El despertar de la resistencia republicana
Por Mariano Grondona
La Nación
El presidente Néstor Kirchner parece haber completado dos pasos preliminares en su marcha hacia la suma del poder: de un lado, el avasallamiento de las instituciones republicanas; del otro, el debilitamiento de los opositores y los disidentes.
En el plano de las instituciones, tanto el Congreso como casi todos los gobernadores han dejado de ofrecer un contrapeso al poder presidencial. En cuanto a la Corte Suprema, no ha dado hasta ahora ningún signo de efectiva independencia. En el plano de la oposición política al Gobierno, ella se presenta fragmentada. En el plano de las voces que disienten con el kirchnerismo, ninguna de éstas, ya sea en el campo, en la Iglesia o entre los militares tan castigados por el binomio Kirchner-Garré, se expresa por ahora bajo la forma de un abierto desafío. ¿Un observador imparcial podría concluir entonces que Kirchner ha ganado la batalla?
Para responder a esta pregunta, habría que definir primero cuál es el objetivo cuyo cumplimiento le permitiría al Presidente suponer que ganó. Este objetivo incluye las dos fases sucesivas que deberían seguir a aquellos “pasos preliminares” que hemos mencionado. La primera, ganar ampliamente las elecciones presidenciales de 2007. La segunda, actuar “sobre caliente” con las cifras de esa victoria en la mano, para lograr lo que ya había logrado Perón con la reforma constitucional de 1949, lo que intentó Menem desde su reelección en 1995 y lo que el propio Kirchner consiguió en Santa Cruz: la reelección indefinida .
La reelección indefinida ha sido y continúa siendo el máximo objetivo de las variantes autoritarias del peronismo. Esta ha sido la meta histórica de un movimiento que, si bien es democrático porque se apoya en su gran peso electoral, no ha sido republicano.
Para avanzar en dirección de este objetivo, Kirchner ha empleado un método que, al menos en el corto plazo, le ha dado frutos. Ante la aparición de cualquier problema político o económico, el Presidente se pregunta, con el apoyo de un diligente conjunto de encuestadores, dónde se alinea la minoría. Acto seguido, opta decididamente por la mayoría. Como en una democracia los más vencen a los menos, al inclinarse por los más en cada uno de los casos que se le presentan, el Presidente procura aparecer como el auténtico defensor del pueblo contra las sucesivas manifestaciones del antipueblo. He aquí un teorema cuya demostración, después de haberse anticipado en las encuestas, podría corroborarse con una contundente victoria electoral.
El “núcleo duro”
Sitiados en cada confrontación por una mayoría supuestamente kirchnerista, no todos los opositores y los disidentes se han dado por vencidos. En cada uno de los sectores no kirchneristas, al contrario, existe un núcleo duro que no se rinde. Corre, por cierto, el peligro de verse afectado por una enfermedad que acaba de ser revelada mediante un ingenioso neologismo: la gastrokirchneritis , es decir, el conjunto de síntomas a veces alarmantes que provocan las constantes agresiones presidenciales. Aun así, los miembros del “núcleo duro” siguen resistiendo al kirchnerismo invasor.
Lo verificamos, por lo pronto, en la actitud de aquellos radicales que no se resignan a recibir el humillante mote de “radicales K”: un conjunto que no sólo reúne a la mayoría de los legisladores del partido, sino también a uno de sus seis gobernadores y a nada menos que a 300 de sus 487 intendentes, todos los cuales han sabido rechazar la tentación de la caja presidencial. También lo vemos en la valiente decisión del ingeniero Juan Carlos Blumberg de convocar al pueblo a la Plaza de Mayo para el próximo jueves. Lo vemos en esa minoría peronista y republicana que ha resuelto apoyar a Roberto Lavagna. Lo vemos en la lucha obstinada de otros candidatos ni peronistas ni radicales, como Mauricio Macri, Elisa Carrió, Jorge Sobisch y Ricardo López Murphy. Lo comprobamos, en fin, en el esfuerzo del campo, la Iglesia y las Fuerzas Armadas por preservar su propia identidad.
El archipiélago
Cuando se hace su inventario, esta lista de voluntades no resulta nada desdeñable. ¿Cuál es, empero, su debilidad? Que las fuerzas que resisten la ofensiva kirchnerista, en vez de sumarse, libran cada una su propio combate. Que, más que un continente, parecen un archipiélago.
La desunión de los no kirchneristas se debe en parte, por supuesto, al atávico narcisismo de los argentinos. Otro factor más profundo es que los no kirchneristas se pierden, por ahora, en el antikirchnerismo.
El antikirchnerismo corre el peligro de convertirse en una nueva versión del antiperonismo. Como el Presidente es el más irritante de los políticos, pone a los que no lo siguen ante el peligro inminente de la gastrokirchneritis . Pero ya se vio en la resistencia al peronismo originario que la reacción de piel contra una empresa dictatorial puede incluso derrotarla en un momento dado pero, por no haberse concebido a sí misma como una empresa superadora en lugar de quedarse con su creciente irritación, cuando eventualmente vencen al peronismo, los “anti” no saben qué hacer con el país al día siguiente de su victoria. Esto, que ya pasó en 1955, en 1983 y en 1999, es una victoria de patas cortas porque, al no tener una propuesta además de una crítica, el no peronismo se agota una vez en el poder, dando lugar de ahí en más al tumultuoso retorno de sus vencidos.
¿Cómo evitar, entonces, que el no kirchnerismo caiga en la visión unilateral del antikirchnerismo? ¿Cuál podría ser la bandera, no ya del antikirchnerismo, sino de un no kirchnerismo superador? Esa bandera no podría ser otra que una enérgica reafirmación republicana , detrás de la idea de que la democracia queda incompleta si al necesario predominio de una mayoría no se le suma el respeto por la división de los poderes y por el pluralismo de las opiniones que caracterizan a la democracia republicana por todas partes y que ya se manifiestan en naciones latinoamericanas como Chile, Uruguay y Brasil aunque no, por supuesto, en las dictaduras incipientes de Venezuela y Bolivia.
Afortunadamente, hay un lugar donde la bandera republicana ya ha sido izada. Nos referimos a la resistencia que está encontrando el gobernador Carlos Rovira en Misiones, a su proyecto de reeleccionismo indefinido. Allí, en torno del obispo Joaquín Piña, se están reuniendo todos los fragmentos del republicanismo misionero. Si esta conjunción se consuma, es probable que el propio Kirchner le suelte la mano a Rovira no bien sus encuestadores le digan que podría perder, pero aun esta táctica evasiva no podría ocultar el hecho de que, por primera vez, el antirrepublicanismo sería vencido.
La bandera republicana tiene la ventaja de que, al asociar en un solo haz a los defensores de la Constitución, podría sumar tanto a la derecha como a la izquierda detrás de un objetivo superior a ambas. La resistencia republicana al monopolio kirchnerista no propicia, por otra parte, un golpe, como lo denuncian los incondicionales del Presidente, sino la imposición de un límite más allá del cual el autoritarismo no deberá pasar. Sólo cuando esta valla quede firme, a los argentinos nos llegará el éxito económico y social duradero que acompaña, dentro y fuera de América latina, a las democracias republicanas.
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