La mejor asistencia social es la que resulta transitoria
Por Bill Clinton
Clarín
Una seguridad social efectiva no debe generar dependencia del Estado sino fortalecer las aptitudes que ayuden a los más vulnerables a conseguir empleo y proveer mientras tanto a su familia el apoyo que requiera.
Firmé la Ley de Responsabilidad Personal y de Conciliación de Oportunidades de Trabajo hace diez años. Ya hacía tiempo que estaba empeñado en la reforma de la seguridad social.
Cuando presenté mi candidatura a la presidencia en 1992, nuestro sistema no funcionaba para los contribuyentes ni para aquellos a quienes debía ayudar. En mi primer discurso sobre el Estado de la Unión, prometí “poner fin a la seguridad social tal como la conocemos” y hacer de la misma una segunda oportunidad, no una forma de vida, que era el cambio que casi todos los beneficiarios querían.
La mayor parte de los demócratas y los republicanos aspiraba a aprobar legislación de seguridad social que no se concentrara en la dependencia sino en el fortalecimiento. De todos modos, había que zanjar diferencias. Los republicanos querían exigir que las personas que estuvieran en condiciones de trabajar lo hicieran, pero se oponían a mantener el suministro federal de alimentos y la atención médica para sus hijos, así como a gastar lo suficiente en educación, formación, transporte y atención infantil para que la gente pudiera aceptar empleos de menor sueldo sin que los chicos se vieran afectados.
El 22 de agosto de 1996 convertí en ley la reforma del área de bienestar social. Fui objeto de fuertes críticas por parte de los liberales, que consideraban que las exigencias laborales eran demasiado estrictas, y de los conservadores, que pensaban que los incentivos laborales eran demasiado generosos. Tres integrantes de mi gobierno renunciaron. Afortunadamente, la mayoría de los demócratas y republicanos votaron a favor del proyecto de ley.
En estos diez años, la nómina de la seguridad social experimentó una reducción sustancial, ya que pasó de 12,3 millones en 1996 a 4,5 millones en la actualidad. Al mismo tiempo, el volumen de casos disminuyó un 54%. El 60% de las madres que salieron del sistema de seguridad social encontró empleo, lo que superó ampliamente los pronósticos de los especialistas. A través del sistema que mi gobierno creó para acelerar la transición al empleo, más de veinte mil empresarios contrataron a 1,1 millón de ex beneficiarios de la asistencia social.
El éxito de la reforma de la seguridad social se vio alentado por otras iniciativas para combatir la pobreza, entre ellas la duplicación del crédito impositivo por ingresos percibidos para trabajadores de bajos ingresos; la Ley de Presupuesto Equilibrado, que comprendió 3.000 millones de dólares para incorporar al sector laboral a beneficiarios de la asistencia social durante un período prolongado y a padres de bajos ingresos que no tenían la custodia de sus hijos; la iniciativa Acceso al Empleo, que ayudó a las comunidades a crear servicios de transporte innovadores a los efectos de permitir a los ex beneficiarios de la asistencia social y a otros trabajadores de bajos ingresos conseguir nuevos empleos; y el crédito impositivo “de la asistencia social al trabajo”, que proporcionó incentivos impositivos para alentar a las empresas a contratar a quienes habían dependido de la asistencia social durante mucho tiempo.
Los resultados fueron que la pobreza infantil se redujo a un 16,2% en 2000, el índice más bajo desde 1979, y que en el año 2000 el porcentaje de estadounidenses que dependía de la asistencia social llegó al nivel más bajo en cuarenta años. La cantidad de personas que pasaron de la pobreza a la clase media durante nuestros ocho años de gobierno fue cien veces mayor que en los doce años anteriores. Sin duda el crecimiento de la economía contribuyó.
Puede extraerse una gran lección en relación con las políticas de reforma de la seguridad social, sobre todo en el clima político actual en los Estados Unidos, en el que la dirección republicana impone proyectos de ley en el Congreso sin dar la más mínima muestra de espíritu bipartidario. En definitiva, la reforma del sistema de seguridad social funcionó porque todos trabajamos juntos. La Ley de Bienestar Social de 1996 nos demostró cuánto podemos lograr cuando ambos partidos aportan sus mejores ideas a la mesa de negociaciones y se concentran en qué es lo mejor para el país.
Las recientes enmiendas a la reforma del sector, en su mayoría iniciativas exclusivamente republicanas, redujeron la capacidad de los estados de elaborar sus propios programas. También restaron importancia a las horas dedicadas a evitar que la educación pesara de forma negativa en relación con las horas semanales de trabajo exigidas. Dudo de que vayan a tener el efecto positivo de la legislación original.
Tenemos que abordar las falencias de la última propuesta relacionada con la seguridad social de forma bipartidaria, dando a los estados la flexibilidad necesaria para considerar la educación como una categoría de “trabajo” y contribuyendo a que más gente reciba la educación que necesita y los empleos que merece. Además de la reforma adicional del sistema de seguridad social, tal vez haya que aumentar el sueldo mínimo, crear más empleo por medio del compromiso a contribuir a un futuro con energía limpia e instrumentar disposiciones impositivas y otras políticas destinadas a ayudar a las familias en su trabajo y en el cuidado de sus hijos.
El autor es ex Presidente de los Estados Unidos
Copyright Clarín y The New York Times, 2006.
Traducción de Joaquín Ibarburu.
- 23 de junio, 2013
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