Nosotros y el 11 de septiembre
Por Javier Marías
La Nación
MADRID – USTED, señor empleado de banco, pasó ayer mala noche y se hubiera quedado una hora más en la cama, tras conseguir dormirse por fin cuando ya amanecía, pero no puede poner en riesgo su puesto por tonterías, así que se ha levantado y ahí está, atendiendo a clientes con mucho cansancio.
Usted, señor plomero, se ha presentado temprano para la primera reparación del día. Lo esperan cuatro más por lo menos, si no le llegan imprevistos o urgencias. ¡Qué lejos le queda la hora de volver a su casa!
Usted, señora de la limpieza, madrugó demasiado como cada mañana. Siempre se pregunta si no sería mejor pasarse al turno de noche y hacer su tarea cuando las oficinas han concluido sus actividades, pero le parece más deprimente afanarse con oscuridad y con luz eléctrica. Ahora sabe, al menos, que dentro de un rato llegarán los demás y le darán los buenos días, y asiste al fresco inicio de la jornada, no a su melancólica clausura.
Usted, señora empresaria, pone todavía ilusión en sus despertares. Al fin y al cabo, está en pleno esfuerzo por asentarse en el mercado, y por vez primera en su vida es su propia jefa y puede tratar bien a sus empleados. No en balde fue una asalariada más hasta hace tan sólo un año, así que no le cuesta tanto darse sus madrugones para preparar a los niños y llevarlos hasta el colegio antes de abrir el despacho. Le gusta estar allí antes que sus trabajadores.
Usted, señor camarero, está en esta cafetería de paso, aunque ya lleve aquí dos años, y prefiere empezar temprano para poder asistir por la tarde a las clases de actuación. Sabe que en acarrear bandejas lo han precedido muchos de los más insignes y famosos actores, y que también le llegará su oportunidad un día.
Usted, señora guionista de series de televisión, ha descubierto que el desempeño de este oficio que la entusiasmaba tanto tiene poco de romántico y menos aún de bohemio, una vez que ha entrado en la industria, ya que debe cumplir horarios y entregar a diario un número invariable de páginas, aunque muchas no valgan. Pero, pese a todo, llega siempre de buen humor a los estudios; hace lo que le gusta y a veces ve sus diálogos en las pantallas y oye que la gente los disfruta.
Usted, señor jubilado, ha pasado una agradable semana en la ciudad en que vive su hija casada, y ahora ha tomado el avión de regreso en compañía de su nieto, al que se lleva unos días para que la madre y el padre –su hija y su yerno– viajen a Londres, París y Roma, porque no habían podido ausentarse durante el verano.
Y usted, señora telefonista, salió anoche con un joven recién conocido y que parece encantador, terminó la velada demasiado tarde para un día laborable y está que se cae de sueño, pero la ensoñación lo combate y se pasará las horas esperando a ver si él la llama, así que el día se le presenta lleno, más que otros, porque nada los llena tanto como la espera de algo, y al despedirse se besaron.
Pero ustedes no saben –ninguno podría saberlo– que un avión comercial va a estrellarse contra el edificio que todos comparten, ese avión en que viaja usted con su nieto, señor jubilado. Ni que una hora más tarde se hundirá el rascacielos como si fuera arena, con todos ustedes dentro.
Ya no madrugarán, no se harán ilusiones ni lanzarán más maldiciones. Cada vida individual habrá cesado.
Hoy, cinco años después del desplome de las torres, ustedes somos nosotros, o nosotros podríamos ser ustedes en cualquier momento. Las recientes detenciones de presuntos terroristas en Inglaterra y Paquistán, que al parecer planeaban una sinfonía de terror en medio del silencio del Océano Atlántico –o tal vez, al llegar los aviones a su destino, ya casi en suelo americano– han vuelto a ponerlo de manifiesto.
Nadie está a salvo de atentados como los que sacudieron a Bali, Beirut, Madrid, Londres, Bombay u otros innumerables lugares.
El novelista inglés Laurence Sterne dijo, en el siglo XVIII, si mal no recuerdo, que cada bala lleva una etiqueta con el nombre de su destinatario. Lo único que podemos hacer es confiar en que el avión o el tren o el vagón de metro o el autobús que tomamos no lleven ninguna etiqueta con el nombre de nadie.
¿Qué tienen que ver ustedes con unos musulmanes fanatizados? Y, sin embargo, ellos se matan con tal de matarlos a ustedes y a millares más como ustedes, que no les han hecho nada ni han sabido de su existencia, que pone fin a la suya.
Para ellos, no hay vidas individuales, y así no dudan en acabar con todas, una, dos, tres, cuatro … cuánto tardaremos en contar hasta cinco mil o diez mil, quizá veinte mil o más, de esas vidas.
A estos hombres sólo les lleva un segundo, porque todas les son abstractas y equivalen a un número, y, cuanto más alto, mejor.
Aquí, en Madrid, más de dos años después de los ataques ferroviarios, no nos sentimos como si estuviéramos en guerra porque el terrorismo es intermitente y la guerra nunca lo ha sido; no se toma descansos. Las calles, los restaurantes, los bares y los metros están tan repletos como siempre. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, no pasa un día sin que recordemos a las víctimas de los atentados, con dolor y la aguda conciencia de que el azar, el destino y la suerte siguen siendo tan importantes hoy como siempre lo han sido en la vida humana.
Nada justifica que usted, y usted y usted no vean el término de esta jornada ni el seguro amanecer de mañana, que ya no tendrá posibilidad alguna de ser alegre ni desesperanzado.
El último libro del autor español es la novela Su rostro mañana: baile y sueño.
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