Irán-Norcorea Trato desigual
Por Adolfo P. Salgueiro
El Universal
El tema del desarrollo de la energía nuclear para fines militares está lleno de hipocresías y de algunas preocupaciones razonables. Entre las primeras, la más evidente es la que pretende poner freno a todos aquellos que no tienen armas atómicas, mientras sí se las permiten a los que las consiguieron primero que -¡oh!, casualidad- son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y a algunos otros más calificados como “confiables” por la elite del poder mundial (Israel, India, Pakistan, etcétera.). No las pueden tener los que pertenecen al “eje del mal” (Irán, Corea del Norte).
Entre las preocupaciones razonables no deja de ser cierto que aquellos países dominados por el fanatismo religioso, proyectos de expansión hegemónica o caprichos mesiánico/militares es mejor que no dispongan de ese recurso a fin de impedir el posible o probable uso irresponsable del mismo.
La realidad demuestra que en esta materia -como en muchas otras- los estados actúan en forma egoísta. Sólo basta observar la diferencia del trato dado a Irán frente a Norcorea.
Como Irán es un gran exportador petrolero y posee además una abultada chequera, sus clientes prefieren anteponer su seguridad energética por encima del tema de la proliferación nuclear y por eso es que no se ponen de acuerdo sobre las medidas a tomar para que esa nación, cuartel general del terrorismo mundial y guarida de fundamentalistas irracionales, abandonen el proyecto que les conducirá inevitablemente a disponer de tecnología nuclear para uso militar.
En cambio, Corea del Norte, un pobre país pobre, aislado y carente de fuentes de energía exportable, tan pronto detona una modesta bomba subterránea, de inmediato hace posible el consenso que lleva a la Resolución 1718 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas donde todo el mundo estuvo de acuerdo en aplicar sanciones y ni Rusia ni China -que no son clientes energéticos de Pyongyang- aplicaron el veto que con tanta presteza utilizan o amenazan cuando se trata de Irán.
Quien esto escribe es de los escasísimos venezolanos que ha visitado Corea del Norte y de los más escasos aun que haya sido recibido tanto por Kim Il Sung como por su hijo el actual presidente Kim Yong Il. Allí palpamos la alienación irracional con que ese gobierno maneja a una población sojuzgada por el hambre y la desinformación que modelan la conciencia nacional. A esa dirigencia no se le puede permitir -por encima de moralidad y/o legalidad- blandir el arma del Holocausto nuclear y convertir al mundo en rehén de su autocracia.
Sin embargo, si nos atenemos a lo puramente legal veremos que Norcorea adhirió en 1985 al Tratado de Prohibición de Explosiones Nucleares en la atmósfera y el mar de 1963 pero que en enero de 2005 se retiró del mismo. Tal país tampoco suscribió el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1996. En consecuencia, Pyongyang no estaría bajo la obligación legal de no hacer una explosión subterránea que no libere radiación hacia la atmósfera.
En resumen, promover la proliferación es malo pero es peor si los que lo hacen no son los “buenos”.
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