Esquizofrenia en México: ¿cómo superarla?
Por Jorge G. Castañeda
Diario Las Americas
El proceso electoral mexicano finalmente ha terminado; Felipe Calderón será el próximo presidente de la republica; las coyunturas pendientes –Día de la Independencia, toma de posesión del 1 de diciembre– serán sorteadas una por una; como diría Jorge Luis Borges “tout le reste est litérature”.
El fallo del Tribunal Electoral fue unánime. Las críticas al Partido Acción Nacional (PAN) y al Presidente Vicente Fox fueron significativas pero no decisivas.
Todo ello permite iniciar una reflexión que sin duda tomará mucho tiempo y esfuerzo sobre el balance del sexenio de Fox y las razones del triunfo de Calderón.
Impera hoy en México algo que los estadounidenses, en su infinita capacidad de inventar términos para apalear su exiguo vocabulario, llaman un “disconnect” o desfase entre la visión de México y de Fox que sostiene la mayor parte de los editorialistas mexicanos y extranjeros y el sentimiento que, de acuerdo con todas las encuestas, parece prevalecer en el seno de la opinión pública mexicana en su conjunto.
Esta esquizofrenia es especialmente visible en aquellos periódicos que tienen encuestadores de casa y paginas editoriales elocuentes y comprometidas. Los comentaristas la podemos llamar comentocracia — detalles mas detalles menos, y con algunas excepciones, sostiene que el sexenio de Fox ha sido, en el mejor de los casos, una profunda decepción y, más bien en la mayoría de los casos, un desastre total, plagado de fracasos, errores, “faux pas,” impericias, y que culmina con el país postrado, triste y en el peor estado en el que lo ha dejado presidente alguno desde hace casi 40 años.
Si algún mérito se le detecta con lupa al sexenio es atribuible exclusivamente a factores ajenos a Fox: el Secretario de Hacienda Francisco Gil y el gobernador del Banco Central Guillermo Ortiz, el precio del petróleo, el secretario de Salud o a la tradición priísta de la política exterior en el conflicto de Irak.
Todos los desaciertos en cambio, sí son culpa de Fox, y son innumerables: más pobres que nunca, más corrupción que nunca, más violencia e inseguridad que nunca, menos crecimiento que nunca, más ilegitimidad del nuevo presidente que nunca, más incidentes bochornosos ante el mundo que nunca. Obviamente exagero y esquematizo, pero creo que no pocos colegas integrantes de la comentocracia se reconocerán en esta muy rápida reseña.
El problema es que, de acuerdo con los instrumentos de medición a nuestro alcance, el resto de México no parece compartir esta perspectiva apocalíptica. Todas las encuestas de los últimos meses y sobre todo posteriores a la elección, en viviendas y telefónicas, públicas y privadas, de medios e independientes, con simpatías por la izquierda o por la derecha, muestran que Fox está a punto de terminar su sexenio con los mayores índices de aprobación y de opinión favorable que ha tenido desde la Conferencia Cumbre de Naciones Unidas en Monterrey en marzo del 2002, superiores a los de sus predecesores, y comparables a los de los presidentes latinoamericanos de mayor éxito en tiempos recientes, como Ricardo Lagos en Chile.
Esta aprobación por parte de la ciudadanía no se limita a la persona de Fox, sino que abarca también su desempeño rubro por rubro: manejo de la economía, 55 por ciento; manejo de las relaciones con Estados Unidos, 44 por ciento; combate a la pobreza, 53 por ciento; honestidad, 61 por ciento, (según una encuesta realizada por el periódico Reforma la semana pasada).
No es un juicio a su persona, es una apreciación de su gestión. Pero no sólo contamos con estas encuestas, sino también con la madre de todas las encuestas, a saber: la elección del 2 de julio. Aquí la comentocracia tiene que optar: o comparte la opinión del candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador, es decir, que Calderón ganó gracias a la campaña de Fox, en cuyo caso Fox no puede ser visto por la ciudadanía como el peor presidente de la historia de México. O bien considera que es efectivamente el peor presidente de la historia de México, en cuyo caso no se entiende cómo pudo haberle ayudado a Calderón.
El hecho es que gracias o a pesar de Fox, su candidato del PAN ganó; el partido de Fox pasó a ser la primera mayoría en la Cámara y en el Senado y ganó todas las gubernaturas que estaban en juego el 2 de julio y en estados donde ya gobernaba.
Para un presidente fracasado, terminar con niveles de aprobación superiores al 70 por ciento, con su opción sucesoria confirmada en las urnas, y con su partido habiendo logrado su mejor desempeño en la historia, no está mal.
Muchos se explican ya a estas alturas el innegable desfase entre la opinión pública y la opinión publicada de diversas maneras, unas absurdas otras atendibles.
Entre las absurdas: el pueblo a veces se equivoca, vean el caso de Hitler en Alemania en 1933. No merece comentarios. Las inverosímiles: es pura mercadotecnia y se debe a la aplastante campaña de publicidad de la Presidencia de la República durante el primer semestre del 2006. No es falsa la explicación pero es insuficiente; en distintos grados la misma campaña de publicidad tuvo lugar durante todo el sexenio de Fox pero no logró estos resultados ni en la elección del 2003 ni a lo largo de los primeros 5 años; por otra parte, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo hicieron lo mismo pero no lograron lo mismo.
Las más factibles: se trata de un efecto efímero que se desvanecerá con el paso del tiempo y la desaparición del bombardeo mediático. Esto no es imposible pero tampoco es seguro. Las impresiones de final de sexenio o de semanas después de la entrega del poder suelen ser duraderas; si no, habría que haberle preguntado a varios ex presidentes de México: José López Portillo antes de que falleciera o a Luis Echeverría y a Carlos Salinas hoy en día.
Por último, un punto válido: no sirve de nada esa popularidad innegable, ya que no se traduce en apoyo en el Congreso y/o reformas de fondo. Esto sí es absolutamente cierto, pero es un problema distinto, como lo es determinar si Fox tuvo razón en privilegiar los números de las encuestas sobre los resultados de las reformas.
Quizás la mejor explicación se encuentre en la perspectiva distinta que tiene la gente y la comentocracia. A esta última le preocupan enormemente los tropiezos verbales de Fox; a la gente le interesa la tasa de interés de préstamos hipotecarios. A los editorialistas les importan mucho las metidas de pata formales o políticas de Fox; a la gente, el crecimiento del empleo cuando se ha dado, el Seguro Popular, la extensión del programa de Oportunidades.
Los 10 años de estabilidad económica con crecimiento mediocre pero constante que ha vivido México desde 1996, han ensanchado la clase media. Se ve en los vuelos de las líneas aéreas de bajo costo, en los hoteles, las playas nuevas (alrededor del 80 por ciento de la economía turística de México se debe al turismo nacional), en la renovación del parque vehicular, en el mercado de la vivienda.
Según una encuesta reciente de la empresa Gaussc, 58 por ciento de los entrevistados con teléfono en su casa, habían obtenido un crédito de algún tipo en el transcurso del último año, gracias a la estabilidad y bajas tasas de interés. No es lo que se esperaba de Fox ni es lo que el país necesitaba, pero es mucho más de lo que reflejan las páginas editoriales.
Por desgracia, aun con todos los avances bioquímicos de los últimos años, la esquizofrenia sigue siendo una enfermedad incurable. El país y muchos de sus medios la padecen. ¿Cómo superarla?
©2006 Jorge G. Castañeda
Distribuido por The New York Times Syndicate.
- 23 de junio, 2013
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