Chávez o la mecánica de la peonza
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
El sarao se atrasó por culpa de Hugo Chávez. Los jefes de Estado y séquitos que habían viajado a Managua para la toma de posesión de Daniel Ortega tuvieron que soportar una hora de espera antes de que llegara la nueva diva del populismo caribeño. Y Chávez, que se ha aprendido las entrées de Castro con el entusiasmo de los groupies que siguen a Barbra Streissand, se hizo de rogar, dándose la importancia de las reinas de carnaval. Tenía derecho a hacerlo, pues de su bolsillo salieron los dineros para la campaña y el ágape posterior de su amigo Ortega.
Chávez o la mecánica de la peonza
GINA MONTANER
El sarao se atrasó por culpa de Hugo Chávez. Los jefes de Estado y séquitos que habían viajado a Managua para la toma de posesión de Daniel Ortega tuvieron que soportar una hora de espera antes de que llegara la nueva diva del populismo caribeño. Y Chávez, que se ha aprendido las entrées de Castro con el entusiasmo de los groupies que siguen a Barbra Streissand, se hizo de rogar, dándose la importancia de las reinas de carnaval. Tenía derecho a hacerlo, pues de su bolsillo salieron los dineros para la campaña y el ágape posterior de su amigo Ortega.
No podemos olvidar que Chávez es derrochador con el erario público de Venezuela. Lo mismo lo emplea para subvencionar a aliados como Cuba y Bolivia, que para ”comprar” a los militares y otros poderes fácticos de su país. Como por ahora los venezolanos viven la vida loca de la bonanza petrolera (que es su gallina de los huevos de oro), el clamor popular contra la irresponsabilidad económica del presidente reelecto permanece dormido. Ajeno a la pantomima cantinflesco-bolivariana.
Siempre que veo a Chávez en una tribuna y con un micrófono, algo que cada vez es más frecuente, siento que me va a salir una feroz urticaria. En esta última ocasión el militar golpista habló casi tres horas con motivo de su juramentación al cargo. Como era su fiesta particular, el buen hombre no se inhibió ni un poco. Sino que una vez más habló hasta por los codos. Enfermo de una suerte de disentería verbal que no tiene ni pies ni cabeza. La boca de Chávez es una regadera infinita de palabras inconexas que se hilvanan unas con otras. De sus labios escapan los conceptos más disparatados y en la riada uno sólo alcanza a comprender ”Bolívar”, ”patria”, ”muerte”, ”socialismo del siglo XXI”, ”Cristo” y poco más. Después de lo que parece una eternidad todo me da vueltas. La perorata me produce vértigo.
A Jaime Bayly, que es incisivo como el rayo que no cesa, le gusta mucho poner vídeos de Hugo Chávez en su programa, a modo de graciosos bloopers para deleite de un público que se desternilla frente a las barrabasadas que suelta. Se trata de la manera más económica de tener un sketch cómico sin pagarle a la troupe de Saturday Night Live. El líder bolivariano abre la boca y las risas salen de la lata. Si no fuera porque a veces a uno se le tuerce el gesto ante la evidente peligrosidad del payaso en cuestión.
Los días antes de la toma de posesión de Chávez los periódicos y los comentaristas políticos hablaban sobre la sorpresa que había causado la radicalización de su programa político en tan poco tiempo. Volví a temer que me saliera el antiestético sarpullido. Para ser justos, Hugo Chávez siempre ha sido transparente en cuanto a sus intenciones políticas. El tipo es más simple que una peonza. A diferencia de su admirado y agonizante Castro, nunca les ha mentido a los venezolanos. Salvando las distancias, que son abismales en cuanto a la dimensión del mal, es como decir que Hitler engañó a los alemanes. Años antes había escrito en Mein Kampf su propuesta para la ”solución final”. Otra cosa es caer en el error de subestimar al mesías de turno.
Un amplio sector de la sociedad respalda las ideas huecas y grandilocuentes de Chávez y votó por él. Un hecho que todo demócrata ha de respetar con infinita melancolía. El mandatario venezolano, que cuenta con el botín de los petrodólares, se comporta como un padrino de la mafia, repartiendo por doquier billetes, favores y prebendas. A cambio, sus amigos coyunturales tienen que aguantar sus parrafadas de ególatra provinciano. Y si le llevan la contraria, como el actual secretario de la OEA, cuyo puesto se lo debe, en gran parte, al lobby que por él hizo Chávez, se arriesgan a ser humillados por el Don del clan. Más o menos en eso consiste el socialismo del siglo XXI del que tanto habla en Aló Presidente.
Uno observa con cierto estupor lo que se avecina en Venezuela. Que se cumpla el destino que se trazaron en las urnas. Que se complete el ciclo de su karma socio-político. Por lo pronto, lo que me aflige es el eczema que me provoca la jerigonza de Chávez. Un Tony Soprano de andar por casa. Y sin siquiatra que lo medique.
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