La Reserva Federal tiene fallas, y su politización las agrava

16 de enero, 2026

El lunes 12 de enero, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, lanzó una severa advertencia.

Al responder a la citación judicial del Departamento de Justicia y a la amenaza de presentar cargos, Powell afirmó que se trataba de un pretexto: un intento de presionar al banco central para que fijara las tasas de interés en función de exigencias políticas y no de la evidencia económica. Lo calificó como un ataque sin precedentes a la independencia de la Reserva Federal y se comprometió a seguir haciendo su trabajo “sin miedo ni favoritismos”.

Powell tiene razón sobre los peligros de politizar la economía. Pero aquí está la verdad incómoda: la Reserva Federal está lejos de ser una institución inmaculada dedicada al “servicio público”, como afirma Powell.

La historia de la Fed está plagada de errores. De hecho, en un mundo ideal, los bancos centrales no existirían en absoluto o, si tuvieran que existir, su mandato sería extremadamente limitado. A lo largo de la historia, los bancos centrales han demostrado ser vulnerables a la influencia política.

Aun así, dada la Fed que tenemos actualmente, convertirla en un brazo de la Casa Blanca sería mucho peor que preservar su imperfecta independencia.

Si un banco central debe existir, sus poderes deberían estar estrictamente limitados: un puñado de herramientas que restrinja las formas en que los actores políticos pueden manipular la política monetaria. Desgraciadamente, la Fed moderna ha acumulado un vasto arsenal: fijación de tasas de interés, flexibilización cuantitativa, facilidades de préstamo de emergencia, medidas de respaldo al mercado y autoridad regulatoria sobre amplios sectores del sistema financiero. En los últimos años, figuras de orientación izquierdista en la dirección de la Fed incluso han intentado orientar al banco central hacia iniciativas relacionadas con el cambio climático y con la diversidad, la equidad y la inclusión. Cada herramienta adicional crea otra palanca que los políticos pueden accionar, de forma sutil o abierta, para sus propios fines.

Sin embargo, incluso con una Reserva Federal excesivamente poderosa, sigue siendo preferible un cierto grado de independencia institucional al control político directo. Los funcionarios electos se enfrentan a incentivos abrumadores para maximizar el rendimiento económico a corto plazo, especialmente en vísperas de elecciones. Eso suele implicar presionar al banco central para que impulse el crecimiento mediante una política monetaria de dinero fácil, monetizar los déficits o ambas cosas. Los costos a largo plazo —inflación, inestabilidad financiera y devaluación de la moneda— pasan a ser problema de otros.

Esto es lo que hace que el uso de la persecución judicial por parte de Donald Trump contra Powell (y anteriormente contra la gobernadora Lisa Cook) sea tan alarmante. Estas acciones solo pueden interpretarse como intentos de someter a la Fed, allanando el camino para un control presidencial más directo sobre la política monetaria.

Dada la ya defectuosa estructura de incentivos de la Fed, esta medida corre el riesgo de hacer que la política monetaria quede aún más subordinada a las prioridades de la Casa Blanca, en lugar de a las realidades económicas.

Por desgracia, ya sabemos cómo lucen esas prioridades. La Casa Blanca de Trump no ha ocultado su deseo de una reducción drástica y económicamente imprudente de las tasas de interés, mucho más allá de los recortes cautelosos e incrementales que ha iniciado la Reserva Federal al revertir las agresivas subas utilizadas para combatir la inflación de la era Biden. El objetivo es claro: una ráfaga de estímulos monetarios a corto plazo para “impulsar” la economía, sin importar las consecuencias posteriores.

La señal más clara proviene de quien fue designado por Trump para la Fed en su segundo mandato, Steve Miran. En las reuniones mensuales de la Junta de Gobernadores de la Fed, Miran ha bregado repetidamente por recortes drásticos de las tasas de interés, lo que lo coloca totalmente en desacuerdo con el resto de los gobernadores, incluidos aquellos que son partidarios de una flexibilización modesta y gradual. Sus propuestas no son discrepancias basadas en evidencia, sino desviaciones radicales de cualquier consenso serio sobre cómo gestionar los riesgos de inflación.

Peor aún, las opiniones de Miran no se basan en principios económicos sólidos. Tiene un largo historial público de promover teorías marginales centradas en el proteccionismo arancelario y un esquema explícito para devaluar el dólar como una forma encubierta de incumplir el pago de la deuda nacional estadounidense.

Estas ideas no solo son poco convencionales, sino también peligrosas. Debilitar intencionalmente el dólar y recortar las tasas de interés para financiar los déficits conlleva el riesgo de provocar una fuga de capitales, un resurgimiento de la inflación, una recesión o algo mucho peor.

Si las posiciones de Miran son un anticipo de cómo sería la política monetaria bajo una Reserva Federal políticamente subordinada, entonces la campaña contra Powell no es solo una disputa personal o institucional: es una amenaza existencial para la salud a largo plazo de la economía estadounidense.

Puede que la Fed sea profundamente imperfecta, pero utilizar el sistema judicial como arma para doblegarla a la voluntad presidencial empeoraría aún más las cosas. Preservar la independencia de la Fed no significa avalar todo lo que ha hecho; significa reconocer que, cuando el poder monetario es grande, politizarlo es la manera más rápida de garantizar que se abuse de él.

Traducido por Gabriel Gasave

  • es Investigador Asociado del Independent Institute y titular de la Cátedra David J. Theroux de Economía Política.

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