¿Liberación u ocupación?
En las primeras horas del 3 de enero, fuerzas de Estados Unidos ingresaron a Venezuela y llevaron a cabo ataques que removieron a Nicolás Maduro del poder. La operación fue rápida y decisiva, y se presentó como un acto de intervención necesario a fin de combatir el narcotráfico, restaurar el orden y liberar a una población que sufría bajo una dictadura enquistada.
Ya hemos visto esta película antes; sabemos bien que no debemos pensar que, a partir de ahora, todo transcurrirá sin dificultades.
Vale la pena señalar lo que es obvio: Maduro era un dictador. Su gobierno reprimió a la oposición política, vació de contenido las instituciones democráticas y tuvo a su cargo un colapso económico que llevó a millones de venezolanos a huir. Muchos venezolanos, aunque no todos, celebran su destitución.
La cuestión no es si Maduro era un problema. La cuestión es si la invasión estadounidense y el cambio de régimen forzado pueden brindar una solución a largo plazo.
La historia ofrece una respuesta aleccionadora.
Durante más de medio siglo, Estados Unidos ha intentado en reiteradas ocasiones remodelar gobiernos extranjeros mediante el uso de la fuerza, a menudo con la convicción de que esta vez sería diferente. Solo en América Latina, los golpes de Estado y las intervenciones respaldadas por Estados Unidos —desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973 y Panamá en 1989— fueron justificados como correcciones necesarias ante la inestabilidad, el autoritarismo o el narcotráfico.
Pero la democracia estable casi nunca fue el resultado de la intervención estadounidense. Por el contrario, las administraciones estadounidenses anteriores dejaron tras de sí instituciones debilitadas, sociedades aún más polarizadas y una desconfianza persistente tanto hacia los gobiernos locales como hacia Washington.
No solo tenemos ejemplos latinoamericanos. La invasión de Irak en 2003 desmanteló una dictadura brutal, pero también desmanteló el propio Estado, fomentando años de violencia y fragmentación que persisten hasta hoy. Afganistán demostró lo fácil que resulta para los ejércitos extranjeros derrocar un régimen y lo difícil que es sustituirlo por otro con legitimidad. Libia, a menudo citada como una intervención limitada, colapsó en un gobierno de milicias tras la remoción de su hombre fuerte. En cada uno de estos casos, el cambio de régimen tuvo éxito desde el punto de vista táctico, pero fracasó estratégicamente, lo que provocó una mayor inestabilidad en estos países y en las regiones circundantes.
Venezuela no es inmune a estas dinámicas. El orden político no se puede importar; debe descubrirse y construirse localmente. Cuando Washington establece las prioridades, crea un problema de conocimiento que ninguna cuantía de inteligencia militar puede resolver. Reemplaza el desarrollo orgánico de las instituciones locales por una estructura frágil y jerárquica carente del consentimiento interno necesario para su supervivencia a largo plazo.
La explicación oficial de Washington para la intervención hace hincapié en el tráfico de drogas y las redes criminales. Esas preocupaciones son reales, pero incompletas. La importancia geopolítica de Venezuela es muy anterior a la retórica más reciente sobre sobre los narcóticos. El país se asienta sobre algunas de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y ha resistido la influencia de Estados Unidos durante décadas. Enmarcar la invasión únicamente como una acción policial oscurece los intereses económicos y estratégicos más profundos que están en juego, y corre el riesgo de convencer a los responsables políticos de que la fuerza militar puede resolver problemas arraigados en la política y las instituciones.
Las consecuencias regionales pueden ser aún más preocupantes. La retórica posterior a la invasión por parte del presidente Trump ya ha insinuado que otros países —Cuba, México y Colombia en particular— podrían enfrentarse a una presión similar si se considera que no cooperan lo suficiente. Esto debería alarmar a cualquiera que se preocupe por la estabilidad en el hemisferio occidental. Los mercados de drogas son transnacionales; las intervenciones militares no lo son. Imponer soluciones coercitivas en entornos nacionales complejos conlleva el riesgo de propagar el conflicto, en lugar de contenerlo.
Nada de esto implica un argumento para defender el brutal régimen de Maduro o ignorar la crisis humanitaria de Venezuela. Es un argumento a favor de la educación y la humildad. La remoción de un dictador no crea automáticamente una democracia. El control extranjero rara vez sustituye al consentimiento interno. Las transiciones políticas más exitosas, por lentas e imperfectas que sean, han dependido de coaliciones internas, diplomacia regional y apoyo institucional sostenido, más que en soluciones de un impacto masivo.
Lo trágico es que Estados Unidos ya ha aprendido estas lecciones anteriormente, solo para volver a olvidarlas. La liberación mediante la invasión es una ilusión. Promete claridad y control en un mundo que rara vez ofrece alguna de las dos cosas. El futuro de Venezuela, en última instancia, no lo decidirá quién capturó a Maduro, sino si se les permite a los venezolanos, y si estos son capaces, de construir sus propias instituciones legítimas.
Si la historia sirve de guía, una ocupación disfrazada de liberación no traerá estabilidad. Solo retrasará lo inevitable, dejando que los venezolanos paguen el precio de una estabilidad que solo existe sobre el papel.
Traducido por Gabriel Gasave







