos. Por esto, aunque es muy probable otra vuelta, también hay posibilidades de que Ortega, montado sobre la maquinaria sandinista, se imponga en la primera.
Quienes consideran que el mayor riesgo de esta posibilidad es la instauración de un gobierno izquierdista-populista, con apoyo de Hugo Chávez y de Fidel Castro, están equivocados. Ciertamente, el reincidente candidato sandinista se nutre de esas fuentes, pero también ha dicho, y conoce, que su margen de maniobra es limitado.
Ortega ha reiterado su adhesión a la economía mixta y apenas ha propuesto ”revisar” el tratado de libre comercio con Estados Unidos. Además, su compañero de fórmula es Jaime Morales Carazo, antiguo miembro de la ”contra” nicaragüense, y ex aliado de Alemán. Y, como si esto fuera poco, a finales de agosto el FSLN se alió con el Partido Liberal Nacionalista (PLN), fundado por el ex dictador Anastasio Somoza García.
Todo lo anterior evidencia que el mayor riesgo de su posible triunfo sería la reedición del antiguo pacto con Alemán y su partido, para amarrar aún más el control que ambos lograron de instituciones clave en Nicaragua –como el poder judicial y el tribunal electoral– y, desde allí, poner el Estado nuevamente al servicio de sus intereses.
Por algo Rizo y el PLC la han emprendido contra Montealegre, al punto de levantarle extemporáneos cargos de corrupción, con la esperanza de destruirlo, aunque esto conduzca al triunfo sandinista.
Frente a tan inquietante panorama, la esperanza es que la población nicaragüense fuerce una segunda ronda. Si, por algún azar impensable, Rizo fuera el contendiente de Ortega, desaparecería toda esperanza. Pero si le correspondiera a Montealegre o Jarquín, su triunfo, además de un mejor gobierno, podría implicar el entierro final de la era de las componendas oportunistas que aprisionan el país.
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