La energía, fuente del poder político del Kremlin
Por Luisa Corradini
La Nación
PARIS.- Una semana después de haber evitado la guerra del gas, Rusia y Belarús -hasta ahora su mejor aliado- acaban de comenzar una pulseada por el petróleo cuyos “daños colaterales” se experimentan hoy en la Unión Europea (UE).
Desde anteayer por la mañana, el crudo dejó de circular por el oleoducto -injustamente llamado Druzhba (amistad, en ruso)- que aprovisiona a Europa a través de Belarús.
Como ya sucedió, en 2006, durante la crisis por el gas entre Rusia y Ucrania, los primeros perjudicados por esta nueva medida fueron los europeos: Eslovaquia recibe de Rusia 100% del petróleo que consume; Hungría, 98%; Polonia, 96% y Alemania, 34%. En total, por Druzhba circulan 1,8 millones de barriles diarios de crudo (unos 70 millones de toneladas por año) hacia los países europeos.
Si bien Polonia y Alemania no están seriamente amenazadas, gracias a sus reservas de petróleo para varios meses, la actitud adoptada por el Kremlin en este nuevo conflicto con una de sus ex repúblicas satélites conmociona a la UE.
La decisión del presidente ruso no sólo confirmó su escasa preocupación por sus socios europeos, sino que recordó a los miembros del bloque la imperiosa necesidad de comenzar a diversificar sus fuentes de energía a fin de reducir la dependencia de Rusia, de la cual reciben un tercio del gas y un cuarto del petróleo que consumen.
“Es claro que los problemas que está teniendo Rusia con sus vecinos no terminarán. La UE no puede decir que le hayan faltado ejemplos de cómo el Kremlin usa su energía como fuente de poder político”, señaló Claudia Kemfert, directora de la División Energía del Instituto Alemán de Investigación Económica.
La crisis entre Rusia y Belarús, ligadas desde hace diez años por un improbable proyecto de fusión, comenzó hace semanas, cuando Moscú decidió duplicar el precio del gas y aplicar una tasa aduanera sobre el petróleo con destino a Minsk.
El fin de las tarifas preferenciales de los hidrocarburos rusos representa un cataclismo para la economía de Belarús. Comprado a un precio cuatro veces inferior al que paga la UE, el gas era facturado dos veces más a los consumidores belarusos. Lo mismo sucedía con el petróleo, refinado y vendido dos o tres veces más caro a los países vecinos.
Las ganancias representaban entre 1700 y 3000 millones de dólares anuales que Minsk debía compartir con Moscú. Pero hace tiempo que Belarús olvidó ese compromiso y destinó la mayor parte de esos recursos a financiar el régimen dictatorial que dirige Alexander Lukashenko.
Detrás de ese forcejeo en torno de las tarifas, el Kremlin tenía un objetivo prioritario, que terminó por lograr: forzar a Minsk a venderle el 50% de Beltranzgaz, el gasoducto belaruso por el cual circula el 25% del gas destinado a Europa.
Una estrategia común
Fuera de sí y a fin de recuperar algo del dinero perdido, Lukashenko impuso a Moscú, el 3 de enero, un impuesto de 45 dólares por tonelada de crudo que circula por su país. Ante la indiferencia rusa, tres días después anunció que había decidido apoderarse del petróleo en tránsito para cobrarse las tasas impagas.
Anteayer, el Kremlin cortó el suministro y aseguró que no cederá hasta que Minsk haya derogado la nueva tasa. Ante las acusaciones europeas, Moscú afirma que siempre respetó los contratos firmados con Occidente. Es verdad, incluso en la época de la Unión Soviética y de la Guerra Fría.
Sin embargo, desde 2005, no han faltado advertencias, aun cuando no hayan estado directamente dirigidas hacia la UE. Cuando decidió castigar a Ucrania el año pasado y ahora a Belarús, Putin no podía ignorar que los principales damnificados serían los países europeos.
Desde esa óptica, para los europeos es más necesario que nunca establecer una política energética común y, sobre todo, una estrategia concertada frente a Moscú.
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