América latina sigue sin comprender a China
Por Ramón Pedrosa y Alfredo Romann
La Nación
HONG KONG – La política latinoamericana está tan infectada de virus de las ideologías vacías que la mayoría de los gobiernos del continente son incapaces de leer las señales que les manda China.
Desde la Argentina hasta México, da la impresión de que lo único que importa son los grandes gestos y los proyectos inconclusos.
Es cierto que los países latinoamericanos han comenzado a trepar fuera del hoyo de la deuda y las crisis financieras, pero las grandes inversiones no acaban de consolidarse. Mientras una buena parte de las sociedades de la región continúan empobrecidas, las grandes potencias de América del Norte y Europa han optado por llevarse su dinero a otras partes del mundo.
Al menos ésa era la historia hasta que llegó China.
Fuentes oficiales chinas repiten constantemente que casi la mitad del total de sus inversiones en el nivel mundial van a parar a América. Y es por algo.
El país asiático, la cuarta economía del mundo, está desplegando una importante “diplomacia de los recursos” para ganar corazones y mentes en esta región. En los últimos seis años, por ejemplo, el presidente chino, Hu Jintao, ha pasado más tiempo en suelo latinoamericano que George W. Bush.
Su principal interés en la zona es económico y comercial. Necesita de recursos naturales para consolidar su desarrollo como gran potencia y en América latina, una región repleta de materias primas, y ha encontrado un contexto en el que es fácil negociar y un gran mercado para sus exportaciones.
A finales de 2005, China empezó a demostrar que América latina es una parte importante de su estrategia a largo plazo. El país asiático completó su primer Acuerdo de Libre Comercio con Chile y llegó a un acuerdo con la compañía estatal chilena Codelco -la principal productora de cobre del mundo- para comprar la mayor parte de su producción anual. En Brasil, ha invertido enormes cantidades con la esperanza de intercambiarlas por hierro. Y en la Argentina, los agricultores han cubierto sus campos con soja destinada al consumo chino, mientras algunos hombres de negocios del país oriental susurran al oído de Buenos Aires que podrían financiar nuevas infraestructuras.
Mientras tanto, México sigue viendo a China como la Gran Amenaza; así, con mayúsculas. Y quizá no es para menos, ya que Pekín lo ha sobrepasado en el comercio con Estados Unidos, aprovechando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte mejor que los propios empresarios mexicanos.
Pero si el interés económico chino en la región es enorme, políticamente Pekín se quiere distanciar. Los días de la dialéctica comunista ya pasaron. Hoy, el único objetivo relevante de China en la zona es aislar a Taiwan. La mayoría de las naciones en el mundo que todavía reconocen a Taipei como el representante legítimo de China están en América latina, y eso está afectando a la zona. Los miembros del Mercosur, por ejemplo, tienen claro que mientras Paraguay siga reconociendo a Taiwan, China no firmará un tratado de libre comercio con ellos.
Pero los líderes latinoamericanos parecen no entender. Por lo contrario, un ejemplo más de la permanente confusión creada por el “realismo mágico” de las políticas de la región impide aprovecharse de lo que China ofrece.
México, empezando por su sector textil, ve las posibles pérdidas con mucha más nitidez que las posibles ganancias. Y en la Argentina, el gobierno de Néstor Kirchner sigue pensando que el principal objetivo de sus relaciones con China es conseguir el apoyo de Pekín para recuperar las Malvinas. Pero, seguro, el caso de confusión más flagrante es del mandatario venezolano Hugo Chávez.
Chávez está convencido de que China se piensa unir a su Revolución Bolivariana en contra de los Estados Unidos. Cada vez que viaja allí, grita a los cuatro vientos que el momento más importante del siglo pasado fue la Revolución China y espera que China sea su principal comprador de petróleo, sin pararse a pensar que el petróleo venezolano es más difícil de procesar que el petróleo de Asia o Africa, y está más lejos.
Lo que ningún líder de la zona parece entender es que China ha venido a América latina con un plan racional de negocios, estrictamente separados de sus intereses políticos. Sus actuales niveles de comercio con Washington son fruto de treinta años de esfuerzos y no tiene ningún interés en echarlos por la borda para satisfacer los deseos políticos de ningún presidente populista. China no va, ni por un minuto, a arriesgar su relación con Estados Unidos o con Europa para satisfacer a Venezuela, a México o a la Argentina. No le conviene.
Pero sí esta dispuesta a invertir.
Empresas chinas continúan haciendo dinero gracias a América latina, aunque los empresarios latinoamericanos apenas aprovechan las oportunidades que les ofrece Asia. Pero hay que tener en cuenta algo: el impulso chino no durará para siempre. Las intenciones de China en América latina son oportunistas y están atadas a recursos que algún día se acabarán o dejaran de interesarle.
Si los caudillos latinoamericanos no modifican sus políticas, dejan de mirar al Norte, abandonan los gestos grandilocuentes y reformulan su manera de comprender el mundo, perderán esta gran oportunidad, como hace dos décadas perdieron la de Japón.
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