Achaques de la prosperidad española
Por Valentí Puig
ABC
ES mucho pedir que el ciudadano español ingrese en la cohesión de una opinión pública si se orillan en términos de argumentación los efectos de la prosperidad. Situaciones injustas no faltan, pero el dato omnipresente tiene más que ver con las consecuencias de un crecimiento económico sostenido que no con la quiebra de la iniciativa empresarial o con la inhibición del sistema de libre mercado. \
Paradójicamente, el ciudadano está más atento a las previsiones económicas a corto plazo que a la congratulación con los resultados de políticas de gobierno que permiten el endeudamiento hipotecario y el disfrute de los logros de cada uno. Dicho en términos muy concretos: parece ser mucho más motivo de alarma que en España cada vez haya más obesos, que celebrar merecidamente lo que significa que ciudadanos españoles estén en primera fila mundial en deportes como el tenis o el baloncesto. Unos engordan tanto por falta de disciplina personal como por abundancia de poder adquisitivo, mientras que otros compiten con los mejores del mundo, precisamente por las mismas razones, aplicadas en sentido positivo.
En cuanto a prosperidad, no deslindar lo que corresponde al exceso y lo que se debe al aprovechamiento correcto tiene unos efectos demagógicos a ultranza: viene a sumarse a todo el sistema de dependencias que genera el Estado de bienestar en su aplicación más perversa. El caso del deporte es muy significativo: sus emanaciones más coherentes desembocan en el triunfo y en el alcance de una competitividad que contrasta con las disfunciones de lo inerte y lo previsible. Es la diferencia existente entre el esfuerzo de quien se priva de algo por encestar mejor o quien se hincha de pizzas sentado en tresillo de casa, de cara al aparato de televisión. Desde luego, ambas opciones son parte constitutiva de la sociedad abierta.
Esos son los achaques de prosperidad. Uno se queja de un golpe de aire acondicionado en la espalda olvidándose de todo lo que significa -incluso en términos de libertad operativa- la tecnología de la refrigeración del aire. Ya nadie se acuerda de los inconvenientes de los ventiladores o del botijo. Ahora el culpable, y no el benefactor, es el sistema de aire acondicionado, uno de los grandes logros de la prosperidad económica, en su sentido más vasto. Quédese uno maltrecho de un golpe de aire refrigerado y la culpa será del progreso. A la primera de cambio, queda olvidado lo que fue el verano sudoroso, el viejo ventilador insuficiente, el levísimo remedio del pay-pay de los abuelos.
Cuando más tienda uno a la obesidad, más culpa le corresponderá a la sociedad de consumo, al sistema capitalista y a la economía de mercado. Ya nos olvidamos de lo esbeltas que son las muchachas que crecieron con la dieta de la prosperidad, de la talla de los nuevos deportistas españoles y de lo apuestos que son los fenómenos de las nuevas generaciones. Han mejorado en altura, en cutis, en gracilidad de movimientos, en calidad dentífrica y en soltura de expresión corporal. Frente a tal apoteosis, ofrecemos como achaque de la prosperidad las estadísticas sobre la obesidad juvenil en España. O es que nos avergonzamos de la prosperidad o es que aceptamos las tesis de la izquierda sobre los males del crecimiento. No es que la izquierda no abunde en obesos. Tampoco elude las bendiciones del aire acondicionado. Todo es un poder y no querer. El crecimiento económico es un pecado si no ajusta sus modales a lo políticamente correcto. Más allá de la tesis oficial, los baloncestistas avasallan y los tenistas se imponen. La verdad es que, incluso en materia de obesos, vamos a ir por delante porque hay aquí materias primas que son más asequibles a la prosperidad que a la penuria del intervencionismo económico.
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