Amores made in China
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
El cartero dejó el paquete en la puerta. De la caja saqué un envoltorio de celofanes acolchados que desenrollé poco a poco hasta que apareció una alargada vasija de cerámica. Sólo la tarjeta que acompañaba el ”regalo” aclaró el misterio: ”Te devuelvo el jarrón chino. Si no recuerdo mal, lo teníamos sobre una mesa del salón hace ya la tira de años”. Entonces me vino de golpe la imagen de aquel búcaro en la casa que una vez compartimos en Mendocino. Tenía razón aquel viejo amor dormido. Hacía tanto de aquello que a primera vista no reconocí la procedencia del objeto. El bagaje sentimental escondido entre los dragones y las flores de loto.
¿Por qué razón aquel antiguo novio me mandaba de regreso el jarrón chino que adornó la casa en Mendocino? ¿Acaso había un mensaje cifrado en el envío? ¿Acaso en la nota? ¿Tal vez en el fondo del recipiente? Como el oscuro poso que se deposita en el café turco. Pero por muchas vueltas que le di al jarrón, sólo alcancé ver sus líneas rectas y los finos relieves con fantasías orientales. ¿Por qué, entonces, el muchacho de las playas de California que surfeaba de día y pintaba de noche se molestaba en devolverme aquel resto arqueológico de un amor enterrado como una civilización perdida?
Como soy muy dada a las novelerías, me habría gustado pensar que se trataba de un rapto nostálgico por parte de aquel afecto de juventud. Tal vez se había encontrado con el cacharro cuando ordenaba el desván. Junto a las fotos color sepia. Las cartas anudadas. Pero enseguida recordé que nunca hubo mensajes perfumados y, como mucho, el testimonio gráfico de aquel romance se plasmó en polaroids instantáneas. Haciendo el tonto en la playa. De excursión con los amigos. Un viaje a Nueva York. Poco más. Además, yo me las había llevado todas. No me gustaba dejar atrás reliquias. Mejor optar por la imaginación hasta que la evocación del otro se esfumara en la nada del olvido. Por eso el detalle del jarrón chino me descolocó.
Lo que había fallado es mi incapacidad para el pensamiento práctico. Producto de las novelas y las películas viejas. En las que nada ocurre así porque sí. Sino que todo tiene un significado incluso cuando hay un final abierto. ¿Entonces, a cuento de qué volvían a mí el búcaro y sus dragones voladores? Por mucho que me desilusionara. Que me echara por tierra la imaginación. Que me desbaratara las teorías celestiales. Lo más probable es que la devolución de aquella pieza de porcelana se debía a un cambio de decoración. A un problema de espacio. A una ruptura total con el pasado que incluía todas las eras. Y mi jarrón chino pertenecía a la más antigua de todas. El amor en los tiempos de la dinastía Ming. En el pleistoceno de nuestras vidas. Cuando los dragones eran dinosaurios y comían frutas de los árboles. En aquella tierra dócil y amable del oeste americano. Cerca de las uvas y del mar.
¿En qué momento al cabo de una veintena de años y de vueltas que da la vida un viejo amor se decide a devolver el jarrón chino que adornaba el salón de la casa en Mendocino? ¿Qué pudo precipitar el embalaje de aquel souvenir sentimental?
Por mucho que me rompí la cabeza y busqué explicaciones, nada hallé salvo la imagen real de la vasija recuperada. Ahora me tocaba a mí colocarla en el espacio atiborrado de mi presente. Encontrarle sitio al objeto extemporáneo en la modernidad del plástico y los redondeles. Mal que bien, apretujé el jarrón junto a unos bustos de madera adquiridos en Africa que reposaban sobre una mesa de la India. A modo de altar dedicado a las ruinas de los amores que fueron. Viajeros y andarines. Pasajeros.
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