El amor ingrávido
Por Gina Montaner
El NUevo Herald
Está claro que el amor puede desatar las más bajas pasiones. Si no, que se lo pregunten a la astronauta Lisa Nowak. Presa de un incontenible ataque de celos, ni corta ni perezosa se dispuso a viajar en coche desde Houston hasta Orlando para enfrentarse a su rival. Un guión digno de una telenovela.
Resulta que en una de las misiones del Discovery, Nowak se enamoró del piloto William Oefelein. Pero, como en los mejores culebrones, el romance iba acompañado de un triángulo amoroso. A pesar de ser una señora casada, la astronauta se disputaba las atenciones de este caballero con otra empleada de la NASA. La señorita Colleen Shipman. Y como esta historia se desarrolla en la América profunda de una serie tipo Dallas y no en la tolerante Francia del ménage à trois a lo Jules et Jim, la despechada tripulante llegó a la capital de Disneyworld con la intención de secuestrar a su archienemiga y, de paso, mandarla de nuevo a la estratosfera, sólo que sin billete de regreso.
Las autoridades arrestaron a Nowak antes de que ésta lanzara fuera de órbita a Shipman. De ella circuló una de esas horribles fotos que la policía divulga y en las que uno siempre tiene cara de asesino en serie. A diferencia de la fotografía oficial con la misión del Discovery, en la que aparecía peinada y con cara de ángel, ahora tenía aspecto de enajenada y con los pelos de punta. No me extraña. Antes de comenzar su largo viaje por carretera, la señora Nowak se puso un pañal para no perder tiempo haciendo sus necesidades en baños públicos. Tal era su prisa por vengarse de Colleen Shipman. De hecho, éste fue el detalle más insólito que se ha sabido de este amour fou. Pero claro, lo que al resto de los mortales le puede parecer una extravagancia más bien indigna, a ella le resultaba absolutamente normal. Dentro de la nave los astronautas se habitúan a vivir en pañales y a comer de tubos similares a los que contienen la pasta de dientes.
Lisa Nowak había adoptado sus costumbres siderales en la tierra. Además de los prácticos pañales, a lo mejor también se alimentó durante el periplo con tubos de diferentes sabores y colores para no tener que detenerse en un McDonald’s o un Kentucky Fried Chicken. Algo que siempre es de agradecer. Y si no fue en cohete hasta Orlando es porque habría llamado demasiado la atención. Aunque, bien visto, pudo haber esgrimido como coartada que era una extra de Epcot Center o del mismísimo Reino Mágico.
El día que supimos del infortunio de Lisa Nowak, muchos se preguntaron cómo alguien tan inteligente como una astronauta pudo ser víctima de instintos tan terrenales. Porque ya se sabe que para trabajar en la NASA tienes que ser un genio de las matemáticas y la física y ser capaz de resolver el cubo Rubik como quien juega al parchís. O sea, lo de tirarse a las greñas de otra se espera de una oficinista, una cartera o una periodista. Pero la idea de una astronauta arrebatada por amor descolocó el nudo gordiano de la trama.
En realidad lo único verdaderamente original de este enredo amoroso es que todos pertenecían a la elite de la NASA. De lo contrario, se habría tratado de otro vulgar suceso de celos y adulterio. Hasta ahora imaginábamos la vida en el espacio con fondo de música clásica mientras los tripulantes flotaban y colocaban banderas en planetas impávidos. A partir de ahora será inevitable preguntarnos cómo se acoplan dos cuerpos en el vacío de la nada. La astronauta Nowak conoció el amor ingrávido y ya no supo bajarse de la luna.
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