Chile: el costo del prejuicio socialista
Por Cristián Larroulet
El Diario Exterior
La Ministra de Educación manifestó días atrás una visión crítica de las autoridades eclesiásticas y del mundo empresarial en relación con los problemas de la gente. Detrás de esa opinión hay un trasfondo más profundo que es el prejuicio ideológico que una gran parte de los líderes de la Concertación tienen y que les impide observar el enorme aporte que realizan al país el mundo de las instituciones religiosas y el de las empresas.
Negar ese aporte es producto del resabio socialista que desconfía de las personas y de las instituciones intermedias de la sociedad como las iglesias y las empresas. Esa visión desea que el Estado no solo sea el que financia los servicios sociales, sino también quien los produce o por último que lo provean otras instituciones no estatales pero en un rol de total subordinación al gobierno. Este prejuicio es lo contrario a una visión moderna del Estado que lo reconoce como burocrático, lento de reaccionar, poco innovador y menos preocupado de la persona que recibe el correspondiente servicio. Por el contrario, la iniciativa personal motivada por las más diversas razones (altruistas, religiosas, ganar dinero, etc.) es la que produce de una manera más oportuna y de mejor calidad los bienes y servicios que una sociedad requiere. La frase que mejor ilustra una visión moderna al respecto es la del líder chino Deng Xiao Ping que al explicar la transformación de ese país comunista hacia la economía de mercado dijo “no importa el color del gato lo que importa es que cace ratones”.
Este prejuicio socialista tiene un alto costo para el país especialmente en la educación. Hay un consenso nacional de que éste es el principal instrumento para avanzar hacia el desarrollo y reducir las desigualdades.
La falta de cobertura en la educación que nos afectó el siglo pasado es en gran parte la causa de las actuales brechas en la distribución del ingreso. En 1970 el 43% de los niños que vivían en condiciones de extrema pobreza no asistían a los establecimientos de educación primaria y el subsidio estatal por alumno universitario era 20 veces mayor que el que recibían los que asistían a la primaria.
Hoy no nos debe extrañar que un profesional tenga un ingreso 5 veces superior al de las personas que solo pudieron terminar la educación básica. Sin embargo, la buena noticia es que en los últimos 26 años hemos hecho avances que permitirán cambiar esa realidad gracias a la incorporación como proveedores de servicios de educación a instituciones privadas e instituciones relacionadas con las iglesias. Aumentamos la cobertura de la educación básica al 99% de la población.
El 83% de ese aumento se debe a los colegios particulares con y sin subvención estatal. También estos colegios han permitido aumentar la calidad: los establecimientos particulares subvencionados han obtenido un puntaje promedio en las pruebas SIMCE 23 puntos superiores que los colegios municipales. Lo mismo ha ocurrido en la educación superior cuyo aumento de cobertura de más de 400.000 alumnos en 20 años se debe en un 66% a la incorporación de la iniciativa privada en la educación superior.
Esos son algunos de los antecedentes que nos confirman el enorme aporte que la Iglesia y las empresas han hecho para mejorar la calidad de nuestro sistema educacional.
Cristian Larroulet es Director Ejecutivo del centro de investigación Libertad y Desarrollo, de Chile.
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