Venezuela es la nueva Cuba del turismo progresista
Por Stan Sesser
The Wall Street Journal
RÍO CHICO, Venezuela—Judy Lubin, una estadounidense que maneja una agencia de relaciones públicas para organizaciones no gubernamentales, se está tomando sus primeras vacaciones en cuatro años. Pasará la mayor parte de ellas en el Hotel Río Chico, un oscuro y decrépito lugar rodeado por un alambre de púas. La ducha es un caño que sale de la pared y escupe agua fría. La ciudad no es mucho mejor: la primera tienda que abre sus puertas en la calle principal, a las ocho de la mañana, es una licorería.
Para Lubin, quien se decidió por Venezuela mientras buscaba en Internet viajes a Cuba, el Hotel Río Chico es difícilmente su primera opción de alojamiento. Pero ella y otros 15 estadounidenses están sacrificando algo de comodidad a cambio de observar con sus propios ojos por qué el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, con su retórica populista y sus promesas de usar los ingresos petroleros en beneficio de los pobres, se ha transformado en un enemigo del presidente de Estados Unidos, George W. Bush.
“Nunca había oído hablar de la cultura afro-venezolana”, dice Lubin sobre la empobrecida comunidad negra que habita cerca de Río Chico. “¿Quiénes son? ¿Cómo son tratados? Me gusta poder aprender acerca de estas cosas”.
El turismo político, así como el ecoturismo, atrae a personas que quieren ir a lugares fuera de las rutas más transitadas. Si en el pasado muchos iban a Cuba, normas más duras para los viajes “educativos” impuestas por el gobierno de EE.UU. en 2004, han reducido las visitas de los estadounidenses. Aunque ambos países tienen muchas diferencias —Venezuela, para empezar, es una democracia, aunque a veces discutible y violenta—, en el mundo de los viajes Venezuela se ha transformado en la nueva Cuba.
Global Exchange es una de las pocas agencias de viajes que organizan viajes políticos a países de todo el mundo. Es decididamente de izquierda, lo que significa que su entusiasmo por Chávez tiende a ignorar las críticas sobre sus formas cada vez más autoritarias. “Algo extraordinario está ocurriendo en Venezuela”, dice la descripción del viaje en la página Web de la agencia. “Las vidas de millones de venezolanos están mejorando, a medida que la injusticia se convierte en justicia”.
El Che Guevara en la pared
De hecho, mi propio viaje estaba compuesto principalmente por visitas a proyectos que intentan mostrar cómo los ingresos petroleros están mejorando las vidas de muchos venezolanos pobres (los críticos de Chávez dicen que se están usando miles de millones de dólares para comprar lealtades políticas sin aportar soluciones reales a los problemas endémicos del país). Por ejemplo, pasamos mucho tiempo en localidades pobres de la comunidad negra. También visitamos un centro comunitario en Caracas dedicado a la educación para adultos, donde había un retrato del Che Guevara pintado en la pared, y una cooperativa de mujeres costureras financiada con préstamos de bajo interés del gobierno.
A pesar de esto, los organizadores del tour nos dieron otros puntos de vista, incluyendo una charla con un miembro de la oposición a Chávez. Global Exchange organiza sus propias visitas, y ningún dinero va a las arcas del gobierno venezolano.
Aunque está lejos de ser un fenómeno masivo —el año pasado, 80 personas participaron de cinco viajes a Venezuela—, Global Exchange dice que el programa está ganando popularidad, con 400 personas y 17 viajes previstos para este año. “Desde el momento en el que Bush dice que Venezuela es una amenaza para el hemisferio, la gente quiere ver por sí misma qué es lo que está pasando”, dice Zach Hurwitz, director para América Latina de Global Exchange.
En Venezuela, este tipo de turismo es visto como una fuente de orgullo nacional y como una manera de convencer a los estadounidenses de las buenas intenciones de la revolución bolivariana, cuyo objetivo es expandir el socialismo por América Latina. Chávez, al igual que el presidente ruso, Vladimir Putin, no pierde oportunidad para señalar que el petróleo está transformando la escena geopolítica mundial.
El tour del que participé no estaba compuesto sólo por izquierdistas de la vieja guardia: había de todo, incluyendo un economista, un investigador privado y una psicoanalista. David Mokofsky, un experto en estadísticas de la policía de San Francisco, dice que “aquí estamos realmente escuchando a los venezolanos dar sus propias respuestas”.
Cuánto estábamos aprendiendo en nuestro viaje, sin embargo, es una pregunta sin respuesta fácil. Para un viajero razonablemente escéptico, la solidez de todo esto es bastante debatible. Visitar unos pocos proyectos está muy lejos de concluir que los ingresos petroleros están mejorando las vidas de los venezolanos más pobres.
Los sitios que vimos eran impresionantes. En Barlovento, donde viven pescadores de raza negra, visitamos una luminosa y alegre escuela primaria. En una cooperativa textil de 170 mujeres fundada hace un año, conocimos mujeres orgullosas de poder ganar un salario digno y participar en las decisiones de gestión. Sin embargo, ¿eran estos lugares representativos de lo que pasa en Venezuela, y son lo suficientemente viables como para proveer un modelo para salir de la pobreza en América Latina? Sobre este asunto, el tour ofrecía pocas respuestas.
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