¿Neo/liberal?
Si sigues los debates sobre política económica, probablemente hayas escuchado una serie de ataques contra algo llamado “neoliberalismo”. Se dice que el neoliberalismo, una supuesta ideología, ha guiado la política económica estadounidense y occidental desde poco después del final de la Segunda Guerra Mundial. También se lo culpa de una larga lista de agravios económicos, que van desde acontecimientos reales como la crisis financiera de 2008 hasta afirmaciones exageradas sobre el “vaciamiento” de la industria manufacturera estadounidense. La forma en que el neoliberalismo dio lugar a estos episodios rara vez encuentra una explicación coherente entre los usuarios del término. De hecho, a pesar de haber dirigido supuestamente la economía mundial durante unos 80 años, la ideología casi no tiene adeptos que se describan voluntariamente como “neoliberales”. En cambio, se ha convertido en una palabra comodín para casi todas las quejas económicas, sin contar con una definición coherente.
Nadie parece saber qué significa realmente el neoliberalismo, salvo por afirmaciones generales de que es reprochable y malo. Eso no ha impedido que el mundo académico haya construido todo un campo de “estudios sobre el neoliberalismo”, compuesto por decenas de miles de artículos y libros dedicados al tema. Robert Lawson y yo hemos examinado recientemente esta bibliografía con el fin de comprender el significado del concepto. Los resultados aparecen en nuestro nuevo libro Neoliberal Abstracts, que presenta una colección representativa de 100 artículos publicados y pretendidamente académicos sobre el neoliberalismo.
Los contenidos abarcan todo el espectro, desde amplios tratados marxistas hasta autoetnografías especializadas sobre los pasatiempos personales de sus autores académicos, todos ellos supuestamente acosados por el ethos neoliberal hegemónico de Occidente. Un número considerable de estos “estudios” son lisa y llanamente incoherentes, por no decir descabellados. Como pequeña muestra, encontramos un artículo que culpa al neoliberalismo de la epidemia de obesidad entre los gatos domésticos, un estudio que sostiene que el neoliberalismo corrompió la economía ficticia de la plataforma de videojuegos World of Warcraft y un “análisis ecofeminista retórico” del supuesto ataque del neoliberalismo al movimiento vegetariano a través de su campaña alimentaria “Meatless Monday” (“Lunes sin carne”). Incluso encontramos un artículo publicado y revisado por pares que culpaba a las normas neoliberales de higiene de estigmatizar a los activistas socialistas que padecen problemas de olor corporal. Lo que no encontramos fue nada que se pareciera ni remotamente a una definición coherente del término neoliberalismo.
Esto no es casualidad, ya que el uso del término es casi en su totalidad producto de una etiqueta peyorativa, destinada a desacreditar y desestimar el pensamiento económico de libre mercado sin tener que confrontar sus argumentos; incluso sus usos básicos carecen de consistencia. La mayoría de las veces, el término neoliberal se refiere a economistas austriacos como Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, así como a políticos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, quienes, supuestamente, tradujeron sus ideas en un paradigma político más amplio. Otras veces, se utiliza para describir la filosofía de gobierno de centroizquierda de Bill Clinton y Tony Blair en la década de 1990, que fusionó el estado del bienestar con la búsqueda tecnocrática de la “eficiencia” gubernamental y gestos hacia políticas de libre mercado como la eliminación de las barreras al comercio internacional. Una narrativa de 2016 incluso atribuyó la primera elección de Donald Trump a una supuesta captura neoliberal del Partido Demócrata. Naomi Klein llegó a sostener la desconcertante afirmación de que una visión neoliberal del mundo estaba “plenamente encarnada por Hillary Clinton y su maquinaria”. Mientras tanto, otros académicos de izquierda afirman de forma rutinaria que Trump también es un neoliberal, solo que con un lenguaje más nacionalista. El resultado es una palabra que lo abarca todo para referirse a figuras impopulares de un amplio espectro político, a pesar de que muchas de ellas tienen creencias diametralmente opuestas y abrazan visiones contrapuestas de izquierda y derecha sobre la intervención económica.
Parte de la confusión proviene de la naturaleza hostil de los orígenes del término. Según la versión más común, el neoliberalismo se originó en una reunión académica celebrada en París en 1938 en torno a las obras del autor Walter Lippmann. Entre los participantes en la conferencia se encontraban Mises, Hayek y varios otros académicos liberales clásicos europeos que fundarían la Sociedad Mont Pelerin en 1947. Las transcripciones de la conferencia indican que uno de los participantes, el economista alemán Alexander Rüstow, sugirió el término neoliberal como apodo para el grupo, con el fin de significar su posición como sucesores del liberalismo clásico del siglo XIX. Sin embargo, las mismas actas de la conferencia revelan que la mayoría de los asistentes rechazaron esa designación. Después de la Segunda Guerra Mundial, los seguidores de Rüstow eligieron una nueva etiqueta para sí mismos: ordoliberales. El apodo de neoliberales nunca llegó a arraigar en la facción de Hayek–Mises y, en una entrevista de la década de 1980, Hayek rechazó explícitamente el término. [1]
Pero lo que es aún más revelador es que esta historia sobre el origen del término en 1938 es un mito completo: el producto de una interpretación errónea por parte de un académico de las conferencias transcritas del filósofo francés Michel Foucault sobre el coloquio celebrado medio siglo después. El origen real del término neoliberal se remonta a la década de 1920, cuando un grupo de académicos marxistas alemanes lo adoptó como una etiqueta peyorativa para la Escuela Marginalista en economía.
En 1871, los economistas Carl Menger en Austria y William Stanley Jevons en Gran Bretaña arribaron a soluciones casi simultáneas al problema del valor. Durante siglos, la cuestión de cómo un bien obtiene su valor supuso un enigma para los pensadores económicos. La intuición básica sostenía que una parte fundamental del valor de un artículo proviene del trabajo realizado para mejorar las materias primas o los componentes y convertirlas en un bien utilizable. Sin embargo, este razonamiento se desmorona en determinadas situaciones. ¿Por qué dos botellas de vino, producidas con los mismos procesos de trabajo, aunque en diferentes regiones del mundo, suelen variar mucho en precio? ¿Por qué una botella de agua común es barata y abundante en la ciudad, pero más valiosa que los diamantes en medio del desierto? Mientras los economistas lidiaban con estas y otras situaciones paradójicas, los marginalistas —Menger, Jevons y, más tarde, León Walras— propusieron una solución novedosa: el valor surge de la utilidad que un bien tiene para las partes de un intercambio en el margen en el que este se produce. De este modo, refleja las preferencias subjetivas de los individuos y las circunstancias particulares de la transacción.
Desconocido en ese momento tanto para Menger como para Jevons, su solución a la teoría del valor supuso un obstáculo para el sistema económico de un oscuro teórico alemán desempleado que vivía en el exilio político. Unos cuatro años antes, Karl Marx publicó el primer volumen de su tratado El Capital. El marco teórico de Marx partía de la antigua teoría del valor-trabajo y la utilizaba para construir una elaborada justificación del socialismo revolucionario.
En el sistema de Marx, los trabajadores crean el valor de un producto solo para que los propietarios de la fábrica que los emplea se lo arrebaten. Estos “capitalistas” venden sus bienes a un precio más alto, retienen una parte de la venta para sí mismos y solo pagan a los trabajadores una fracción del valor que supuestamente han creado. Marx denominó “plusvalía” a la diferencia entre ambos. Dado que los capitalistas habían privado a los trabajadores de su “plusvalía”, teorizó, estos acabarían rebelándose contra este sistema explotador y se apoderarían de los medios de producción mediante una revolución socialista.
La solución marginalista al problema del valor trastornó el sistema marxista en sus inicios. Si el valor se deriva de las preferencias subjetivas individuales de las partes que participan en un intercambio, ejercidas en los márgenes, entonces la teoría del valor-trabajo es errónea. Y si esa teoría es errónea, todo el edificio marxista se derrumba. No existe una “plusvalía” que expropiar a los trabajadores, ni un mecanismo que desencadene la revolución.
Los acólitos de Marx vieron estos acontecimientos de manera muy diferente. Desde su perspectiva, Marx había logrado exponer las contradicciones internas de la economía política “burguesa”. El marginalismo no era una solución al problema del valor, sino más bien el estertor final del capitalismo: un intento de resucitar el sistema capitalista frente a la crítica devastadora y “científica” ofrecida en El Capital, y de reconstruir un marco económico explotador después de que Marx hubiera demolido el antiguo orden liberal al “descubrir” la plusvalía.
Las autopercepciones de los marxistas chocan con una historia bien documentada del pensamiento económico. Los marginalistas ni siquiera se toparon con los escritos de Marx hasta 1884, cuando Philip Wicksteed, alumno de Jevons, publicó una breve refutación. A principios de siglo, los marginalistas habían ganado de manera concluyente el debate académico. Nada menos que John Maynard Keynes describiría El Capital como “un libro de texto obsoleto que sé que no solo es científicamente erróneo, sino que carece de interés o aplicación para el mundo moderno”.[2]
Sin embargo, los acontecimientos geopolíticos insuflaron nueva vida a la teoría económica marxista en 1917, después de que un grupo fanático de seguidores de Marx, liderado por Vladimir Lenin, aprovechara un momento de inestabilidad para dar un violento golpe de Estado y tomar el control del gobierno ruso. Los marxistas de toda Europa interpretaron la fundación de la Unión Soviética como una reivindicación de sus doctrinas. El término neoliberalismo, o Neu-/Neoliberalismus en alemán, surgió a raíz de estos acontecimientos como una etiqueta peyorativa aplicada a la escuela marginalista.
Uno de los primeros usos de la etiqueta apareció en un libro de 1922 del filósofo marxista Max Adler. En respuesta al libro de Mises de 1919, Nación, Estado y Economía, Adler calificó al grupo marginalista de la Universidad de Viena como “los más nuevos y más fervientes defensores del neoliberalismo”. La etiqueta se popularizó rápidamente entre los académicos marxistas alemanes. En 1924, el historiador marxista Alfred Meusel publicó un panfleto contra el Der Neu-liberalismus de Mises y de otros pensadores austríacos vieneses. Para Meusel, este “neoliberalismo” tenía como objetivo “reafirmar… los principios de la ‘libre competencia’ y del ‘libre juego de las fuerzas económicas’” frente a la supuesta e inevitable revuelta socialista que Marx había predicho.
Al igual que en su uso actual, esta versión original del neoliberalismo no fue más que una etiqueta despectiva y peyorativa proveniente de la extrema izquierda. En la década siguiente, ganó una adopción más amplia en textos académicos en lengua alemana. Aunque marxistas como Adler y Meusel lideraron el impulso inicial, la etiqueta recibió un apoyo inesperado en 1926. Ese año, el economista Othmar Spann publicó una edición revisada de su popular libro de texto universitario en alemán sobre las escuelas del pensamiento económico, Die Haupttheorien der Volkswirtschaftslehre. Esta edición contenía un nuevo capítulo sobre la “tendencia neoliberal” en la disciplina económica, que él asociaba con el marginalismo.
Además de popularizar el término entre una generación de estudiantes universitarios alemanes, el libro de texto de Spann marcó también otro giro en su uso. A diferencia de sus impulsores marxistas, Spann provenía de la extrema derecha del espectro político. Al igual que Mises, enseñaba en la Universidad de Viena. Ambos eran enemigos acérrimos —e incluso legendarios— dentro de la facultad: Mises, el individualista liberal, y Spann, un antiliberal declarado que abogaba por la creación de un Estado völkisch pan-germánico centralizado. Spann denominó a su sistema filosófico “universalismo”, aunque hoy en día suele clasificarse como una ideología protofascista o protonazi. Sus ideas ejercieron una influencia formativa en el concepto de un Reich alemán colectivo, y se sabe que Adolf Hitler asistió personalmente a sus conferencias como invitado en la Universidad de Múnich durante la década de 1920. De hecho, Spann acabaría afiliándose al Partido Nazi en 1933 (aunque cayó en desgracia tras el Anschluss austríaco de 1938 y fue brevemente encarcelado por proponer una versión competidora de la doctrina oficial nazi).
Aunque él mismo era antimarxista, Spann encontró puntos en común con sus contemporáneos marxistas en el uso del término neoliberalismo. Ambas facciones despreciaban la orientación individualista del marginalismo y del liberalismo clásico, aunque lo hacían desde extremos opuestos: la izquierda colectivista radical y la derecha colectivista radical. El rótulo peyorativo se convirtió así en un microcosmos de una coalición autoritaria rojo-parda, unida únicamente por la antipatía común hacia el centro liberal clásico e individualista.
De manera reveladora, ambos extremos identificaron a Mises como el odiado líder de este movimiento “neoliberal”. No sorprende, pues, que Mises y sus seguidores rechazaran el término en 1938, cuando Rüstow lo propuso en la reunión de París.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el término neoliberalismo entró en un prolongado estado de letargo. Los debates académicos en lengua alemana del período de entreguerras que acuñaron el concepto quedaron prácticamente olvidados. El término reapareció de forma esporádica en algunos textos en inglés y francés durante la década de 1950, aunque con una mayor confusión definicional. El economista estadounidense Raymond Moley, por ejemplo, intentó acuñar una versión independiente del término a comienzos de esa década como etiqueta para el liberalismo del New Deal de Franklin Delano Roosevelt, aunque el intento nunca prosperó. En 1951, Milton Friedman escribió un breve artículo sobre una “doctrina a veces llamada neoliberalismo”, que definió en línea con la versión de Rüstow de 1938: un equilibrio entre los límites al “poder del Estado para interferir en las actividades detalladas de los individuos” y el reconocimiento de “que existen importantes funciones positivas que deben ser desempeñadas por el Estado”. Friedman fue un prolífico escritor sobre economía durante el medio siglo siguiente, pero nunca volvió a utilizar el término de forma sistemática, y aquel artículo cayó en gran medida en el olvido.
Estas circunstancias comenzaron a cambiar en las décadas de 1980 y 1990, impulsadas en gran medida por el descubrimiento y la transcripción de las conferencias de Foucault. Autores posteriores confundieron sus descripciones de la conferencia de 1938 con una historia de origen y las proyectaron una década hacia adelante, hasta la fundación de la Sociedad Mont Pelerin en 1947.
A partir de la década de 1990, académicos de izquierda revivieron su uso de una manera casi idéntica a la de sus predecesores de la década de 1920. El neoliberalismo se convirtió en un descriptor peyorativo aplicado a los sucesores del marginalismo y, en general, al pensamiento económico de libre mercado. Aunque superficial, simplista y carente de una definición más allá de eso, su uso se transformó en una queja omnipresente dentro de la izquierda académica.
Tal como sucedió en la década de 1920, los marxistas tomaron la iniciativa en la reactivación del término. La obra de Henry Giroux, The Terror of Neoliberalism (2004), y la de David Harvey, Breve historia del neoliberalismo (2005), reintrodujeron su uso ante un público más amplio, aunque sin aparente conciencia de sus orígenes de entreguerras. Ambos lo adoptaron simplemente como un término residual de descalificación dirigido contra Hayek y Mises, que “actualizaron” para abarcar también las iniciativas desreguladoras de Reagan y Thatcher en la década de 1980.
En la década de 2010, esta literatura explotó con una avalancha de libros polémicos que pretendían llenar el vacío histórico proyectando el término hacia atrás. Autores como Philip Mirowski, Quinn Slobodian y Wendy Brown publicaron relatos anacrónicos que describen el neoliberalismo como una ideología consciente y en funcionamiento continuo, que se extendería desde la conferencia de 1938, pasando por la Sociedad Mont Pelerin, hasta la actualidad. Muchas de estas obras se adentran profundamente en el conspiracionismo y la autocontradicción. Slobodian, por ejemplo, publicó un libro en 2017 en el que culpaba a Mises, Hayek y a su supuesto neoliberalismo del “globalismo” liberalizador del comercio de la posguerra, encarnado en el GATT y la Organización Mundial del Comercio, a pesar de que estas figuras tuvieron poco que ver con ambas instituciones. En 2025, Slobodian regresó con un segundo libro en el que responsabilizaba a Mises, Hayek y a su presunto neoliberalismo del auge de la extrema derecha populista, culminando en el nacionalismo económico de Donald Trump. Se trata de una doctrina extrañamente fluida: de algún modo, el neoliberalismo es responsable tanto del libre comercio como del proteccionismo arancelario al mismo tiempo.
Aunque hoy la mayoría de los usos de la etiqueta neoliberal siguen proviniendo de la izquierda académica, el término ha vuelto a ganar popularidad dentro de una corriente particular —y curiosa— de la derecha. Escritores conservadores como Patrick Deneen, Adrian Vermeule, Gladden Pappin y Sohrab Ahmari salpican sus obras con quejas contra el “neoliberalismo”, al que responsabilizan de una larga lista de agravios económicos y culturales. Al hacerlo, supieron canalizar un descontento creciente con el ala económica de la derecha estadounidense, especialmente entre conservadores religiosos y sociales. Rebautizándose como “posliberales” a comienzos de la década de 2020, estos pensadores defienden una forma ultratradicional y colectivista de conservadurismo que busca explícitamente purgar el pensamiento de libre mercado de la derecha estadounidense, bajo el argumento de que este socava los valores tradicionales y la moral mediante el consumismo económico.
No hay demasiada sofisticación en la teoría económica posliberal más allá de un rechazo visceral a la modernidad. Su objetivo es resucitar doctrinas económicas desacreditadas desde hace tiempo, como el proteccionismo arancelario de los siglos XVIII y XIX, y aplicarlas a las agendas arancelarias y de política industrial de la administración Trump. Pero ese hecho, en sí mismo, ha dado a los posliberales una presencia desmesurada en la arena política. J. D. Vance, por ejemplo, se considera seguidor de esta corriente y se ha sumado a la retórica que atribuye los problemas económicos de Estados Unidos al espantapájaros neoliberal.
En un ensayo de abril de 2020, Vance lamentaba la existencia de una supuesta clase de donantes dentro de la derecha que se había “enriquecido” gracias al “neoliberalismo y la globalización”. Adoptando el mismo estilo conspirativo que domina el uso del término en la izquierda, atacó al movimiento anti-confinamientos surgido durante la pandemia de COVID calificándolo como una distracción política, un espectáculo secundario destinado a desviar la atención de nuestra precariedad económica, en beneficio de quienes querían mantener el “negocio redondo de la globalización”. Vance concluyó el artículo con un llamado a “clavar más puñales en el corazón” del “consenso neoliberal que ha dominado a la derecha estadounidense”.
A pesar de algunos guiños superficiales a cuestiones sociales conservadoras, el mensaje de Vance era indistinguible de las incoherentes diatribas anticapitalistas de la izquierda académica que analizamos en Neoliberal Abstracts. Resulta difícil no ver a la historia repitiéndose en esta convergencia con forma de herradura: un retorno a los orígenes del término como parte de un ataque conjunto al individualismo económico desde una izquierda y una derecha igualmente antiliberales. Y, al igual que su precursor de la década de 1920, los ataques actuales contra el neoliberalismo ocultan la vacuidad del término elegido al convertirlo en un chivo expiatorio universal de todo aquello del mundo que simplemente les desagrada.
Notas:
[1] Lucia Santa Cruz, “Entrevista con Friedrich von Hayek,” El Mercurio (Santiago, Chile), April 18, 1981.
[2] John Maynard Keynes, Essays in Persuasion (London: Macmillan, 1931), 258.
Traducido por Gabriel Gasave







