Hay otra guerra que enfrenta el mundo
Por Emilio J. Cardenas
La Prensa
Si contemplamos lo que sucede en Medio Oriente en conjunto con los horribles atentados terroristas recientemente desbaratados por las fuerzas británicas de seguridad, aparece la sensación de que estamos inmersos en una guerra más amplia de lo que, quizás, creemos. Una que algunos, como el italiano Gianni Rotta, llaman la “guerra global”. Una con fases de enfrentamiento separadas por treguas intermedias.
Esta guerra, no obstante, no es entre el islam y el “resto del mundo”. Por esto no puede ser calificada como “guerra de las civilizaciones”. Es, en cambio, una guerra entre el fundamentalismo islámico contra todos aquellos que creen en la democracia y en sus valores, incluyendo en esto a muchos que en el universo musulmán mismo no aceptan el “puritanismo” de los “wahhabis”, para quienes el Corán es un texto que justifica el odio y los resentimientos.
Esta es una guerra con otros frentes de batalla, distintos, los últimos de los cuales son: Nueva York, en el 2001; Madrid, en el 2004, y Londres, en el 2005, y casi nuevamente hace algunos días. Pero también, la espiral de la guerra civil en Irak; los combates contra el Talibán en Afganistán, y los enfrentamientos que llevaron a los “fundamentalistas” a tomar el poder en Somalia. Una guerra larga y asimétrica, con episodios particularmente ásperos. Una guerra de los “fundamentalistas” contra la modernidad. Contra el pluralismo. Contra la civilización. Contra las demás identidades. Peligrosísima, por cierto.
LA “OTRA GUERRA”
En esa “guerra global”, la capacidad de la superpotencia -los Estrados Unidos- de actuar “por fuera” de la comunidad internacional parece estar debilitándose. A punto tal que para solucionar lo que sucedía en Medio Oriente debió regresar al Consejo de Seguridad; como hace rato no lo hacía.
¿Qué le ha sucedido? Un poco de todo. Por una parte, su autoridad moral parece estar dañada por episodios como los de Guantánamo o de Abu Gharaib. Por la otra, la guerra civil de Irak parece (más allá de la ocupación militar norteamericana) absolutamente fuera de control y allí mueren -en un enfrentamiento sectario entre “sunnís” y “chiitas”, cada vez más duro- más de 120 personas por día.
Pero hay más. Hay “otra” guerra, o puja sorda. No militar, pero con efectos estratégicos. La “guerra de la energía”, con consecuencias geopolíticas de magnitud que cabe tener en cuenta. Porque por lo menos limita las posibilidades de la comunidad internacional de actuar conjunta y consensuadamente. Lo que es serio.
Hoy el mundo consume unos 83/84 millones de barriles de petróleo diarios (mb/d). Para fines de año, ese guarismo llegará a los 85 mb/d. Los precios altos de los últimos meses han generado una gigantesca transferencia de ingresos de los consumidores a los exportadores y empujado a la búsqueda de alternativas, como los biocombustibles, el carbón, la electricidad y el hidrógeno. Pero lo cierto es que ellas todavía están lejos de estar disponibles y el sector del transporte sigue dependiendo sustancialmente del petróleo y sus derivados. Hoy, los productores reciben de los consumidores unos 800 billones de dólares anuales adicionales, que es algo así como el nivel de reservas de China.
UN MERCADO “CALZADO”
La demanda mundial de hidrocarburos sigue creciendo rápidamente. Para el 2030, al ritmo actual de crecimiento de la demanda, se requerirá el doble del petróleo que hoy se consume.
Para peor, los principales yacimientos de hidrocarburos están fuertemente concentrados en países hostiles a los intereses norteamericanos; inestables; o vulnerables al terrorismo. Lo que agrega volatilidad al mercado. Hay un “eje del petróleo” a través del cual empresas petroleras de propiedad de distintos Estados controlan el 72% de las reservas del mundo y limitan significativamente el ritmo y las posibilidades de la exploración; esto es del crecimiento de la oferta.
Deflacionado por los precios de los productos que exporta, los Estados Unidos pagan los precios más altos de los últimos 25 años. Los países ascendentes, como China y la India, por su parte, tratan frenéticamente de asegurarse el abastecimiento con convenios en firme o con una presencia activa en los países productores.
Hay -para todos- reservas de hidrocarburos, comprobadas, por unos cuarenta años más. Rusia ha crecido exponencialmente como exportadora. El 40%, desde 1998 hasta el 2003. Pero todavía está por debajo del nivel de producción soviético, pese a que el gobierno ha vuelto a controlar la producción y el transporte de hidrocarburos. No hay, sin embargo, grandes descubrimientos nuevos, de magnitud. El último fue el del yacimiento Kashagan, en Kazajstán, en el 2000, que empezará a producir en el 2008. En Europa, Noruega tiene aún posibilidades de crecer con nuevos descubrimientos.
Muchos creen que el “peek” (punto en el que el nivel productivo llega a su máximo, antes de empezar a declinar) se alcanzará en el 2020. Lo cierto es que la producción de hidrocarburos está declinando, año a año, un 5%. Dicho de otro modo, por cada tres barriles que el mundo consume estamos descubriendo solamente uno nuevo, lo que es preocupante.
La oferta y la demanda de hidrocarburos están “calzadas”. Y, desde el huracán “Katrina”, la OPEP funciona sin límite de “cuotas”, al máximo de sus posibilidades de oferta. No obstante, el problema es que la demanda no ha dejado de crecer, empujada por el vigor de los países del Pacífico. El año pasado, un 1,1%. En el 2004, un impresionante 3,8%. Y este año, seguramente un 2,2%, por lo menos.
Si el terrorismo atentara (como ya trató de hacerlo Al Qaeda) contra la refinería de Abqaiq, en Arabia Saudita (que procesa 2/3 de los barriles que ese país vende al mundo), o contra los depósitos de Juaymah, o contra la terminal de carga de Ras Tanura, todos en Arabia Saudita, el precio podría circunstancialmente duplicarse, provocando el caos consiguiente en los mercados.
“VIDAS PARALELAS”
Con menos del 5% de la población mundial, los Estados Unidos importan el 60% de lo que consumen, que es algo así como el 25% del petróleo del mundo, lo que genera alta dependencia e inestabilidad y -además- una pérdida paulatina de influencia. El ciclo inverso del que parece estar viviendo la Federación Rusa.
China, por su parte, con el 21% de la población mundial, consume sólo el 8% del total. Pero sus requerimientos aumentan constantemente, tanto que provoca el 40% del aumento anual de la demanda global. Y la India le agrega un 20% propio. Desde el 2002 China ha “salido al exterior”. Primero competía allí con la India. Desde febrero pasado ambos países tratan de coordinar sus esfuerzos, para no aumentar innecesariamente los precios. Ya lo han hecho primero en Siria y, más recientemente, en Colombia, donde están invirtiendo en conjunto.
UNA SUERTE DE ARMA NUEVA
El petróleo es un instrumento generador de poder y puede ser utilizado como arma de extorsión. Rusia la ha usado ya contra Ucrania y contra la Unión Europea. También contra los Estados Unidos, en Asia Central. Con sus riquísimos yacimientos de gas en Asia, Rusia ganó sistemáticamente terreno -e influencia- en las relaciones bilaterales con China y Japón. Venezuela también la usó, contra los Estados Unidos. La pequeña Bolivia, contra sus vecinos: el Brasil y la Argentina. Los “mullahs” oligarcas de Irán, contra todos, al voleo. Como suelen siempre hacer, por personalidad y estrategia.
El petróleo sirve ciertamente para mucho más que extorsionar o presionar. Sirve para alimentar el “poder blando”. Recientemente Venezuela (para quien el principio de “no intervención” está escrito en el agua), con sus subsidios indirectos a 13 países caribeños a través de Petrocaribe, puede bien haber “comprado” votos a su favor para ingresar al Consejo de Seguridad, pese a las objeciones de muchos que están alarmados, no sin razón, por esa posibilidad.
El “eje del petróleo” concentra -más y más- poder e influencia. Puede bien hasta llegar a frustrar la presión de la comunidad internacional -a través de las Naciones Unidas- para evitar que Irán se convierta en una nueva y peligrosa potencia nuclear. Rusia, y sobre todo China, tienen demasiado en juego como para acompañar dócilmente a la comunidad internacional en su empeño en Irán. Más allá de las presiones de los Estados Unidos, país que pese a su músculo militar poco pareciera poder hacer efectivamente en ese rincón del mundo en razón de sus propias debilidades, incluyendo la energética.
El autor es ex embajador argentino ante la ONU.
- 23 de junio, 2013
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