Fanáticos
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Nadie los oiría si no contaran con mentores eficaces, Castro, por ejemplo.
La mejor definición de ese fenómeno humano la he leído en la obra “El Totalitarismo”, de Hanna Arendt: fanático es aquel que se muestra impermeable a los razonamientos y a los hechos.
Del asalto que hicieron de las universidades estatales los marxistas-leninistas de la década de los 60 nos han quedado rezagados ciertos fanáticos. No afirmo que sean malas personas o indoctas; después de todo, ellos siempre se han situado gustosos al margen de los dictámenes de la moral “burguesa”. Digo que son del todo anacrónicos. No han entrado en el siglo XXI; más bien parecen no haberse enterado de que el muro de Berlín se desboronó y la Unión Soviética se disolvió.
No entienden —porque no quieren— el mercado libre, y todavía se creen capaces de organizar cualquier orden espontáneo en la sociedad, y de poder administrarlo a su antojo, desde un centro bajo su control, se trate del Derecho, de la cultura, del lenguaje y, por supuesto, de la economía.
Me lo trajo a la mente el programa televisivo “Libre Encuentro” de hace tres semanas, en el que el tema a discutir fue la tan llevada y traída CICIG. El ponente a favor, Frank La Rue, actuó como el clásico fanático. No pongo en duda su inteligencia, ni cierta cortesía suya en general, sólo sostengo que es un fanático desfasado.
Su argumento toral era que la CICIG no es más que una de tantas asesorías que proveen las distintas agencias de las Naciones Unidas a sus gobiernos miembros.
El constitucionalista José Luis González Dubón, en cambio, le contrarguyó que no había tal cosa; pues los funcionarios de la CICIG habrían de ejercer necesaria e inevitablemente “función pública”. Y lo evidenció con citas puntuales tomadas del texto mismo de la constitución de la CICIG.
Inútil. La Rue se aferró a lo inocuo de tal asesoría, y no se dignó rebatir la implicación del ejercicio de la función pública, como si no hubiera oído nada.
Típico.
Pedro Trujillo, el director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Marroquín, añadió otro hecho contundente. Ninguno de los 192 Estados de la ONU jamás ha hecho tamaña renuncia de su soberanía en materia penal. La Rue, de nuevo, repitió impávido su “disco” prepreparado. Lo peculiar del fanático.
Por supuesto, no es el único por estos lares. Álvaro Ramazzini, como otrora el difunto monseñor Gerardi, persiste en estilarse como el característico fanático de la “Teología de la liberación”.
Y a la derecha del espectro político, los ha habido asimismo por legión, pero su “fanatismo” no les ha impedido al menos estar al día en la coyuntura mundial.
Entonces, ¿por qué cito sólo a esos personajes? Porque han sido, y son, los más vociferantes dentro y fuera de Guatemala, y por muchos años, gracias a oportunos “apoyos” que les llegan del extranjero.
El fanático no contribuye nada positivo a la sociedad en la que vive, porque ni ve ni escucha. Los ha habido siempre de todos los colores y de todas las causas, incluídos hasta quienes se han valido del nombre de Dios.
Pero lo que aquí subrayo es uno de muchos otros efectos colaterales de su presencia: que se tornan terribles cultores del atraso o, peor, del fracaso, tanto del individual como del colectivo.
Se rebajan al oscurantismo de otros tiempos, por muy listos y cultivados que se tengan a sí mismos. Aplastan el debate público, infantilizan las posturas ideológicas, y embotan el más elemental sentido crítico en los adultos. Y ni siquiera caen en la cuenta.
Nadie los oiría si no contaran con mentores y patrocinadores eficaces, Castro, por ejemplo, o Chávez. U hoy en Guatemala, nada menos que el Vicepresidente de la República, Eduardo Stein.
Si quisiéramos ser compasivos, les podríamos aplicar la súplica del Crucificado: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Guatemala, amigos, está urgida de ideas, no de consignas. De información, no de catequesis política. De valores que defender, no de “huesos” a repartir.
Y de transparencia, no de inquisidores.
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