Mentira, mentira
Por Carlos Rodríguez Braun
ABC
La mentira está con nosotros desde que Caín, cuando Dios le preguntó dónde estaba Abel, respondió: “No sé” (Gn. 4,9). Pero se han desarrollado frenos y contrapesos que contribuyen a disuadir a los mentirosos, desde las sanciones morales y religiosas hasta las penas legales. No vivimos ni viviremos en un mundo ideal, como lo prueba el hecho de que una mínima dosis de mendacidad probablemente sea indispensable para la convivencia pacífica, pero el engaño nítidamente nocivo para los demás no es gratuito, por lo que su demanda no es infinita.
Ahora bien, cuando esta semana leí en la prensa que un ciudadano húngaro, indignado ante la conducta de su primer ministro Ferenç Gyurcsany, había tronado así: “No se puede gobernar mintiendo al pueblo”, me pregunté, sin pensar en ningún país en concreto: ¿no se puede?
La política parece un intercambio como los demás, con oferentes, demandantes, contratos, transacciones y precios. Y mentiras, claro. Pero en las demás dimensiones económicas y sociales, los defraudadores son identificados y suelen pagarlo. En política la cosa no está tan clara. Y no me refiero sólo a la vieja “razón de Estado”, cuya inmoralidad se observa en la latitud que ha alcanzado desde Maquiavelo: hoy la razón de Estado es que sólo el Estado tiene razón. La legitimidad que confiere la democracia hace que la teoría del mal menor sirva para cualquier cosa. Si era bueno para Hungría entrar en el euro, si los socialistas estaban dispuestos a aplicar un plan de austeridad una vez ganadas las elecciones, y si no podían ganarlas anunciando ese plan de antemano ¿no era necesario mentir?
Esto es cínico, pero mi objetivo no es defender su virtud sino su necesidad. Una vez que la política pierde frenos a la expansión de su actividad, y con la democracia no sólo los pierde sino que además ampara dicha pérdida mediante el consenso popular, la política pasa a elaborar ella misma en exclusiva sus propios frenos. Como se legitima pretendiendo ser reflejo de la sociedad, cuyos “problemas” resuelve, y como las demandas sociales son siempre contradictorias (más gasto público y menos impuestos), en política la mentira se justifica y es inevitable.
Dirá usted: a los políticos mentirosos se los puede echar en la elección siguiente. Lo sé. Pero no cabe argumentar seriamente que este mecanismo de sanción es ligeramente equivalente al que padece la mentira en cualquier otro “mercado”.
- 23 de junio, 2013
- 15 de agosto, 2022
- 8 de septiembre, 2011
- 21 de abril, 2021
Artículo de blog relacionados
- 14 de enero, 2014
La Nación Si queremos vivir en una sociedad libre no podemos tomar livianamente...
15 de febrero, 2019- 10 de diciembre, 2010
Por Antonio Sánchez García Webarticulsita Constituye una auténtica ganancia del período, así cause...
18 de abril, 2009














