De nuevo, la inmigración
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
Hay razones de sobra para que la inmigración sea un tema central de la política de EEUU; también, de sus relaciones hemisféricas.
Las cifras son elocuentes: en 1970, 6.9 millones de habitantes (4.7% de su población) eran inmigrantes. En el 2006, llegaron a 35 millones (12% del total). De ellos, poco más de un tercio son ilegales, 80% provenientes de América Latina y la mayoría mexicanos. Se estima que el número crece en un millón anual.
Ante la magnitud del fenómeno, para Washington resulta prioritario adoptar una estrategia que permita ordenarlo, absorberlo y manejarlo de forma inteligente, legal e integral.
Sin embargo, la miope ”reforma” aprobada pocas semanas antes de las elecciones de medio período fue todo lo contrario. Se concentró en la represión y el control, envió una grave señal de hostilidad a los latinoamericanos, no estableció mecanismos eficaces para afrontar el problema y, de paso, agravó la derrota republicana en los comicios.
Por suerte, las elecciones no sólo sirven para poner o quitar presidentes, senadores, representantes o gobernadores. También son una fuente de enseñanza para los políticos y pareciera que los más sensatos de ellos, en ambos grandes partidos estadounidenses, han aprendido la lección.
Ya se habla de varias gestiones, desde el ejecutivo y las dos cámaras del Congreso, para diseñar y aprobar una verdadera reforma migratoria, que busque el mejor equilibrio posible entre los distintos elementos y actores involucrados.
El cambio deberá centrarse en dos temas prioritarios: qué hacer con los 12 millones de inmigrantes ilegales que ya están dentro, y cómo comportarse frente a los que quieren entrar, sobre todo cruzando la frontera sur.
Las recetas –y los extremos– abundan; sin embargo, cada vez parece más posible un acuerdo bipartidista centrado en la moderación y construido alrededor de ciertas premisas básicas:
La primera es que, además de político, económico y social, la migración es un fenómeno humano; por ende, difícil de enmarcar en reglas y procedimientos radicales e insensibles. Siempre habrá necesidades y motivaciones tan profundas que desafiarán –a menudo con éxito– las normas burocráticas o la rudeza policial. El mercado de ”papeles” falsos, la protección familiar a los ilegales y el flujo continuo por la frontera sur lo atestiguan claramente.
La segunda premisa es que la migración no sólo ocurre porque gente a quienes les va mal en sus países buscan mejores oportunidades en otros, sino porque en estos las necesitan. Si no, que lo digan los empresarios agrícolas de California y los hoteleros de todo el país.
Y también parece existir creciente convicción de que un desafío tan grande requiere un abordaje integral, en el que aspectos como educación, trabajo y seguridad social son esenciales.
Una estrategia inteligente y sustentable debe construirse al margen de consideraciones exclusivamente electorales. Por esto, con las elecciones de medio período a casi dos meses de distancia, y con el inicio de la competencia por las candidaturas presidenciales aún lejano, es buena hora para asumir la tarea.
Es algo que ya está ocurriendo, para potencial beneficio de la mayoría de los migrantes, de la economía de Estados Unidos e, incluso, de sus relaciones con América Latina.
Pero en este último aspecto hay un asunto pendiente: cómo mejorar las condiciones de los países del hemisferio, para que cada vez expulsen menos población.
La respuesta se relaciona con el fenómeno del desarrollo, que siempre ha dependido de múltiples variables. Pero existe una que sí resulta indispensable: el acceso a mercados para los productos de los países menos desarrollados.
En este ámbito, los demócratas tienen la actitud más miope. Con el argumento de ”defender” puestos de trabajo, se muestran renuentes a nuevos tratados de libre comercio y a la reducción de barreras al flujo de bienes y servicios.
¿Será un argumento convincente, para que cambien de actitud, reiterar que una buena política migratoria exige también una buena política comercial? Ojalá así lo entiendan. De ello también dependerá el éxito de cualquier reforma.
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