Garrote y universidad
Por Ignacio Ruiz Quintano
ABC
SI quiere matar a sus hijos de hambre, no les enseñe principios. (Quizás ellos busquen sólo dinero, y entonces trae más cuenta darles a oler una prenda -socialista, por supuesto- de Vera y que sigan el rastro.) Pero, si quiere enseñarles principios, no los mande a la Universidad española, farolillo rojo (voces de “eso, eso, rojo, como los extintores de Manoliño Rivas”) en la sociedad mundial del conocimiento. ¿Por qué?
-No debemos callar. Callar es de cobardes. Tenemos la obligación moral de tomar la pluma y escribir unas páginas para denunciar al gobierno nazi de Israel.
Así arrancaba en mitad de agosto, y no es disculpa el calor, el artículo de fondo de un profesor universitario -“profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo”, la misma donde Alarcos alumbrara con su “Gramática”- llamado Garrote, con quien no abriga uno el menor ánimo de controversia, entre otras cosas porque Garrote no tiene consideración de arma de duelo en el Código de Honor del marqués de Cabriñana.
Sabido es que un progre conoce íntimamente al dragón desde que tiene inspiración: lo que le prestan los artículos de fondo -sus cuentos de hadas- es un San Jorge para matar al dragón. El dragón del profesor Garrote son los judíos: “El Gobierno nazi de Israel”, se titula su bizarro artículo de fondo, cuya lectura al sol de agosto lo hizo a uno sentirse la Liebre de Marzo disfrutando de unas vacaciones mentales. Como aviso a navegantes, el profesor Garrote soltaba:
-Un artículo periodístico no tiene espacio para hacer historia.
Pero, por si acaso, contaba la suya, ensartando los más estropajosos lugares comunes del progresismo internacional. En apoyo de su tesis -casualmente coincidente con la del gran profeta Ahmadinejad-, según la cual los nazis son los judíos, el profesor Garrote anotaba: “…en noviembre de 2003, el 59 por ciento de la población europea pensaba que Israel era el primer peligro para la paz en el mundo…”, “la ministra de Exteriores del Gobierno judío-nazi, Tzipi Livni…”, “con la evidente intención de matar por hambre a la población palestina…”, “seguramente que los judíos-nazis consideran que asesinar niños es una acción piadosa, pues así evitan matarlos de mayores…”, “no existe ejemplo de mayor crueldad, lo que demuestra el carácter nazi del gobierno de Israel…”, “para continuar con el genocidio del pueblo palestino…”, “o el envenenamiento del presidente Arafat…”, “… Pobres diablos: su maldad les impide ver que los nuevos nazis son ellos y que al horror de Auschwitz, Treblinka y Sobibor hay que añadir los nombres de Sabra, Chatila y Qana…”, “razón tiene Saramago cuando afirma que “mientras haya un palestino vivo, el holocausto continúa”…” Etcétera.
Un chestertoniano diría que con el profesor Garrote pasamos del demagogo, un hombre que tiene muy poco que decir y lo dice muy alto, al mistagogo o profesor universitario, un hombre que no tiene nada que decir, pero que lo dice solemnemente en voz baja. “Vivat Academia, / vivant professores”, gritarán los discípulos del profesor Garrote en el “Gaudeamus igitur”, que es un himno tan medieval, por cierto, como el adjetivo “grotesco”, empleado por Condoleezza Rice para calificar el esfuerzo del gobierno español por hacer las paces con el Partido de Dios, ése al que ahora va a desarmar el papá de Kojo Annan con el carnero legionario de Rodríguez, sacristán de la Alianza de Civilizaciones -el monacillo es Goytisolo- del cura Jatamí, cuya mano besa Máximo Cajal, deseoso de poner en ella una bomba nuclear. “Saber es poder”, era el lema de la confianza pequeño-burguesa en la educación que hizo suyo la socialdemocracia progre que hoy pone los ojos en blanco ante la conversión a punta de alfanje de dos periodistas fachas al islam y el ondear de banderas del Partido de Dios en las calles de Bilbao. El profesor Garrote sabe que puede ganar. Es el triunfo de la barbarie y la religión, que dijo Gibbon, nombre que no resulta tan fácil de citar: en “Cambio 16” había una correctora que siempre me lo cambiaba por Gibson. Iam, no Mel.
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