San Petersburgo
Por Ramón Guerra B.
Correo del Caroní
Cuando el actual gobierno iniciaba su cruzada cambiando nombres a instituciones del Estado llegando incluso a cambiar el nombre de la república, escribí un artículo criticando lo innecesario de esos cambios. De nada sirvió que al Congreso Nacional lo llamen ahora Asamblea Nacional, si ha llegado a la situación tan lastimosa de ceder su función legislativa, su razón de ser, a los caprichos autocráticos del Presidente. Señalaba entonces que eran cambios gatopardianos, cambiar todo para que todo siga igual, no sólo igual, peor.
Es típico de regímenes mesiánicos, como el actual, creídos la encarnación de los salvadores de los pueblos, cambiar nombres y poner los suyos a plazas públicas, calles y avenidas, a los países mismos, urbanizaciones y ciudades. Así ocurrió con el nombre de la capital rusa, San Petersburgo, luego de la revolución bolchevique de 1917.
San Petersburgo fue fundada por el zar Pedro el Grande en 1703 en honor a su santo patrono, San Pedro. En 1712 la convierte en la capital de Rusia, sustituyendo a Moscú, donde se asentará el poder de los zares y servirá de escenario a la revolución de 1905 y a la de octubre de 1917 con el ascenso al poder de los bolcheviques y la defenestración de la autocracia zarista.
A partir de 1915 la ciudad comenzó a llamarse Petrogrado (ciudad de Pedro), y en 1918 pierde su condición de capital, retomada por Moscú. En 1924, los nuevos jerarcas del poder, a raíz de la muerte de su gran líder, Lenin, honran la memoria de éste llamando a Petrogrado, Leningrado. Pero en el corazón de sus habitantes, durante generaciones, no dejó de latir el nombre de San Petersburgo. La ciudad hermosa, cruzada de canales, protagonista de acontecimientos que cambiaron la historia.
A raíz del desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989, tras el estruendoso fracaso del régimen totalitario y policial instaurado a partir de 1917, el nombre fundacional de la ciudad, comienza a emerger. Limpiadas las heridas del terror rojo, lavada la sangre y sacudido el polvo, en 1991 una abrumadora mayoría, luego de un plebiscito, vuelve a llamar a la ciudad, San Petersburgo. Rehabilitar el nombre no fue una imposición, pasó por una consulta sincera y la cristalización del llamado interior de sus habitantes. La espera tardó 67 años y el tiempo no logró el olvido de un nombre.
El Gobierno nacional no ha cesado en su cruzada. El gobernador de Anzoátegui cambia nombres a diestra y siniestra. Su santuario revolucionario va cubriendo la geografía del estado. Los anzoatiguenses ni siquiera conocen a los nuevos héroes cuyos nombres estrenan avenidas, plazas, centros de salud, etc. En Guarenas, el gobernador mirandino, a la cañona, le cambió el nombre a una emblemática urbanización, “Menca de Leoni”, en su lugar le colocó “27 de Febrero”. El mandatario, de discursos muy pobres, justificaba su barbaridad profanando la memoria de una mujer ejemplar. De todas maneras, los vecinos dejaron oír sus voces ante el atropello. Las palabras seguro resuenan en los tímpanos del tenientito, ¡Menca para siempre!
Guardo respeto por la devoción del pueblo venezolano hacia la figura de Simón Bolívar. Lo que no comparto es el culto enfermizo y la nomenclatura impuesta. Más allá de esta época oscura que vivimos, así como volvió a resplandecer el nombre de San Petersburgo, aguardo el momento de escribir, igual que antes, República de Venezuela, sin irrespetar la memoria de nadie.
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