Rebelión en las oficinas
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Creo recordar que hay una película que se titula Rebelión en las aulas. Hoy por hoy los Estados Unidos Unidos tienen una revolución pendiente y no precisamente en las aulas.
El pasado 19 de agosto el New York Times (NYT) publicó un artículo titulado ”El auge del síndrome de las vacaciones que se encogen” y su contenido es altamente inquietante. Merece la pena reproducir algunos de los datos que arroja para comprender la magnitud del problema: los estadounidenses disfrutan de menos tiempo libre que la mayoría de los países desarrollados y esta tendencia es cada vez mayor. Un grupo privado de investigación, el Conference Board, comprobó que a principios de este verano el 40 por ciento de los consumidores no tenía previsto tomar vacaciones en los próximos seis meses. Y una encuesta realizada por Gallup con algo más de 1,000 adultos señala que el 43% de los empleados no tiene la intención de descansar durante los meses de estío.
Según el Buró de Estadísticas Laborales, de aquellos trabajadores que sí tienen pensado disfrutar del ocio, un 33% contará con una semana libre, incluyendo sábado y domingo, y el concepto de dos semanas consecutivas de asueto comienza a ser algo del pasado. Ante este desolador panorama los analistas, que todo lo diagnostican, hablan del síndrome de las vacaciones que se esfuman. El enfermo que padece este maleficio es la sociedad estadounidense, la cual parece haber olvidado los placeres y beneficios de la tregua para encadenarse a los despachos y el Blackberry.
El artículo del NYT menciona al menos una empresa, Pricewaterhouse-Coopers, que, en vista de la compulsión laboral de sus asalariados, ha tomado medidas drásticas para devolverles la salud mental antes de que sufran una regresión voluntaria a los tiempos de la servidumbre y el barracón. Esta megacompañía cierra completamente dos veces al año (diez días en Navidades y una semana en verano) para asegurarse de que todos se van a sus casas a desconectar y pensar en las musarañas. El departamento de recursos humanos optó por esta revolucionaria medida para impedir que los ”atacados” de turno pudieran sufrir a bordo de un crucero o en una playa del Caribe, porque se estaban perdiendo una reunión importante o los veinte millones de correos electrónicos que inundan las pantallas de los ordenadores.
No seamos ingenuos. Los directivos no pusieron en marcha esta iniciativa porque son la madre Teresa de Calcuta. Como buenos capitalistas, llegaron a la conclusión de que sus obsesivos empleados necesitaban cargar las pilas porque el exceso de neón los estaba minando como la kriptonita. Desde que los obligan al dolce far niente han comprobado que el rendimiento de sus 28,000 trabajadores ha aumentado. O sea, misión cumplida.
A primera vista, la defensa de las vacaciones medianamente prolongadas puede parecer una batalla de vagos y ociosos impenitentes. Sin embargo, creo que la conclusión a la que ha llegado Pricewaterhouse-Coopers es la bandera y lema de esta causa: para trabajar más y mejor hay que descansar más y mejor. De hecho, hay países europeos con mayor productividad que Estados Unidos que gozan de más periodos vacacionales.
De la información recopilada, lo que se desprende no es tanto una política de explotación laboral por parte del empleador, sino una renuncia vital del empleado a su tiempo de esparcimiento. ¿Acaso no es paradójico que la compañía persiga al asalariado para recordarle que ha de descansar? Sin embargo, existen en la fuerza laboral muchos que, si se les diera a elegir entre un aumento de sueldo o una semana más de vacaciones al año, optarían por lo segundo. Tal vez la solución pase por que haya más opciones disponibles.
En sus fantasías revolucionarias más estridentes Marx pensaba que el fin del capitalismo llegaría cuando los obreros lanzaran una huelga universal. Lo que ha ocurrido es que los dueños de las empresas tienen que presionar a los proletarios para que trabajen menos. Esto no hay quien lo entienda.
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- 23 de junio, 2013
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