Argentina: El antifaz judicial de la venganza
El Diccionario de la Real Academia Española define venganza como "la satisfacción que se toma del agravio recibido". La venganza implica, según esta definición, una relación bilateral entre el autor de un agravio y aquel que, habiéndolo recibido, agravia a su vez al agresor convirtiéndolo en agredido, para igualar los tantos.
La relación entre los seres humanos siempre incluye una "cuenta" que, como toda cuenta, contiene una columna del "debe" y otra del "haber". Cuando alguien ofende a otro, contrae con él una deuda que éste pretende cobrar inscribiendo su propio "débito" en un sentido contrario, para que las columnas del "debe" y el "haber" queden nuevamente balanceadas.
En un mundo ideal, si el ofendido contrajera el mismo débito que figuraba en la columna del ofensor, reinaría entre ambos una situación de justicia, definida a su vez por el diccionario como "aquello que debe hacerse según la razón". Pero ocurre con frecuencia que el vengador, al replicar la ofensa recibida, no se comporta como un ser racional que mide objetivamente la ofensa recibida sino como un vengativo que busca una compensación excesiva por el mal recibido.
El agravio que devuelve el "vengativo" a su agresor es mayor que el que recibió de él con lo cual, en vez de igualar las cuentas, las desiguala otra vez. En tal caso las cuentas vuelven a desbalancearse, otorgándole al agresor original un nuevo crédito que éste, si también es vengativo, devuelve a su vez con creces a su ofendido-ofensor. De ahí en más la relación bilateral entre ambos, desequilibrándose reiteradamente, se convierte en un cuento de nunca acabar.
Hay sólo dos maneras de interrumpir esta secuencia "en serrucho" de las venganzas interminables. Una es que alguno de los ofendidos, recurriendo al consejo de todas las grandes religiones, perdone a su ofensor "poniendo la otra mejilla" e induciéndolo así a tomar la misma actitud de superación moral. Pero este ideal se da rara vez entre los mortales aunque alguna vez ocurrió, por ejemplo en Sudáfrica.
La otra manera de cortar la creciente violencia entre el ofendido y el ofensor, que verificamos por ejemplo en la tragedia de Medio Oriente, es que se interponga entre ambos un árbitro, un tercero imparcial. Es entonces cuando la relación bilateral de la venganza se convierte en una relación trilateral, cuando la justicia reemplaza a la venganza y la paz resulta posible. Por eso, Adam Smith definió la justicia como "la venganza, sólo en la medida en que es aceptable para un tercero imparcial".
Venganza diferida
Dos notas adicionales caracterizan a la venganza de los vengativos. Una, que entre la ofensa original y la respuesta agresiva medie un tiempo en cuyo transcurso madure el resentimiento. Si el ofensor y el ofendido se agredieran simultáneamente, en efecto, también se agotaría el furor de su combate. Así pasó, por ejemplo, con la reconciliación entre los franceses y los alemanes no bien terminada la Segunda Guerra Mundial. Pero si el agredido no puede responder en el acto a la agresión de la que es objeto, es entonces cuando, desde el recuerdo insoportable de su cruel derrota, se multiplican y se extreman las imágenes que, alimentadas en el curso de una larga memoria, desembocarán finalmente en la temida venganza. Porque el resentimiento, como anotó en su magistral estudio Max Scheler, es en el fondo una venganza diferida.
La segunda nota adicional que habría que registrar aquí es que, cuando la venganza al fin estalla después de un largo tiempo de acumulación, es elaborada por los ofendidos bajo la apariencia de un reclamo de justicia . Este reclamo al que alimentó un largo resentimiento, ¿sería aceptado por un tercero imparcial?
Estas dos condiciones se cumplen acabadamente en la acción que hoy desarrollan los Montoneros, vencidos ferozmente en los años setenta, ahora que el caprichoso viento del poder sopla a su favor. Después de treinta años de lamer sus heridas a veces monstruosas, los Montoneros han vuelto. Tuvieron nada menos que tres décadas para alentar su resentimiento. También es verdad que presentan su venganza diferida como una campaña moralmente inobjetable porque invocan el sagrado nombre de la justicia.
Los jueces y la justicia
Hay que decir en favor de los vengadores de los años setenta que, en vez de acudir a la acción directa mediante nuevas violencias, han acudido a los jueces para castigar a sus antiguos agresores. Pero estos jueces a los que acuden, ¿se comportan por su parte como "terceros imparciales"?
¿Lo hace por ejemplo la Corte Suprema cuando declara que, en tanto los delitos de lesa humanidad que cometieron militares y policías son imprescriptibles, no lo son en cambio los delitos de lesa humanidad que cometieron los terroristas?
¿Lo hacen por ejemplo aquellos jueces que declaran nulos los indultos decretados por el presidente Menem, pero sólo cuando benefician a los gobernantes de los años setenta y no cuando benefician a los terroristas de esa misma década?
¿Lo hará una ley presentada en el Congreso por la cual los acusados de violar los derechos humanos desde el Estado en los años setenta no deberían gozar del beneficio del arresto domiciliario pese a haber cumplido los setenta años? Si este criterio se impone, equivaldría a sostener que aquellos a quienes se acusa de haber violado los derechos humanos no tienen, ellos, derechos humanos.
La persecución de los hombres símbolo del proceso militar de los años setenta acaba de cruzar una nueva frontera al sostenerse desde los estrados judiciales que el ex ministro de Economía Martínez de Hoz, si bien no se le ha podido probar ninguna violación "directa" de los derechos humanos de los guerrilleros, lo mismo los ha violado de manera "indirecta" por el mero hecho de haber formado parte del gobierno militar. Si este criterio se confirma, entonces todo funcionario del gobierno de los años setenta, haya sido civil o militar, caerá automáticamente en un estado insalvable de culpabilidad.
En el caso de Martínez de Hoz, se sostiene además que los muertos en la guerra de hace treinta años no sufrieron su aciaga suerte "mientras" gobernaba el acusado sino para que éste pudiera desarrollar su plan económico. Según esta visión, los militares que violaban los derechos humanos eran un mero instrumento de Martínez de Hoz. Habría dos autorías entonces por los excesos, una "material" de los militares y otra "intelectual", del numen que todo lo habría inspirado pese a ser un economista sin espada.
Los continuadores de los Montoneros, ahora en el poder, presentan ante los jueces su venganza diferida. Pero la pregunta más grave que hay que hacer es si esos jueces encarnan por su parte el ideal de un tercero imparcial o si, manejados por el Poder Ejecutivo, no se han convertido ellos mismos en los engranajes de una venganza que, gracias a ellos, se despliega en nombre de la justicia.
Si lo que ahora se desarrolla ante nuestros ojos no es la acción de una justicia capaz de superar los odios sino una venganza que apenas se disfraza con el antifaz de la justicia, también habría que temer que aquellos a quienes hoy se persigue estén madurando lentamente su propia venganza. ¿Es éste el país que queremos?¿No un país unido y reconciliado, sino un país devastado por los recurrentes huracanes del odio?
- 23 de junio, 2013
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