En los casinos poscomunistas
Por Valentí Puig
ABC, Madrid
Hay quien gimotea por las esquinas escribiendo que el capitalismo va a acabar con el planeta Tierra. Desde luego, a punto estuvo nuestro planeta de perecer por el comunismo. Ahora el colectivismo totalitarista se reorganiza como capitalismo selvático sin Estado de Derecho, de China a Vietnam. Esta semana se cumplen los diez años de la muerte de Deng Xiao Ping, transformador del comunismo asiático no se sabe hacia dónde, pero desde luego no hacia más comunismo.
De ser ciertas todas las hipótesis sobre el cambio climático, atribúyase más responsabilidad por las emisiones a Pekín que a Washington. Incluso en Camboya, que fue campo de exterminio, emergen formas rudimentarias de capitalismo, y en la zona fronteriza que durante tiempo se mantuvo como refugio impune de los jemeres rojos abundan los casinos para solaz del jugador tailandés, según cuentan los viajeros. Tutelan el juego y la corrupción los jemeres rojos que pasaron de ser ángeles del exterminio -dos millones de muertos entre 1975 y 1978- a policías y militares de la nueva Camboya. Donde debía aparecer el fulgor de un paraíso de igualdad y justicia -la última utopía rural- hoy giran las ruletas de un Las Vegas más o menos postcomunista.
El juicio a los jemeres rojos de Pol Pot le va costar a las Naciones Unidas casi sesenta millones de dólares. De poco va a servir porque llega tarde, cuando aquella elite sanguinaria que sembró de cadáveres los campos de la muerte ahora manda en Camboya bajo mano. Incluso el primer ministro es un antiguo jemer rojo que también estuvo en la lucha anti-jemer. Pol Pot murió con cierto misterio. La metamorfosis del bárbaro jemer rojo convertido en “croupier” dejará insatisfechos a quienes todavía creen que el comunismo era una gran idea que nunca se llevó bien a la práctica. A diferencia, el capitalismo siempre ha reconocido su imperfección y finitud, pero lo cierto es que evoluciona con el tiempo, genera prosperidad y creatividad tecnológica, se adapta a las instituciones más perfectibles y no coarta la libertad de los individuos. Desde los tiempos de Deng Xiao Ping, trescientos millones de chinos han salido de la pobreza. En toda Asía son quinientos millones. Incluso Raúl Castro parece preferir ese modelo a la autarquía despótica que impuso su hermano para mayor pobreza y sometimiento de los cubanos.
En el mundo del capitalismo democrático vivimos generalmente mejor de lo que vivían nuestros abuelos, aunque esa mejora sólo se refiriese a aspectos de bienestar material y diéramos por hecho que aquel pasado fue superior en términos de sosiego idílico. Con toda su basura y exceso, el capitalismo algo ha tenido que ver en que de un mundo de quinientos millones de habitantes, atacado por plagas y mortandad post-parto, hayamos ido pasando a otro mundo con 6.000 millones de personas, de los que más de 3.300 viven por encima del umbral de la pobreza, un mundo en que cada vez hay menos hambre y menos pobreza.
El otro día, una concursante de televisión daba por hecho que el PP es un partido muchísimo más antiguo que el PSOE. A lo mejor lo dicen los manuales de la LOGSE. Pero aun así, los nefastos gobiernos del centro-derecha español reformaron el capitalismo y aportaron una etapa de prosperidad como muy pocas en nuestra historia y de forma tan consistente que incluso Zapatero cree ahora que la reducción del paro y el crecimiento ininterrumpido son obra suya. Se hicieron funcionar los mercados con mayor eficiencia, comenzó un ciclo expansivo. Había estabilidad presupuestaria, reducción de impuestos y entrada en el euro. Hasta en Camboya lo saben.
Existe un fundamentalismo postcomunista que preferiría un mundo pobre e igualitario a un mundo con “croupiers”. No se quiere aceptar que la alternativa a las sociedades abiertas con economía de mercado no es hoy otra que un mundo iliberal de regímenes autoritarios y corruptos. De un mundo en el que las huestes de Pol Pot abolieron el dinero y la propiedad privada surge ese capitalismo rudimentario y sin ley. Tras el silencio del genocidio, la reeducación totalitaria: ahora, toda la economía privada camboyana se vuelca en la psicología vertiginosa del negocio. Hagan juego, señores.
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