En los últimos estertores
Todo esto que parece hasta risible denota la desesperación del régimen rojo de La Habana, porque ellos mismos han comprendido que ya han entrado en la etapa final de su existencia
Desde que el régimen tiránico de Fidel Castro se robó el poder en la Isla Mártir de Cuba, traía consigo, a despecho de los años, un inicio, un desarrollo, y un final. Casi cinco décadas ha durado la tiranía del Castrocomunismo sobre el noble pueblo cubano.
Sin embargo, según todos los indicativos históricos, puede decirse que el régimen de torturas y terror del anciano dictador ha entrado ya en su etapa final. A esos efectos, los sicarios de la tiranía han desatado una persecución inmisericorde contra el pueblo, ya sea contra lo disidentes, ya sea contra los opositores, ya sea contra los que inconcebiblemente han sido deportados o repatriados por los Estados Unidos a Cuba, ya sea apretando más y más las barbaries contra el cubano.
De triste recordación son las llamadas diplotiendas donde el pueblo no pudo y casi no puede entrar, porque son reservadas para los llamados “diplomáticos” que viven en suelo cubano. Es absurdo y hasta paradógico que la mal llamada revolución de Castro proclamó como su base esencial la libertad del pueblo cubano. Y bajo la tiranía del enfermizo y anciano Castro el pueblo, dentro del propio territorio cubano, le está prohibido visitar dichas diplotiendas, so pena de terminar en la cárcel.
Está el hecho que el régimen rojo dictó una serie de regulaciones a través del Decreto-Ley 217 prohibiendo el traslado de los cubanos del interior de la Isla a La Habana. Según este infame decreto, toda persona que pretenda fijar su domicilio, residir, o vivir permanentemente en la ciudad de La Habana o en la Habana Vieja, el Cerro, o Diez de Octubre, tendrán que cumplir una serie de medidas o regulaciones, so pena de ir a la cárcel si no las cumplen.
Y yo pregunto: “¿Cuándo en la Cuba Republicana el cubano no se pudo trasladar libremente a través del territorio que lo vio nacer?” El único ejemplo que recuerdo fue el trágico empadronamiento dictado en el siglo pasado por Valeriano Weyler, de triste recordación.
Otro ejemplo nefasto que ratifica las aseveraciones hechas hasta aquí fue descubierto, según un reportaje internacional, por un cubano nombrado Fidel León Pérez Peraza. El hecho ocurrió en la capital habanera.
Pérez Peraza acudió a las oficinas del titulado Carnet de Identidad del Municipio Playa, donde reside, porque deseaba cambiarse el nombre.
Según declaró Pérez, el funcionario que lo atendió le preguntó cuál de los nombres quería cambiarse: el de Fidel o el de León.
Pérez respondió que quería cambiarse el nombre de Fidel. Inmediatamente el funcionario castrista llamó a la policía, y Pérez fue detenido.
Más tarde, los jerarcas del régimen le impusieron una multa de 350 pesos y las autoridades le advirtieron que jamás se podría quitar el nombre de Fidel.
Todo esto que parece hasta risible denota la desesperación del régimen rojo de La Habana, porque ellos mismos han comprendido que ya han entrado en la etapa final de su existencia. Por eso se producen y se producirán hechos como los anteriores que no son más que estertores de un sistema agonizante que pronto dejará de existir.
Y con la desaparición del régimen martirizante, el cubano podrá volver a respirar a plenitud el aire incomparable de la libertad, sin ser sujeto a todos los deberes, sin poder ejercer un solo derecho.
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