En busca de un mejor futuro
Por Guillermo Arosemena Arosemena
El Expreso de Guayaquil
En 1807, Patrick Colquhoun, economista inglés, sostenía que la pobreza era casi necesaria, un ingrediente de la sociedad, sin ella, las naciones no existirían en un estado de civilización; sin pobreza no habría mano de obra y sin esta no se produciría la riqueza. Eran años en que el 80% de la población era pobre, se pensaba que los recursos naturales se agotarían en el mundo; se consideraba a la economía como una ciencia lúgubre, incapaz de encontrar soluciones al problema de la escasez crónica. Los efectos de la Revolución Industrial todavía no se comenzaban a sentir, apenas tenía medio siglo de haberse iniciado.
Dos siglos después, el porcentaje de pobres ha caído dramáticamente en el mundo, la esperanza de vida ha aumentado a niveles insospechados y las carreras universitarias han proliferado en número, gracias al extraordinario avance originado en un limitado número de países, cuyos gobernantes y sociedades apostaron a la ciencia, innovación, tecnología y conocimiento, beneficiando a toda la humanidad.
Durante siglos, la información estuvo en pocas manos, por lo que el conocimiento pertenecía a las élites. Los libros eran muy costosos, los más baratos equivalían a uno o más años de renta. Los monasterios y realezas eran los únicos que podían darse el lujo de tener bibliotecas. Mantenerse en la oscuridad era un modo de vida, del que se aprovechaban quienes estaban en el poder. Actualmente el conocimiento está al alcance de todos, técnicamente es imposible prohibirse. Países totalitarios han tratado de bloquear la información que fluye de la Internet y no lo han logrado. En este espectacular supermercado del conocimiento, ya tiene almacenado más de 20.000 millones de páginas y se encuentra en la mayoría de idiomas, se puede acceder a un costo muy marginal. Se estima que aproximadamente 1.000 millones de personas están en condiciones de beneficiarse de alguna forma. Por ejemplo, en pueblos de la India, hay kioscos donde los agricultores ingresan para conocer precios de insumos agrícolas, recibir noticias técnicas, información relativa a impuestos prediales y transferencias de dominio.
Los resultados del espectacular progreso gracias a la ciencia y tecnología están a la vista. Actualmente, en la mayoría de los países, el ciudadano común tiene acceso a bienes y servicios que solamente los ricos podían tenerlo hace 100 años. Los guayaquileños ya no se mueren de fiebre amarilla; la luz eléctrica, electrodomésticos y automóviles dejaron de estar en pocas manos, se han convertido en necesidades básicas. Medios de distracción como la televisión o el cine, no existían en tiempos de los abuelos. En el siglo XIX, el 90% de los ecuatorianos gastaba la mayor parte de sus ingresos en alimentación, no les alcanzaba para otras cosas, apenas sobrevivían en ciudades como Guayaquil, sin sistema de aguas lluvias y servidas, llenas de insectos y lodazales. La pavimentación era desconocida, así como los medios de transportes urbanos y rurales. Hasta las primeras décadas del siglo XX, una parte importante de la población urbana andaba sin zapato, y en la rural era peor. Hemos avanzado, pero no lo suficiente.
Dentro de las tres grandes revoluciones tecnológicas, que se han dado en el mundo durante los últimos 250 años, hay países que el futuro no les ha llegado del todo, sus gobernantes y sociedades no han sabido aprovechar el progreso al máximo, han preferido recibirlo a gotas, en lugar de caudalosamente. En Ecuador, lamentablemente no hemos participado, ni lo estamos haciendo, de todos los beneficios derivados del progreso, que impulsan el desarrollo sostenido; preferimos el crecimiento casual y el producido por efectos externos, como las alzas de los bienes primarios, debido a eventos fortuitos. No nos hemos detenido a pensar cómo podemos aprovechar y participar del conocimiento.
La más grande transformación económica de la segunda mitad del siglo XX es el incremento exponencial de la creatividad humana. Jamás en la historia de la humanidad se ha visto tanta innovación en tan pocos años. Las tasas de obsolescencia en un sinnúmero de bienes ha descendido a niveles insospechados. La clase creativa, como la llama Richard Florida, va en aumento en relación al total de la fuerza laboral. En Estados Unidos representa 30% del total y tiene el 50% del ingreso de todos los trabajadores. Esta ventaja ha permitido a ese país estar a la vanguardia de la ciencia, pero cada vez se le hace más difícil por la competencia que comienza a tener.
En una reciente edición de la revista Fortune, apareció un artículo titulado “¿Puede Estados Unidos competir?” haciendo referencia a la severa competencia que tienen los productos de ese país en el mercado mundial, su escritor advierte que el Estado no está acumulando suficiente capital humano, como había sucedido hasta hace pocos años y se preocupa de que otras naciones están multiplicando el número de graduados en ciencias e ingenierías, quienes para él, representan los cimientos del progreso económico.
Países como Chile reconocen la enorme importancia de invertir en ciencia y tecnología. Hace pocos días, Andrés Velasco, ministro de Hacienda de Chile, en entrevista de América Economía, afirmó que su país haría enormes inversiones en investigación y desarrollo: “Hemos propuesto un subsidio equivalente al 35% de lo que una empresa gaste en un programa de colaboración con universidades o centros de investigaciones”, dentro del plan para fortalecer el programa Chile Compite. Velasco reconoce que el crecimiento de la competitividad a largo plazo, depende fundamentalmente de la productividad y esta surge de la adopción tecnológica. Richard Foster de McKinsey sostiene que “No son escasas las oportunidades de la naturaleza, lo es el talento humano para perseguir las múltiples oportunidades”. Si nuestros gobernantes tuvieran los pies en la tierra, otro sería nuestro futuro.
- 23 de junio, 2013
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