Violencia e identidad colombiana
Por Eduardo Zimmermann
La Nación
“La gente empezaba a despertar y a comprender que el principio de la responsabilidad colectiva es un malabarismo inmoral, porque siempre se puede diferenciar claramente entre los que son culpables y los que sólo están presentes cuando los culpables cometen los crímenes, y están presentes porque no pueden hacer otra cosa.” En párrafos que tienen una particular resonancia para quien siga de cerca los debates sobre los derechos humanos en América latina, las memorias de Sándor Marai ( ¡Tierra, Tierra! , Barcelona, Salamandra, 2006) nos trasladan a un Budapest ocupado primero por los nazis y luego por el Ejército Rojo, en el que resultaba inevitable hacerse esas incómodas preguntas: ¿cuál es y a qué grado llega la responsabilidad individual si el Estado comete actos ilegales e inmorales? ¿La ausencia de resistencia activa ante el crimen nos convierte en cómplices a todos o esa imputación es efectivamente un malabarismo inmoral?
Existe en el discurso público otra forma recurrente de extensión de responsabilidad colectiva que resulta insatisfactoria como modelo explicativo: las generalizaciones sobre las identidades culturales de nuestros países. “¿Qué nos pasa a los argentinos?” se ha convertido en una especie de cliché que, a estas alturas, es usado como muletilla irónica para señalar lo repetido y estéril de esos intentos de explicaciones agregadas basadas en ciertos rasgos culturales compartidos por los argentinos.
Una insatisfacción parecida es la que impulsa al historiador colombiano Eduardo Posada Carbó a encarar, en su valiente ensayo La nación soñada. Violencia, liberalismo y democracia en Colombia (Bogotá, Norma, 2006) preguntas igualmente inquietantes: “¿Cuándo van ustedes a dejar de matar a nuestros jóvenes con sus drogas?”, interpela una elegante señora norteamericana al autor, al enterarse de su nacionalidad. Este es el punto de arranque para una larga reflexión sobre los orígenes de esa construcción de una imagen de país asesino, construcción que es, en gran medida, obra de una larga acumulación de narraciones e interpretaciones académicas, literarias y periodísticas producidas en la misma Colombia. La violencia constituida en un rasgo de la identidad nacional es no sólo una burda simplificación de la opinión pública europea o norteamericana, sino también una imagen que buena parte de la misma opinión pública colombiana parece sostener. Por distintos caminos se llega a esa conclusión pesimista según la cual, en palabras de uno de los autores citados, en Colombia sólo los imbéciles y los ingenuos “aún hablan de civilización y democracia”.
Lo que realiza Posada Carbó en el resto de su libro es precisamente un rescate de la posibilidad de hablar en Colombia de civilización y democracia. No hay aquí una inocente negación de la dramática realidad de la violencia enmarcada por el narcotráfico, las guerrillas y los paramilitares. Sí, en cambio, la muy sana intención de recordar que la historia colombiana es también -y para muchos, dentro de Colombia y fuera de ella, también es sobre todo- una historia de cultura cívica fuerte y perdurable, en la que las preocupaciones por el establecimiento de un orden liberal democrático no son simplemente anécdotas menores, sino muy legítimos fundamentos para una visión alternativa de la identidad nacional colombiana.
En capítulos siguientes, Posada Carbó ilustra esa tradición política liberal y democrática, fundada en una histórica antipatía por el caudillaje que se encarnó institucionalmente en distintos momentos en el establecimiento de límites claros al ejercicio del poder y en una prolongada tradición del sufragio y de elecciones regulares, que fueron pilares de la “nación soñada”.
En un capítulo final con mucho de recuerdo autobiográfico, Posada Carbó rastrea las transformaciones en el clima intelectual e ideológico colombiano de las últimas décadas que fue gradualmente socavando la fortaleza de esas tradiciones. Se plantea en esas líneas una fuerte recusación a buena parte de la intelectualidad colombiana, que es vista como responsable por el progresivo debilitamiento de esos valores.
Prudentemente, el libro no postula en sus conclusiones una “identidad cultural” colombiana, no es ése el propósito del ejercicio. Nos recuerda, más bien, la necesidad de evitar estereotipos culturales como atajo explicativo de procesos históricos sumamente complejos. En esto, el ensayo de Eduardo Posada es a la vez un aliciente para desbrozar procesos parecidos en nuestros países, y un oportuno recordatorio de todo lo que Colombia ha significado para la historia latinoamericana y de lo mucho que tiene todavía para ofrecer a la región.
El autor es rector de la Universidad de San Andrés.
- 23 de junio, 2013
- 21 de abril, 2021
- 20 de enero, 2026
- 15 de marzo, 2020
Artículo de blog relacionados
- 18 de agosto, 2008
The Beacon Ciento cincuenta intelectuales conocidos del mundo de habla inglesa, la mayoría...
21 de julio, 2020- 11 de junio, 2022
La Opinión, Los Angeles Guatemala.- Cerca de 50.000 guatemaltecos viajan cada año a...
17 de abril, 2010














