¿El capital o el conocimiento?
Por Fernando Cillóniz B.
El Comercio
Si tuviera que escoger entre capital y conocimiento, yo preferiría el conocimiento. Lo ideal sería que no hubiera tal disyuntiva. Ambos recursos son fundamentales. Pero dado que existe la disyuntiva, yo apostaría por el conocimiento. Más vale conocimiento sin capital, que capital sin conocimiento.
A principios de los años 70, los agricultores del país tenían mucho capital productivo y poco conocimiento empresarial. Su capital estaba compuesto por terrenos de cultivo, complejos agroindustriales, maquinaria agrícola, infraestructura de riego, edificaciones, huertos, ganado y hasta dinero en efectivo.
El capital les fue otorgado por el proceso de reforma agraria, sin tener que pagar nada por ello. Durante treinta años, los sucesivos gobiernos favorecieron a los agricultores con una serie de medidas proteccionistas, y hasta realizaron inversiones millonarias en irrigaciones faraónicas. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos gubernamentales, los beneficiarios de la reforma agraria perdieron todo su capital. La pregunta es ¿qué pasó? ¿Por qué se perdió tanto capital en el agro?
Así como Hernando de Soto ha elaborado una teoría acerca del misterio del capital, los entendidos deberían elaborar una teoría en torno al misterio del conocimiento. En efecto, solo la falta de conocimiento podría explicar cómo se perdió tanto capital en el agro. ¿Adónde fue a parar todo el capital expropiado por la reforma agraria?
Al respecto, se podrían plantear algunas hipótesis. Primera hipótesis: el capital se pierde si no hay conocimiento. Segunda hipótesis: el capital regalado o mal habido, también se pierde. Tercera hipótesis: a diferencia de la energía que no se crea ni se destruye, el capital sí se crea y también se puede destruir. Cuarta hipótesis: el conocimiento crea capital, el desconocimiento lo destruye.
En realidad, los procesos de capitalización –y descapitalización– son mucho más complejos de lo que uno pudiera imaginarse. En el Perú, no solo los agricultores beneficiarios de la reforma agraria se descapitalizaron en su momento. Casi todos los peruanos vivimos en carne propia el drama de la descapitalización durante los aciagos años 70 y 80. La descapitalización es sinónimo de empobrecimiento, y está claro que el ser humano no se acostumbra al empobrecimiento. De repente hay quienes puedan acostumbrarse a ser pobres, pero a empobrecerse, jamás.
Por eso resulta tan alentador que la economía del país esté mejorando, y que la pobreza se esté reduciendo. Porque, valgan verdades… ¡qué agradable es que a uno le vaya bien! Ganar dinero honradamente, poder dar trabajo y educar dignamente a sus hijos, darse uno sus gustos, ¿por qué no?
El hecho es que –en materia económica– estamos en el camino correcto, pero hay que dar más atención al tema del conocimiento, o sea, a la educación. Si así lo hiciéramos, tarde o temprano vamos a resolver el problema de la pobreza, y el desarrollo sostenible dejará de ser un sueño. La pobreza y el desconocimiento son un obstáculo para el desarrollo de nuestro país y de todos nosotros. Y, como acabo de explicar, el desconocimiento destruye el capital.
Simplificando un poco las cosas, lo que más necesita el Perú es conocimiento. Es decir, educación, tecnología, información, habilidad, creatividad, experiencia, etc. El misterio del capital viene después del misterio del conocimiento.
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