Las ”mulas” de Washington
Por Alejandro Armengol
El Nuevo Herald
Al mismo tiempo que el gobierno del presidente George W. Bush ponía en práctica nuevas medidas para restringir las visitas familiares a Cuba, aprobaba más fondos para financiar viajes de ”mulas” cargados con artículos de consumo para la disidencia.
Esta distinción no sólo estableció una táctica errada y de pocas repercusiones prácticas para un cambio en la Isla, sino que convirtió a muchos opositores en cómplices voluntarios o involuntarios de una política de doble moral que ahora La Habana tratará de aprovechar al máximo para sus fines propagandísticos.
Bajo el amparo de una cobertura periodística complaciente en la mayoría de los casos, diversas campañas han sido lanzadas en Miami para apoyar el movimiento opositor en la Isla, pero año tras año éstas no han ido más allá de la repetición de voces en la radio, notas informativas superficiales y rostros conocidos en un programa de televisión hecho para complacer a quienes visitan el restaurante Versailles. Cualquier crítica y comentario opuesto a tales campañas ha sido catalogado de inmediato de complicidad con el régimen de Castro.
Me pregunto si no son más ”cómplices” quienes han gastado los millones de dólares de los contribuyentes en equipos y juegos de video Nintendo y Sony, una bicicleta de montaña, abrigos de cuero y cachemira, latas de carne de cangrejo y chocolates Godiva, como muestra un informe de la Oficina de Contabilidad del Gobierno de Estados Unidos (GAO).
No es que a los residentes de la Isla les sean negados tales artículos, sino la irresponsabilidad que significan tales compras por parte de los organizadores de la ayuda aquí en Miami. Diversos disidentes ya han dejado claro que no han recibido artículos lujosos ni dinero de Washington, y que más de la mitad del presupuesto de la ayuda se consume en Miami.
Son estos supuestos ”patriotas” del exilio, aparentemente comprometidos en la lucha por llevar la democracia a Cuba, los responsables en parte de una campaña mal dirigida, peor controlada y de una pobre efectividad. Pero la responsabilidad mayor, de cara a los contribuyentes norteamericanos, es de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, que ha brindado $73 millones para ayudar al establecimiento de una Cuba democrática sin una fiscalización adecuada, con una notoria pobreza de directivas y procedimientos y grandes deficiencias en los mecanismos de control interno.
De acuerdo al informe de la GAO, los controles internos destinados a supervisar el otorgamiento de subvenciones y la utilización del dinero “no logran asegurar que los fondos son utilizados adecuadamente y que las donaciones cumplen con los requisitos establecidos por las leyes y regulaciones”.
Lo que evidencia el documento es, en el mejor de los casos, una utilización inadecuada y poco efectiva de un programa multimillonario destinado a los grupos empeñados en llevar la democracia a Cuba.
Aunque el informe señala que a partir del 2004 tanto la USAID como el Departamento de Estado han establecido mecanismos de ”competencia oficial para seleccionar a quienes reciben las donaciones”, y que en fecha reciente ambas instituciones han puesto en vigor medidas adecuadas para mejorar la supervisión de los programas, no se ha notado un cambio notable en la distribución de los fondos ni se ha alterado la lista de los beneficiarios.
El programa creado gracias a las presiones de un Congreso en manos republicanas y bajo el gobierno del ex presidente Bill Clinton, para ayudar a llevar la democracia a Cuba, no sólo ha resultado un fracaso, sino que al parecer fue concebido precisamente para no tener éxito.
Que dicho programa haya no sólo sobrevivido al cambio de administración hace seis años, sino incluso aumentado, tiene que ver más con la política nacional y el interés por atraerse el voto cubanoamericano que con el objetivo de lograr un cambio democrático en la Isla.
Tanto los gobiernos demócratas como republicanos han estado más deseosos de aparentar un interés por la situación cubana que en contribuir al fin del régimen. Desde los planes de la CIA durante la década de 1960 para exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un esquema similar difícil de entender fuera de Estados Unidos: la utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada. Lo demás es jugar con las esperanzas de quienes viven en Cuba y obtener dinero fácil unos pocos aprovechados.
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