Venezuela: El gobierno de cartón
Por Víctor Maldonado C.
CEDICE
Así no se gobierna. El presidente de la república, que nunca tuvo demasiada vocación por el trabajo sistemático y ordenado, a estas alturas de su gestión muestra un cansancio y un aburrimiento tales por las tareas cotidianas de la administración pública que, al igual que los mandatarios de la odiada IV República, ha decidido refugiarse en largos viajes por cualquier rincón del mundo donde haya un colega que quiera recibirlo para discutir sobre la revolución, hablar mal del imperio y acordar inversiones poco convenientes.
Cuando no está de viaje, entonces se dedica a su otra obsesión, el parecerse a Fidel, y tal vez por oscuras vías taumatúrgicas, recibir de aquel el influjo que le ha permitido mantenerse por más de medio siglo al mando de la isla caribeña, a pesar del largo rosario de errores y desaciertos que ha caracterizado su longevo mandato.
Esta conducta no sería tan patética si el presidente compartiese el poder. Empero, todos los funcionarios gubernamentales saben que ni un solo acto administrativo, por más insignificante que sea, tiene sentido o valor si no está refrendado públicamente por el líder del proceso. A ocho años de haber asumido el cargo, todos conocen cómo se toman y validan las decisiones públicas: delante de las cámaras de televisión. Por ello cuando el presidente prescinde de sus programas dominicales, los funcionarios se confunden y el país se paraliza.
Esta conducta de concentración total del poder no sería tan grave si Hugo Chávez tuviera metas claras. Pero no es así. Hasta la fecha hemos tenido que soportar una forma de dirigir al país montada sobre visiones contradictorias, inconsistentes e incoherentes que sólo pueden comprenderse en el afán obsesivo de mantenerse en el poder, encabezar la revolución mundial contra el imperio y hacer méritos para ser el heredero legítimo de Fidel Castro. Por eso es que este gobierno no ha pasado de la propaganda y el eslogan, y su gestión no es sino de utilería.
La consecuencia de no gobernar y creer que esta carencia se puede sustituir con el disfrute concupiscente del poder es que al presidente de la república se le venció el período sin poder mostrar ni obras ni legados consistentes y estables. Las realizaciones revolucionarias no han florecido sino en forma de exclusión social, caos urbano, inseguridad, desempleo, déficit de viviendas y frustración social. La revolución no ha logrado ni que al presidente lo respeten y lo escuchen con la atención debida, como supuestamente pasa en Cuba. Simplemente desorden y multitud de problemas que se reflejan en la cara de la gente, y que el presidente reclama con fuerza en cada acto de masas donde le toca intervenir.
Como no tiene nada que mostrar, a Chávez no le queda ninguna otra posibilidad que la radicalización de la campaña electoral y la identificación de chivos expiatorios para sacrificar en el altar de las elecciones presidenciales. A cambio de casas para las clases populares, expropiaciones. A falta de cupos universitarios, intervención de las universidades. A falta de seguridad ciudadana, escándalos en serie. Como no tiene obras, lo único que queda es prender el ventilador y democratizar la putrefacción. Como no tiene nada que decir, no queda ningún otro camino que provocar miedo generalizado y el terror selectivo, utilizando para ello a sus lugartenientes más atrevidos.
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