Los rumanos no llegan
Por Miguel Molina
BBC Mundo
Bucarest – Como los rumanos no llegaban al Reino Unido vine a Rumania a ver qué pasa.
Según los tabloides londinenses, cuando Rumania se convirtiera en socio de la Unión Europea llegarían hordas de rumanos que les robarían el trabajo a los británicos, abusarían del sistema de seguridad social y cometerían trácalas sin cuento.
Los rumanos no aparecieron por ningún lado. Lo mismo habían dicho cuando Polonia entró a la Unión Europea en 2004 con la República Checa, Chipre, Estonia, Hungría, Lituania, Letonia, Malta, Eslovaquia y Eslovenia.
Pero tampoco entonces pasó nada. Las masas de extranjeros no llegaron.
El único plomero polaco que conozco salió de su país hace cuarenta y tantos años y no ha vuelto ni siquiera de visita. Los plomeros británicos siguen llegando tarde y cobrando carísimo.
Oana Longescu, corresponsal en jefe de la BBC para Asuntos Europeos, vio desde un balcón del hotel Intercontinental, reservado para extranjeros en tiempos de Nicolae Ceausescu, a los miles que se congregaron para recibir a la vez el año nuevo y la Unión Europea.
Después bajó a buscar entre la multitud que se reunió en la plaza de la Universidad, centro histórico del levantamiento que cambió la historia del país en junio de 1990. Le habían pedido que hablara con rumanos que pensaran irse a vivir y trabajar en el Reino Unido.
Habló con rumanos que planeaban irse a España o a Italia, pero muy pocos habían pensado viajar al Reino Unido.
La cultura del miedo
La tierra tembló cuando llegué a Bucarest. Fue un sismo menor que apenas sacudió las cosas y las casas pero no alteró el caos vial que recibe a los viajeros propios y extraños.
En el radio había música de Gloria Estefan y de Thalía, y la tarde era fresca y la luz era intensa. También era intenso el escándalo que marca la relación entre el Presidente Traian Basescu y el Primer Ministro Calin Popescu Tariceanu.
A salvo de todo, en el decimosexto piso de un hotel que en otro tiempo estuvo reservado para extranjeros, es decir espías, diplomáticos, hombres de negocios y periodistas, terminé de leer un ensayo sobre las culturas del miedo, de la humillación y de la esperanza.
Su autor, Dominique Moïsi, es un avezado analista del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, y en el más reciente número de la revista Foreign Affairs publica algunas reflexiones sobre estos tres sentimientos.
Europa, dice Moïsi, tiene miedo de los extranjeros pobres que vienen del sur, de la invasión cultural y religiosa, de la explosión demográfica y las consecuencias de la globalización, que podrían convertir al viejo mundo en un museo.
En realidad se trata del temor general de perder control del territorio, la seguridad y la identidad, o si uno quiere ponerlo de forma más dramática, del propio destino, según Moïsi.
El pensador francés ejemplifica sus ideas sobre las culturas de la humillación y de la esperanza con los casos del enfrentamiento entre Occidente y el mundo árabe, y sobre todo musulmán, y del surgimiento de China, India y otras naciones en vías de desarrollo.
Pero se asoma uno al balcón y siente la mordida del aire y mira abajo una ciudad que podría ser de nuestra América.
Y uno piensa que Moïsi tiene razón cuando advierte que el temor, la humillación y la esperanza son estados del ser que algunas partes de América Latina experimentan al mismo tiempo.
Y uno baja, sale a la calle, compra el periódico y se entera de que la fracción opositora Social Demócrata del Parlamento rumano pide la destitución del Presidente y del Primer Ministro.
Mientras, en Londres, los tabloides aguardan la llegada de unas hordas que nunca llegarán.
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