Las bondades de la migración
Por Daniel Córdova
El Comercio
“La migración le quita presión a nuestro mercado de trabajo y reduce el desempleo y la informalidad”
El informe del Ministerio de Relaciones Exteriores que reseñara El Comercio días atrás muestra una evidencia que intuíamos: el número de peruanos que emigran hacia el exterior sigue aumentando, a pesar de que la economía va mejorando. El efecto de la globalización (mayor acceso a la información, velocidad de la comunicación electrónica, reducción del costo del transporte, posibilidad de transferir dinero rápido, etc.) se manifiesta de manera casi exponencial en los flujos migratorios. Más de tres millones de peruanos viven en el extranjero, de los cuales más de la mitad se fue durante los últimos 15 años.
La reacción tradicional ante esta estadística es de preocupación. Se dice que hay fuga de talentos. Que es el resultado de nuestro subdesarrollo. Que van a hacer trabajos que los locales no quieren hacer. Por lo general, se habla, pues, de la emigración con cierto prejuicio negativo. Algo así como “yo me quedo en el Perú y el que se va es porque no le queda otra o porque no quiere tanto al país”.
Un análisis desapasionado, sin embargo, nos puede llevar a entender la emigración como un fenómeno positivo, desde diversos puntos de vista.
En primer lugar, porque por lo general la emigración es un acto de libertad individual que, como toda decisión soberana, debe festejarse. No festejar la posibilidad de que se lleve a cabo una aspiración personal de tanta trascendencia es como no condenar a los estados totalitarios que reprimen dichas iniciativas, como son los de Cuba y Corea del Norte.
En segundo término, la migración es positiva porque quienes se instalan en países de mayor desarrollo, incluso como ilegales, logran una calidad de vida muy superior a la que tienen antes que irse y a la que tendrían de quedarse en el país.
En tercer lugar, festejamos la migración porque debido a dicha mejora económica, la mayoría de migrantes (el 62% según el estudio) envía importantes cantidades de dinero a sus familias en el Perú, con lo cual a su mejora económica personal debemos sumarle la mejora económica de sus familias en nuestro país. Y no estamos hablando de una cifra marginal. Estamos hablando, según últimas estimaciones, de más de US$3.000 millones anuales (el equivalente a casi el 15% de nuestras exportaciones).
En cuarto lugar, porque la migración le quita presión a nuestro mercado de trabajo, reduciéndose gracias a ella el desempleo y la informalidad. Además, al crecer la economía y haber relativamente menos oferta de mano de obra, los salarios tienden a subir y con ello la calidad de vida de los que se quedan.
En quinto lugar, como me lo señalaba un laureado escritor en una conferencia en Madrid meses atrás, al conocer el mundo occidental desarrollado, el migrante cuenta con información sobre el capitalismo y la democracia, como para saber que las intentonas socialistas latinoamericanas solo generan más pobreza y frustración, y menos libertad para salir adelante. El migrante recibe auténticas lecciones de modernidad en la vida cotidiana. Aprende a respetar las luces rojas, los derechos de propiedad, la empresa privada. En suma, se vuelve más sensato. De ahí que la mayoría de migrantes peruanos votara en las últimas elecciones por Lourdes Flores, primero, y por Alan García después. No se les puede vender populismo, menos nacionalismo. Son ciudadanos del mundo.
Por último, es de destacar que los emigrantes no solo no dejan de querer a su país, sino que lo suelen querer más que el que se queda. Cocina peruano, añora al Perú, habla bien del país (o por lo menos mejor que el que se queda). Salvo excepciones, el peruano que emigra suele dejar en alto el nombre del Perú. Enhorabuena.
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