Si el café viniera de China…
Por José María García-Hoz
ABC
Hace mucho tiempo que un café tomado en la barra de un bar español cuesta más de 80 céntimos. Cuando se implantó el euro, por un café malo y mal servido te cobraban un mínimo de veinte duros, cien pesetas o sesenta céntimos de euro. En sólo cinco años aquellos veinte duros se han convertido en doscientas pelas, euro y pico, y como en el chiste malo, esto no se queda así: esto se hincha. Si Dios me da salud próximamente informaré del precio alcanzado por el café en una zona turístico-veraniega de la costa española.
De hecho, si todos los precios hubieran aumentado en la misma proporción que el café, la economía española habría saltado por los aires. Afortunadamente no ha sido así y los precios de bienes y servicios tan básicos como el café en un bar -desde los alimentos al teléfono, pasando por las prendas de vestir- han contenido su aumento y gracias a ello se explica que la inflación española ande en cotas históricamente bajas, lo cual es uno de los pilares del actual bienestar económico.
Y es que en el terreno económico también existen, por lo menos, dos o tres Españas: 1) la que se somete a la competencia internacional; 2) la que, por razones físicas, está al abrigo del competidor extranjero, y 3), la que, por razones políticas, sufre y disfruta de precios marcados por el Gobierno.
Gracias a la primera, hay una amplísima zona de la economía nacional cuyos productos y servicios no tienen fronteras y, por lo tanto, sus precios son marcados por la competencia internacional. El textil o el calzado español, por ejemplo, ya no existen: los españoles compran, visten y calzan prendas fabricadas en China y diseñadas en Italia; los teléfonos móviles, los artículos digitales, los quesos, las frutas, ídem de ídem. Si los ordenadores o las play-station son cada vez más baratas se debe a que los fabricantes extranjeros no tienen ninguna barrera política o administrativa para colocarlos en el mercado español. Es esa parte de la economía española, abierta a la competencia mundial, la que permite aguantar la inflación nacional en niveles soportables.
¿El precio de ese bienestar? La destrucción de buena parte del aparato productivo instalado en España. Hay muchas plantas, como la de Delphi en Cádiz, que se ven obligadas a cerrar porque en otros puntos del planeta se fabrica lo mismo, pero más barato. Y como Delphi ha habido, y habrá, cientos de empresas que no podrán soportar la competencia global. La referencia macroeconómica de esa situación es que el déficit exterior de España es, proporcionalmente, el más alto del mundo civilizado. Alguna vez los consumidores españoles no podrán satisfacer tantas deudas.
Hay una segunda economía española que está resguardada de la competencia internacional: el sector inmobiliario y gran parte del turismo. Las viviendas suben un disparate porque no hay competencia posible.
Y en turismo y hostelería, lo mismo: si te quieres tomar un café en el Port Vell, no tienes más opción que apoquinar los 3 ó 4 euros que te pidan. Desde luego que puedes no tomarlo, pero no existe la alternativa intermedia de tomar un buen café en el Port Vell a un precio módico. Esos sectores, que son los que sostienen el envidiado crecimiento económico español, crean muchos puestos de trabajo, pero de poco salario y baja cualificación: cientos de miles de camareros y peones de albañil no han nacido en España.
Por último, pero no menos importante, existe una economía española de precios marcados por el Gobierno, sobre todo la energía, transporte ferroviario, autopistas… Cuando mandaba Rodrigo Rato, impidió cualquier subida, e incluso forzó alguna bajada, de esos precios, lo cual generó una deuda estratosférica del Gobierno con las compañías eléctricas que todavía no se sabe cómo pagaremos los consumidores y contribuyentes, pero que terminaremos por pagar.
En definitiva: el sector inmobiliario y los servicios anejos -comerciales, financieros, constructivos, etc.- crecen y con ese dinero los españoles soportan las subidas y consumen productos extranjeros, mejores y más baratos que los fabricados en España… Volviendo a la taza de café: si viniera de China, costaría 80 céntimos de euro; como es imposible que venga del extranjero, su precio en la calle es de euro y pico; y en el bar del Congreso, donde el Gobierno impone los precios, sólo cuesta setenta y dos céntimos.
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