El fracaso venezolano
Por Víctor Maldonado C.
Correo del Caroní
No es la primera vez que un gobierno persigue afanosamente la utopía de la igualdad. Desde que los filósofos de la ilustración francesa del siglo XIX la pusieron de moda, más de un régimen ha intentado construir una sociedad en donde todos disfruten en la práctica de los mismos derechos y los mismos beneficios, en los mismos montos, y con los mismos resultados.
No obstante, como todas las utopías, también la igualdad social se encuentra ante el difícil desafío de la realidad y sus circunstancias. Porque ni el Estado más poderoso puede resolver el que la vida de todos y cada uno de nosotros vaya transcurriendo por los inéditos meandros de nuestras propias circunstancias; eso es lo que nos hace diferentes del resto, nos proporciona nuestras propias peculiaridades y nos hace invocar a la diosa de la fortuna o a la divina providencia como la explicación de lo que al fin resultamos ser. Tal vez por eso el más conspicuo pensador del siglo XVIII, Jean Jacob Rousseau, terminó conformándose con plantear que todos debíamos ser iguales ante la ley, y que el soberano moderno no debía ser otro que el imperio de las leyes, entendido como la determinación de todos los ciudadanos convertida en voluntad general.
Al respecto, George Orwell advirtió que toda sociedad, incluso las de buena voluntad o aquellas que exhiban las intenciones más altruistas, pueden verse sometidas por la tiranía de los administradores de la igualdad. Tal y como hizo decir a los cerdos de su libro “La Rebelión en la Granja”, “aquí todos somos iguales, pero hay unos animales que son más iguales que otros”. Y esos eran precisamente los que gobernaban al resto, y que por lo tanto se sentían con el derecho de disfrutar de una porción adicional, dentro del reparto inicialmente equitativo.
No me quiero referir en este artículo al bochornoso presupuesto de alimentos, bebidas, calzados y lavandería que está a disposición de nuestro flamante presidente. Tampoco a la súbita riqueza que actualmente exhiben muchos de los que ahora están en el gobierno. Ojalá nuestros problemas con la igualdad terminasen en las apetencias de buena vida y el aburguesamiento del grupo que está en el poder. Más bien quiero enfocarme en las causas originarias del fracaso de todas las experiencias socialistas y que tienen que ver con una incoherencia originaria entre el discurso y la práctica; entre lo que se quiere imponer a la sociedad y lo que en privado se practica; y los costos que necesariamente tienen que pagar los gobernantes por ello: el aislamiento, la soledad y el costoso pago de la protección para garantizar la privacidad de los jerarcas del régimen, que poco a poco se va convirtiendo en la principal ocupación del gobierno.
Por esas razones es que todos los regímenes socialistas tienen que cabalgar sobre la cuadriga infernal de la corrupción, la inflación, la escasez y el autoritarismo. Este es el coche maléfico sobre el que está montado este gobierno, y que lo hace recorrer el difícil camino de las contradicciones entre lo que dice ser y sus resultados.
Este gobierno que se dice poderoso y apoyado por una fuerza militar impresionante, no puede ni resguardar las fronteras, ni vencer a la delincuencia organizada del secuestro y la extorsión. Pero tampoco garantizar la tranquilidad ciudadana. Este régimen que ha concentrado en el presidente todas las atribuciones del resto de los poderes públicos, no puede contra la inflación y el alto costo de la vida, ni con el desempleo, ni con la desconfianza social y la desinversión. Esta administración tan poderosa se tiene que conformar con ser un actor pasivo, que tiene que dar el oro y el moro para recibir a cambio algo de solidaridad en el plano internacional. En suma, un gobierno tan frágil, tan inconstante y tan inseguro, no puede administrar ninguna otra cosa que oprobio, inequidad y actos de fuerza.
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