Hacia un sentido más amplio de libertad
En La tragedia de la drogadicción (Ediciones Lumiere), el economista Alberto Benegas Lynch (h) reflexiona sobre el flagelo de la droga desde múltiples perspectivas y sostiene que el Estado debe adoptar una postura no intrusiva frente al problema
[…] La tesis de este libro es directa y sencillamente no criminalizar lo que no es un crimen . No confundir lo que es un vicio o algo que una persona se autoinfringe con un crimen que implica lesionar derechos de otros. No confundir la misión gubernamental de garantizar y reconocer los derechos de cada uno con una actitud absolutamente improcedente en la que el aparato de la fuerza se inmiscuye en las vidas privadas como si se tratara de institutrices desviadas o más bien carceleros fuera de lugar que persiguen a gente libre, ya que los adultos implicados no contrataron voluntariamente a nadie para que los "purifique de sus pecados", contradiciendo incluso los postulados más elementales de cualquiera de las grandes religiones y de toda sociedad civilizada en cuanto a que cada uno decide qué hace con su vida mientras no lesione iguales derechos de otros. Además, como escribe el sacerdote en el acápite con que abrimos este libro, la legislación antidrogas produce el efecto exactamente opuesto al declamado. Pero no se trata de liberar sin más, se trata de comprender y aceptar el contexto de la libertad, en primer término, el significado de su contracara, esto es, la responsabilidad, lo cual, a su vez, se traduce en asumir las consecuencias por lo que cada uno hace. He aquí la tesis central de nuestro trabajo.
En este capítulo nos detendremos en el aspecto medular del análisis sobre la tragedia de la drogadicción. Se trata de una cuestión eminentemente moral. En capítulos sucesivos aludiremos a otros muchos aspectos que abonan la tesis que desarrollamos en este libro, pero advertimos que se trata de apoyos y de soportes adicionales que, si bien resultan argumentos fértiles y de peso, no hacen al eje central que estudiaremos aquí seguidamente.
Antes de adentrarnos en el tema ético de fondo, subrayamos que las drogas alucinógenas para usos no medicinales constituyen un grave peligro para todos los que las ingieren. No es un problema que simplemente afecta la salud de quienes recurren a ellas como puede ser el tabaco, ni un problema potencial si se toma en exceso como puede ser el alcohol, ni tampoco un riesgo más o menos cierto como puede ser el boxeo. En el caso de marras se trata de alucinarse, de perder el control en grados diversos, de abdicar parcial o totalmente de los atributos propiamente humanos, además de infringirse daños cerebrales irreversibles de mayor o menor envergadura.
En último análisis. como señalan innumerables trabajos médicos, la drogadependencia conduce a una verdadera masacre psíquica y produce grandes alteraciones y desórdenes orgánicos de diversa envergadura. El síndrome de la abstinencia resulta colosalmente doloroso, con intensos dolores musculares, calambres extendidos por todo el cuerpo, expulsión de abundantes fluidos, escalofríos, notoria disminución de la actividad cerebral, debilitamiento extremo, aumento de la frecuencia respiratoria, dilatación de las pupilas, todo lo cual en un contexto de un estado de tremenda zozobra, intranquilidad, angustia y explosiva desesperación que atestiguan reiterados alaridos desgarradores.
Lamentablemente las más de las veces se usa la palabra "libertad" de modo bastante frívolo y superficial. No parece que se comprenda de forma cabal el significado de esta expresión que hace a la esencia misma de la naturaleza humana. Nuestro libre albedrío (Lucas. 1970) nos diferencia de otras especies. Nada distingue más al hombre que su libertad. Constituye su nota sobresaliente. Desde tiempo inmemorial los hombres se han debatido en las luchas más feroces para defender sus espacios de libertad frente a gobiernos constituidos como aparatos invasivos de la libertad que supuestamente se establecieron para protegerlos. Esta es en realidad la historia humana. En última instancia, todo gira en torno a la preservación de este valor crucial.
Las doctrinas colectivistas en boga apuntan a destruir espacios privados para convertirlos y refundirlos en una masa amorfa e indistinguible. Se recurre a criterios utilitarios de muy baja estofa para justificar atropellos de diverso tenor. Exhibiendo una exuberante y florida presunción del conocimiento, los ingenieros sociales manipuladores de la suerte ajena pretenden hacer balances y cálculos de efectos negativos y positivos que ellos determinan según sus personales fantasías, con lo que utilizan a las personas como si fueran medios para los fines de otros y no un valor en sí mismos.
Hablan de solidaridad sin entender su significado ya que esta virtud excelsa nada tiene que ver con el uso de la fuerza. Este colectivismo rampante navega en una negación permanente de lo más grandioso del orden natural, a saber que hizo una diferencia para el cosmos que cada ser humano haya nacido con su unicidad, su irrepetitividad, sus potencialidades, inclinaciones, vocaciones y talentos, además de las diferencias bioquímicas, fisiológicas, anatómicas y psicológicas que separan a cada persona. El sentido de reunirse en sociedad consiste en la mutua cooperación entre las personas, no en la esclavización recíproca. […]
- 23 de junio, 2013
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