Las fronteras y los políticos
Por Carlos Ball
El Nuevo Herald
Las barreras fronterizas las construyen los políticos para tratar de impedir el libre flujo de personas, ideas, productos y servicios, bajo la excusa de beneficiar así a sus compatriotas. Soy de los que creen que viviríamos en un mundo más civilizado, más próspero, más seguro y mucho menos agresivo si en lugar de esos muros y barreras arancelarias existieran simples líneas de demarcación en los mapas. Pero son esos mismos políticos y gobernantes, envueltos en su bandera nacional, quienes dedican sus mayores esfuerzos e inmensas cantidades de dinero proveniente de los impuestos en arremeter contra la soberanía de otros países. Esa explosión de agresividad y propaganda oficial que a diario emana desde docenas de capitales alrededor del mundo plantea un escalofriante comienzo para el siglo XXI.
¿Por qué sucede ahora? Me temo que un creciente número de políticos y burócratas se han contaminado del vicio enfermizo de influenciar, manipular, cambiar y hasta imponer lo que se debe hacer en otros países, luego de sus bien remuneradas pasantías por organismos como las ONU, FMI, BM, NOAL, UE, OTAN, OEA, BID, OCDE y múltiples otras combinaciones de letras. Allí se convencieron que solamente ellos, los burócratas que manejan ese creciente número de organismos multinacionales, saben realmente lo que les conviene a cada país y al mundo entero, por lo que se dedican a imponer el ”bien”, por las buenas o por las malas, a la humanidad entera.
Algunas veces, tardíamente se dan cuenta de sus errores, como acaba de suceder con la Organización Mundial de la Salud (OMS), que después de varias décadas y de millones de muertes innecesarias por malaria, admitió a mediados de septiembre la eficacia del DDT en salvar vidas. Los países tropicales más pobres son los más afectados por esa enfermedad y, hasta ahora, si sus gobiernos permitían el uso del DDT, se les negaba toda ayuda extranjera.
Ya en el siglo XIX, Lord Acton nos advertía que ”el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de manera absoluta”. Eso lo observamos hoy en pequeños países del tercer mundo y también en las grandes naciones desarrolladas. Así, presidentes y jefes de estado, embriagados de poder, utilizan los organismos internacionales, la defensa nacional y la lucha contra el terrorismo para ampliar su autoridad, afectando las libertades civiles de sus conciudadanos, a la vez que utilizan todos los instrumentos a su alcance para imponer sus ideas y proyectos más allá de las fronteras nacionales.
En días recientes hemos visto a muchos de ellos hablando desde el pódium de las Naciones Unidas. Todos hablan, pero ninguno parece escuchar. Evo Morales habló con una hoja de coca en la mano, afirmando que Bolivia no acepta chantajes ni amenazas sobre lo que produce. A Washington le preocupa mucho más su fracasada guerra contra las drogas que las confiscaciones y abierta violación de los derechos de propiedad en Bolivia, Venezuela y Argentina.
La prioridad de George W. Bush es su mal concebido y peor ejecutado plan de imponer, por medio de una invasión militar, la democracia en Irak, disparando el odio de los pueblos islámicos hacia Occidente y hacia otras religiones. El Papa Juan Pablo II inteligentemente mantenía que “se deben tender puentes en vez de levantar muros”.
La reciente política de Washington hacia América Latina ha sido la peor que recordamos. Aunque ningún latinoamericano estuvo involucrado en el 11 de septiembre, cada día se les dificulta más viajar o estudiar en Estados Unidos, lo mismo que ejecutar operaciones financieras, tratándoseles a menudo como probables narcotraficantes o terroristas.
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Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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